Es como si estuviera al pie de una cuesta mirando hacia el camino que se abre por delante. A poca distancia sólo veo oscuro, aunque me esfuerzo. Mi razón se empeña también en escudriñar hacia allá, pero nada. No se ve nada.
No me importa decir que tengo miedo y esperanza. Entonces me agacho supersticiosamente, y pongo delante de mí un pájaro naranja con las patas de alambre, un poco de agua salada de color verdegrís, una pestaña, una hoja de abedul del otoño pasado, pongo unos versos que estoy por acabar. Estas son las almas modestas de mis cosas, son mis pequeños genios tutelares, posados sobre el camino para que me propicien ese vasto espacio entre el gran desconocido y este lugar donde mis pies tocan el suelo. Ojalá que el año que se alarga a partir de aquí sea bello y bueno, digo. Por favor.
No sé si se me oye. En todo caso, ahora es mi camino: el pájaro, el mar, los ojos, el árbol.

Deja una respuesta