Nuestra alegría de vivir es nuestra victoria.
Autor: Juan Avellana
-
El espejo del rey
Cuando el rey se asomaba al espejo de la sala circular de la torre, no veía exactamente su rostro. Era un rostro parecido; alguien con quien se podría confundir al rey en el palco del teatro o si pasase montado a caballo; pero en todo caso el rostro de otro hombre. Si el rey agitaba la mano, podría ocurrir que el reflejo tardase unos segundos en repetirlo, por ejemplo; o que en vez de eso mirase hacia su derecha, como si hubiese oído un ruido. Siempre vestía a su manera. No era raro que apareciese portando objetos, como si fuesen atributos: un escudo de bronce, un pájaro irisado posado en el hombro, una llave entre los dedos.
Un día una chispa alegre le animaba los ojos; otro día parecía haber dormido mal. Traía arruguillas de pesadumbre sobre la boca, una mirada distraída como por una inocente esperanza, en fin, señales de una vida propia que sucedía en otra parte, fuera de la vista.
También por él fueron pasando los años; también en el espejo nevó y lucieron soles.
Un domingo hacia mediados de octubre que el rey se solazaba en el lago —había sido un otoño muy bueno—, se levantó un viento desabrido y gélido que cogió a las barcas de costado y las zarandeó. El rey mandó volver, pero antes de alcanzar la orilla ya estaba lloviendo. No paró durante todo el camino de vuelta.
El rey hizo que encendiesen fuego en la sala de la torre y que le trajeran mantas. La boca le sabía a arena. Entonces, cuando se hubo quedado solo, fue cuando vio por primera vez que en el espejo no había nadie. En la estancia simétrica la chimenea francesa seguía apagada. Por sus ajimeces se veía un paisaje entenebrecido de lomas redondas y cipreses, un trozo de mar gris, una soledad abstracta y eterna. El rey sintió una ternura enorme. Por todo; por sí mismo y por el destino de todas las cosas.
-
Ginebra
De camino hacia el cementerio donde está enterrado Borges se pasa junto a un parque a cuya entrada hay media docena de grandes tableros de ajedrez, blancos y negros, pintados sobre el suelo. La mañana es oscura; no ha dejado de llover. Las piezas, que llegan hasta la altura del muslo, están solas, dispuestas meticulosamente para una partida.
Al lado hay un pabelloncito decimonónico de cristal y madera de color verde pálido, rodeado de árboles. Fue un templete de música y salle de rafraîchissements y ahora es un café restaurante. Por dentro se le ve resobado, de los muebles a los camareros. Al otro lado de la vidriera, la enramada espesa del final del verano tapa toda la vista. Entre eso y el verdete de los bastidores, la luz es aguamarina, líquida, como si mirásemos desde el fondo de un lago. Se me ocurre que la dulzura de los árboles tiene ya una traza de otoño.
Las cosas no dicen nada del mundo, ni de lo que hay más allá. El rumor de las ramas bajo la lluvia es agua y hojas; una brizna es hierba; una lápida es una piedra que parece señalar a la muerte. Eso es: una piedra. Las cosas solo hablan de sí mismas, si se las oye hablar.
Mi mesa está junto a un piano de media cola que sostiene una maceta y un juego de copas limpias. Por delante de mí pasa un grupo de hombres hacia la salida. Tendrán entre cincuenta y muchos y sesenta, un aire jovial de profesores de universidad. Dos, rezagados, se demoran junto al piano. El más joven se sienta y empieza a tocar. El otro llama por señas a sus compañeros para que vuelvan. Es una pieza que no conozco; aunque debe de ser Bach. Se la sabe bien; pero la toca inseguro, como por falta de hábito. O quizá sea por el piano.
Sus amigos lo escuchan en largo silencio, haciendo corro. La composición es muy hermosa; en verdad lo es. Cuando termina, todos aplauden. Él toca otra pieza, más breve y festiva, y después se marchan.
Salgo yo también. Ahora hay un par de jugadores de ajedrez entre la lluvia, con paraguas, y una señora que los contempla en una silla de ruedas.
Al cabo de unos días, ya en casa, me encontraré con que una página describe las piezas de ese ajedrez del Parc des Bastions como de tamaño natural («life-size»), extrañamente. Seguro que a Borges le habría gustado la expresión: como si hubiese un mundo real para ese sueño arduo de guerra y geometría.
-
Plegaria del final de agosto
Preserva
mis sueños de verano
en el invierno.
-
El pasado
En la antigua Mesopotamia, a falta de piedra o de madera, se construía con ladrillos de barro sin cocer. Como es un material desmoronadizo, las casas iban decayendo; al final las derruían, aplanaban los restos y allí mismo levantaban otra casa nueva con la misma técnica. La repetición de esta costumbre a lo largo de los años acabó por crear unos montículos, los tels, que hoy indican a los arqueologos dónde excavar.
Esa era la metáfora de mi biografía: cada parte de mi vida, una capa de experiencias trituradas, cimentadas, vagamente perdidas, una sobre la siguiente como escalones por los que se sube hasta hoy. Pero la imagen no es cierta. De vuelta en la ciudad en que crecí, veo que los restos del pasado perviven casi enteros en la oscuridad. Las cosas como fueron —o, mejor, como me fueron— guardadas en trasteros o en cajones, apenas rotas, al otro lado de una puerta vieja. Ahí sigue todo, igual que un juzgado memorioso capaz de conservar actas de afrentas antiguas, querellas minuciosas, aborrecimientos, cariños. Como el olor mohoso de las calles en cuesta, el gris del cielo pulverizado por la llovizna, ese acento de pescadores con el que oigo hablar a los niños, por nombrar algo más concreto.
El pasado es igual; yo no.
-
Noche de verano
Una noche de este fin de semana estaba sentado en el andén del metro mirando mis mensajes en el teléfono: mis amigos me contaban nacimientos, viajes y muertes. Hacía un calor inaudito. Alrededor, la vida desorbitada de la ciudad, hirviendo. Levanté la cabeza y pasé un rato pensando en cómo traer la noche aquí, pieza por pieza, mediante una sola enumeración.
Pero últimamente todo lo que escribo son enumeraciones. Aparte de un vicio de estilo, quizá se corresponda crecientemente con el mundo tal como se me presenta. Que está ahí, innumerable, ajeno a la comprensión, repleto de asombro y como murmurando algo muy grande.
Así yo pongo cosas sobre un campo blanco, y creería que de ese solo juntar se genera una vibración; una relación entre las cosas; una gravitación invisible. Me parece un método tan natural que me miro ahora y no recuerdo por qué alguna vez quise crear, esto es, añadir cosas al mundo, como si fuese poco.
Esa sabiduría o esa derrota —no sé— me ha traído el tiempo: que me importen más los hechos que los actos.
-
Quién hubiera tal ventura
… sobre las aguas del mar. Una historia antigua.
-
Madrid
Los últimos callejones de Madrid acaban en los campos. Son llanuras ocres y grises, ondulaciones ásperas que llegan hasta el horizonte y en las que se espesan fácilmente las espigas. Una tierra seca bajo una luz pura.
Aquí, a solas, de pronto creo que la comprendo. Madrid es estos campos terregosos a los que se les ha superpuesto el fantasma desvanecido de una ciudad. El trazado de las calles sube y baja repechos y lomas, la autopista está dibujada sobre el antiguo cauce de un arroyo, una avenida traslúcida sigue la hilera de bardas entre dos parcelas. La silueta incandescente de las cañas resecas, dorada y roja, resplandece a contrasol igual en un sembrado que en una cuneta.
Ahora entiendo que la verdad de Madrid es esta tierra callada sobre la que flota el espejismo y que la ciudad y los todos los que vivimos en ella mereceremos un día haber sido un sueño.
-
Afterglow
Se acaba la tarde; casi ha anochecido. Las flores blancas del cerezo aún relumbran. Como si en ellas perdurase, embalsada, una luz que del resto del mundo ya se ha ido.
*
He leído que las semillas del olmo o el arce se llaman sámaras. Todo mi barrio está lleno de esas leves semillas volanderas, del color del papel antiguo. Una ráfaga las levanta en el aire y revolotean en bandadas, giróvagas.
*
¿Te acuerdas de entonces, aquella vez que quedamos junto al río? Había una lluvia de sámaras, un viento de olmos igual que ahora. Este cielo azul y el verde de las hojas, y en tus ojos la luz de la edad.
La felicidad, parecida a un dios homérico, que baja a andar invisible entre los hombres y sólo se deja ver en el recuerdo.
*
Tus ojos eran una manera en que el mundo decía su belleza.
*
Lo que el mundo tiene que decir lo dice con la presencia de las cosas.
*
Como era de esperar, han llegado las amapolas. En Madrid, las amapolas —en los desmontes, en los descampados, en las afueras destartaladas de Madrid— son un adjetivo asombroso.
Las amapolas, los versos octosílabos, la luna que despierta hacia el final de la calle, las naranjas, este o ese disco de The Beatles, el queso, las cigüeñas, —unos días al año— las flores de cerezo, el concierto para violín de Chaikovski, los «buenos días», «cuídate mucho», una taza de café traída de un viaje: esas obviedades por las que vale la pena vivir el día.
-
Los monjes pescadores
Los monjes pescadores están cerca de Dios en su huerto sobre el mar. Cogen peces, erizos, pulpos, almejas, navajas, bígaros, algas rojas y verdes y carros enteros de un alga ambarina que venden a los labradores de la zona, ya que no sirve para comer. Pescan sin salir de la bahía, siempre antes de la puesta de sol, en unas barcas grises que en el lugar del nombre llevan emblemas de piedad o de conocimiento sacados de los libros.
A una hora reparan las redes, a otra hora cosen las velas, a otra pintan las barcas, tallan figuritas, rezan. Saben destilar un licor espeso y fuerte que prueban sólo los días de fiesta. Su oración, como una saloma, es un murmullo comunal que va y viene y que no se distingue del viento del mar.
El monasterio se levanta junto una playa larga de aguas bajas, en una pequeña elevación, con la fachada encarada a la bahía. Las celdas están por la parte de atrás, mirando a mar abierto, de manera que en cada una ellas un ventanuco cuadrado se abre al silencioso horizonte, que es lo que ven los ojos del monje cuando se encuentra solo. A veces cae una llovizna fría y neblinosa, a veces truena, a veces cabrillea el sol en el agua. A veces llueve eternamente, a veces se oye la brisa que riza la espuma.
Allá a lo lejos, sobre un peñasco entre las olas, una luz perpetua arde dentro de un fanal. Dos hermanos se ocupan de mantenerla encendida.
