• Si hemos de creer a los científicos,

    el acto de ver es una ilusión óptica.

     

    [Hablando de ilusiones ópticas: http://www.michaelbach.de/ot/]

  • Aprendizaje de geometrías elementales

    Atar la lazada del cordón del zapato.
    Enrollar un par de calcetines.
    Plegar un avión de papel.
    Dar un beso.

  • El enunciado

    Cuentan en esta ciudad —yo no me lo creo— que a veces, en medio de un autobús atestado, una señora anciana que está de pie a tu lado se dirige a ti, musitando; tú agachas la cabeza para oírla mejor y ella te habla al oído; enseguida se apea. Cada vez dice una cosa distinta, pero siempre es muy importante, aunque no se sabe bien en qué consiste, porque todos se niegan tozudamente a entrar en más detalles. Sólo que el mensaje de la señora es para ellos muy importante.

  • Abril

    Me pregunto cuántas veces se habrá hablado de días como estos, del cielo limpio, el verde nuevo que la brisa hace tremolar como banderas, de la luz brillante y, sobre todo, de esta exaltación vivífica que nos mueve la sangre como una marea. Imagino que todo esto se habrá dicho innumerables veces, como ahora lo repito yo, casi sin elección.

    Empiezo a entender que en las cosas esenciales de la vida lo importante no es decir qué, sino solamente decirlo.

  • Ellos se escriben cartas

    En FutureMe te proponen que les remitas un correo, y ellos te lo devuelven el día que les indiques, entre mañana y el 2028. Un expediente sencillo para escribirte cartas a tu yo futuro.

    Puedes consentir que tu mensaje sea público, aunque anónimo. Yo me he pasado un buen rato leyendo cartas de estas últimas, al azar, especialmente las escritas en español; primero con curiosidad y al final contagiado de ternura. Como los niños cuando duermen, parece que nadie es malo cuando sueña. Son conversaciones de personas consigo mismas, a solas, que dan testimonio de sus deseos y sus miedos.

    Me llama la atención qué poco piden: llevar una vida agradable y digna; no estar solo. Acabar los estudios, casarse, tener un gato. Todos sabemos que estar solo es terrible; sin embargo, me sorprende el valor que la gente le da a la dignidad. No, no es pedir poco.

    Y, por último, la tristeza. Seguramente sin quererlo, en casi todas suena un fondo de melancolía, quizá porque, frente a la esperanza del porvenir, se yergue la intuición indecible de que no hay tiempo mejor que el ahora.

    [Vía A Lápiz y Papel]

  • La vida invisible

    Cuando la compré, mi casa estaba vacía y yo llegaba con casi nada, así que era libre de disponerla como quisiera. Me instalé tal cual, con el colchón en el suelo, el ordenador sobre un tablero de vidrio y los libros en cajas, mientras le iba dando vueltas.

    El otro día a una visita le ha llamado la atención lo del colchón y las cajas, y que los cables cruzasen por mitad de las habitaciones de cualquier modo, todavía, al cabo de año y medio. Y lo de la cinta de carrocero…

    Me he quedado desconcertado. Por toda esa parte de ahí, en la terraza, irá una chapa galvanizada para poner los tiestos; compraré unas jardineras un día, cuando alguien me acerque a un vivero, con un coche. Al lado de esa puerta va una estantería traslúcida. La tengo que hacer yo, pero es sencilla. Los cables del suelo van en canaletas, por ahí y por ahí. Está todo perfectamente claro.

    Resulta que llevo un año y pico viviendo en una casa amueblada con deseos. Como le sucedía al niño de El sexto sentido, la decoración de mi casa son fantasmas que sólo veo yo, por lo que parece.

    Estoy un poco perplejo. Y sin embargo, pienso, si en toda la vida sólo entrase yo en esta casa, no imagino otra decoración mejor.

  • Una explicación (por qué «un blog literario»)

    A veces me han preguntado si lo que cuento en esta página es verdad o no. Como respuesta, he colocado ahí lo de literario, para evitar la pregunta, ya que todo el mundo sabe que la verdad, en literatura, es una condición de llegada, no de partida. La verdad es un resultado del texto, si es que se da.

    O sea, que lo literario es el método, no el tema. Este no es un blog sobre literatura, sino por medio de la escritura literaria, de igual modo que un fotoblog utiliza la fotografía como medio de expresión.

    Trato de hacer lo que cualquier otro bloguero: contar mis cosas. Y he escogido la escritura literaria porque es mi manera de contar las cosas con más verdad. Porque yo no quiero contar lo que las cosas son en su materialidad observable, sino lo que las cosas me son. Y porque a mí la vida se me presenta de una vez, como un acorde.

    Uno se levanta un sábado por la mañana desorientado y tarde, la habitación a oscuras; levanta la persiana, abre los cristales y le da en la cara una mañana azul de sol de primavera, un día tal como hoy, 10 de abril. Cuando se disponga a escribirlo sobre un texto, ¿cómo lo escribirá sin mentir? La escritura es consecutiva y la experiencia de la realidad no; el hombre que escribe no tiene más remedio que despiezar el momento (el sol, el olor, la luz del día, el viento fresco, los sonidos de la ciudad) e ir alineando esas piececitas con cuidado una detrás de otra, como el que desmonta un motor para limpiarlo.

    La literatura es un modo de hacer polifónico el relato.

    Es corriente pensar que la escritura literaria es una especie de tempura difuminada con que se envuelve una cosa para que quede más bonita. Así te preguntan qué significa, como diciendo: «Anda, Juan, quítale el rebozado, hazme el favor». Yo creo que la literatura no consiste en decir de modo vago unas cosas precisas, sino, al contrario, decir exactamente unas cosas indeterminadas.

    Por eso —y porque disfruto— he escogido hacer un blog literario, porque es mi manera de contar la verdad de mis cosas. Por supuesto, tampoco es obligatorio escribir la verdad; ni la literal, ni la literaria. Es otra elección mía.

    Me gustaría que os gustase mi blog.

    Juan Avellana

  • Inteligibilidad

    Soy un cuerpo sensible enganchado a una armazón lógica destinada a detectar patrones: espirales, círculos, aglomeraciones de puntos, desviaciones sobre la regularidad de un fondo. Yo estoy sentado. Una conocida mía se ha echado un novio al que adora, lo que lleva a su marido a alejarse de ella, pero ella no quiere perderlo. El que me cuenta esta historia, por su parte, está casado, y hace todo lo posible por unirse a la mujer de su relato y dinamitar ese grupo de vidas. Otro ha perseverado en cierto propósito durante quince años y ahora lo deja porque acaba de ocurrírsele una cosa. Salgo de ver una película de un hombre que cultiva flores de agua; me dicen que alguien ha muerto lejos, y tengo que esforzarme en recordar su cara. Algunos rezan mantras, últimamente. Hay quien vende el coche y se marcha a vivir al campo. Luego vuelve a hacer frío y me telefonea otra amiga, que no me sorprende. Los estímulos se mueven, se acercan y se alejan. El viento estremece las hojas de mi árbol en la ventana. Estos movimientos dejan estelas en la oscura superficie lisa, como un brocado de volutas de humo, como un laberinto arrítmico, y —a lo que iba— no es que haya nada que entender en la vida, o nada que yo anhele entender, sino que la máquina lógica, despierta y durmiendo, intenta cosechar esquemas, patrones, figuras. Como si fuese un robot con alma, a ratos me hago a un lado y trazo dibujitos simples sobre la arena, sólo por el placer de descansar en el amor de las formas.

  • Recuerdo

    La impresión de que la felicidad me fue dada, a veces, para ponerme a prueba.

  • Dadme lo que quiero y me marcharé

    Las navidades pasadas me leí un libro de Stephen King que se llama La tormenta del siglo, el guión literario de una miniserie de televisión. Cuenta cómo a una pequeña isla en la costa de Maine —Little Tall— llega André Linoge, la encarnación del mal, en medio de la peor tormenta de viento y nieve. «Dadme lo que quiero y me marcharé», repite Linoge mientras golpea y golpea. En la mano lleva un bastón con una cabeza de lobo.
    Pensé que se trataba de una fábula moral, pero ahora, a finales de este mes de marzo, me doy cuenta de que también es una parábola política. «Dadnos lo que queremos y nos marcharemos».

    (Para saber qué quería Linoge y si los vecinos de la isla de Little Tall se lo dieron o no, hay que leerse el libro, lo siento. Estaría muy mal que lo echara a perder).