El desconocimiento de la realidad, como sucede con el de la ley, no exime de su cumplimiento.
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La dama de blanco
Ayer empec� La dama de blanco, de Wilkie Collins. Le� unas pocas p�ginas y lo dej�, y hoy a�n no he tenido ocasi�n de abrir el libro. Con los a�os me he vuelto un lector desganado y remiso al que cuesta mucho convencer para que se embarque en la traves�a de un libro; y sin embargo, entre ayer y hoy he sentido a cada rato esa impresi�n indefinible de haber estado en otra parte y haber vuelto; esa impregnaci�n que producen ciertas lecturas, semejante al sabor de doble vida que nos dejan los sue�os.
As� que me pregunto por el misterio de la atm�sfera, que es una virtud literaria distinta de otras: distinta de la buena prosa, de la amenidad argumental o de la inteligencia del contenido. C�mo hace Wilkie Collins para lograr eso en cuatro solas p�ginas. Y lograrlo conmigo, el campe�n de los lectores vagos.
[Conviene mantenerse lejos de esta traducci�n horrible: http://www.bibliotecas.uchile.cl/docushare/dscgi/ds.py/
AutorView/Collection-161
Sobre W. Collins: http://www.deadline.demon.co.uk/wilkie/wilkie.htm] -
Ficciones
Antes pens�: �En esta bit�cora m�a muchos posts son ficciones, y eso es infrecuente; sin embargo, que yo sepa no hay nada que lo proh�ba�. Luego lo pens� mejor, pens�: �Bueno, quiero decir ficciones premeditadas. Porque ficciones involuntarias son lo normal. Son lo que sucede cuando uno intenta explicarse a s� mismo: ficciones�.
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«Un día entre los días
del año 1904, en una casa que persiste en la calle Honduras, Evaristo Carriego leía con pesar y con avidez un libro de la gesta de Charles de Baatz, señor de Artagnan. Con avidez, porque Dumas le ofrecía lo que a otros ofrecen Shakespeare o Balzac o Walt Whitman, el sabor de la plenitud de la vida; con pesar porque era joven, orgulloso, tímido y pobre, y se creía desterrado de la vida».
Jorge Luis Borges, Evaristo Carriego.
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Hojas y sombras
En la terraza de mi casa, esta tarde de julio, la brisa escribe con sombras movedizas sobre la pared del este. Dice: �Hojas y ramas, hojas y ramas; �ltimo sol de la tarde, hojas y ramas. Luz que se aduerme, hojas y ramas. Hojas y ramas�.
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Día de julio,
quédate siempre.
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Letanía por Srebrenica
Hoy (mejor dicho, el martes 15 de julio que acaba de terminar) ha escrito Hermann Tertsch en El País uno de los artículos más hermosos y necesarios que yo haya leído en estos últimos años. Trata de las muertes de Srebrenica y de nosotros. Habla de la memoria, de los principios morales y del coraje para defenderlos.
Tertsch se sirve de una imagen para enhilar su discurso: la del poeta Jaroslav Seifert volviendo a ver en sueños a un amigo asesinado durante la ocupación nazi: «Veía los gestos familiares de sus manos, pero cuando quería dirigirme a él, se marchaba hacia su oscuridad», escribía Seifert. Y luego: «No soy muy riguroso cuando digo que los muertos vienen a nosotros. No es así. Eso es un engaño que nos hacemos porque en realidad somos nosotros los que vamos hacia ellos. Cada día estamos más cerca. Un día engrosaremos sus filas y entraremos en los sueños de quienes dejamos atrás».Es un pensamiento delicado, extraño y verdadero. En todo caso, el artículo no trata de Seifert y de su memoria. Trata de política. Y Tertsch acaba así, con esta advertencia que yo procuraría recordar: «Si no logramos creer lo suficiente en nuestra identidad como seres libres y sociedades abiertas, seremos incapaces de frenar a quienes saben muy bien ser enemigos con causa, y si nadie entre nosotros, ciudadanos libres en la sociedad humana más próspera y piadosa jamás habida, es capaz y está dispuesto a sacrificarse por ella, es probable que hayamos definitivamente perdido el derecho a vivir en ella».
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«No obstante,
en la sangre humana existe una marea, más bien una corriente marina, que de algún modo se asemeja al crepúsculo, y que nos trae rumores de belleza, aunque sean lejanos, lo mismo que en el mar encontramos madera flotante procedente de islas no descubiertas todavía. Esa corriente primaveral que azota la sangre humana procede de la fabulosa cuarta parte de su legendario y antiguo linaje, y nos arrastra a los bosques y a las colinas, y nos hace prestar oídos a la vieja canción.
Lord Dunsany, La novia del hombre caballo. Traducción: Juan Antonio Molina Foix. [En inglés (en The Book of Wonder): http://www.gizmology.net/lovecraft/works/super/ wonder.htm]
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¿Me sentirán mis flores,
tal como yo pienso en ellas?
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«Estar solo no es nada, Mendieta.
Lo malo es darse cuenta».
Inodoro Pereyra, el Renegau, a su perro Mendieta.
[La web de Fontanarrosa: http://www.negrofontanarrosa.com/]
