Autor: Juan Avellana

  • Todas las ventanas de la casa están abiertas

    En el vagón del metro, un niño lleva de la mano a un ciego, que bien podría ser su padre. Es un niño muy pequeñito; como de cuatro años o así. Va vestido con un polo blanco, unos pantalones cortos de gimnasia gris claro y unos zapatones negros desproporcionados. Él mismo es muy blanco de piel, con el pelo cortado a cepillo como un hospiciano. Parece que no lo hubiese vestido una madre, sino un hombre, o quizá una abuela.

    Se plantan ante la puerta, de la mano, dispuestos a apearse. El niño levanta la cara y me mira con curiosidad.

    Así empieza mi mañana, con esta alegoría. 

    *

    Podría ocurrir que la vida fuese por temporadas una corriente boba; que pasasen días inanes sin ningún sabor dentro, como una sopa floja o un té aguado. Pero ¿y si no es así y los días traen maravillas discretas, inmiscuidas en el curso del mundo, y uno no las ve por tontería, por torpor, por falta de esfuerzo? Qué terrible, toda esa pérdida. 

    Hay que mirar bien; es un acto moral. 

    *

    Algunas cosas muy útiles las he aprendido por miedo. En cambio, todo lo que es bueno lo he aprendido por amor. 

    *

    «La poesía puede resistir ser obvia», leo. (¡En un artículo sobre videojuegos!). 

    *

    Una madre cruza los tornos del metro con un bebé entre los brazos, recostado de cara contra su pecho. ¡Lo lleva de un modo! Pienso en cómo decirlo: «Lo lleva como…»; pero no hay término para la comparación, ya que para nuestra especie no existe un bien mayor. 

    *

    La expresión «el último sol», en un poema de Rosales. Me la he encontrado en varios sitios; pero también me encuentro con el sabor del cacao o la albahaca o con el agua del mar, y no por eso me gustan menos.

    *

    Todo pensamiento bien construido es indistinguible de la poesía.

    *

    Creo que también para la belleza hay que ser frágil. Quiero decir: es como dejarse amar. Para el amor, uno ha de dejarse; ha de estarse; no se defiende. Pues así la belleza. ¿Cómo si no va a alcanzarte? Sin inocencia, ¿cómo le vas a sacar al día su sabor? 

    *

    La primavera vino andando día a día hacia la luz. Y cada paso que daba me quitaba un peso. 

  • El palacio y las edades

    Infinitas maravillas se cuentan del Palacio. Así que no es raro que algunos, la cabeza llena de historias, decidan conocerlo en persona y una buena mañana echen a andar hacia adelante por el camino real.

    Según las leguas de camino se distingue bien a los viajeros: están los de pies tiernos y los de pies remendados como botas; los que aún no han subido las montañas; los que han aprendido a dormir andando; los que han cruzado el páramo donde no hay pájaros ni agua; los bisoños que atienden con los ojos muy abiertos las advertencias del posadero acerca del páramo; los que arrastran una mula cargada de equipaje y los que han regalado su guitarra en un mesón para ir más leves. 

    Un día, por fin, se distingue a lo lejos el vasto palacio abandonado, en medio de una vega ancha y verde. Ríos y praderas, bosquecillos que ascienden por las colinas en el horizonte, pabellones y granjas, eras y estanques; todo lo que abarca la vista cae dentro de los terrenos del palacio, que en su día desbordaban los límites de la provincia. 

    El caminante pasa el portalón centenario de marfil y piedra, vaga por los jardines silvestres, se mete en un salón ajedrezado a través de una vidriera sin cristales, sube un piso, recorre una galeria, baja al sótano, y ya el viaje no es un sendero, es decir, un orden de hitos consecutivos, sino que ahora los pies de cada cual dibujan la forma de su viaje. Al muchacho que acaba de entrar en el gran salón de baile puede deslumbrarle el viejo asendereado que descansa allí y que le habla del patio de los tigres, la piscina de la luna, las estatuas oraculares de los reyes antiguos, la atalaya de los astrónomos —en cuya bóveda azul están de plata y de oro las estrellas—; pero igualmente hay eruditos añosos que sólo han cruzado unas cuantas estancias, ancianos gandules que en diez años no se han alejado más de dos horas de la comodidad de la entrada, jóvenes infatigables y febriles que han visto la sala de los recuerdos, un lago inmutable donde se espeja eternamente un mismo verano antiguo, la famosa Farmacopea, una glorieta colmada de oropéndolas. 

  • El cerezo y el mirlo

    Un sábado por la tarde estaba asomado a la ventana del patio y en el silencio se oía el canto del mirlo. En el último piso, bajo el cielo azul que roseaba, perfectamente tranquilo. Más abajo, donde el patio se despinta y oscurece, alguien tiene cubierto el alféizar de la ventana y la máquina del aire acondicionado con macetas que se desbordan en verdor las unas sobre las otras, como un minucioso jardín minúsculo.

    En mi casa hay un cerezo y un mirlo. Si lo cuento así, si hablo del pájaro en la tarde calmada y del cerezo de flores encendidas, puede que llame a engaño, como que viviese en el paisaje de un haiku. Igual debo ampliar el contexto, recortar un trozo más grande de realidad alrededor de mi: yo me he asomado a tender —meditativamente— la colada. Yo no sé nada de cultivar ni de plantas: sólo pongo algunas muy hermosas en tiestos porque me alegra mirarlas; otras aparecieron ellas solas y he acabado cogiéndoles confianza. El cerezo que tiene la altura de un niño vive en un tiesto en mi terraza y el mirlo canta desde alguna antena o desde uno de los olmos de la calle, en mitad de un vecindario humilde, en una casa vieja, en pleno Madrid. Alrededor, el ruido del tráfico, las tiendas laboriosas de los chinos, la rotonda de los autobuses, y más allá una antigua estación de tren, el río, la M30, tejados y tejados y tejados. 

    De esta manera, podría seguir ensanchando el círculo hasta el horizonte del universo; pero hay que escoger un trozo y recortarlo. El relato debe recortar: como en la historia de Susana, unos personajes y un momento, y darlos por hechos. Un haiku debe recortar: de las islas del Japón una noche, una faz de la luna, una cigarra. 

    El arte consiste en recortar y que se muestre una figura sobre el fondo incesante del ser. Y probablemente la vida, comprendo ahora: como ese vecino cuyos días dan a un patio ha fabricado un redondel de labor y de esperanza alrededor de su ventana. 

    Es verdad pues que están aquí el cerezo y el mirlo. El cerezo, entre tanto, ha perdido las flores y ha echado sus grandes hojas verdes, nuevas, y con él hay una zarzamora muy alta, una rosa roja sorprendente, menta y limoncillo que huelen y hasta un bambú, y más plantas que verdean, se alzan y brotan. Por todo el barrio, esta primavera se oye cantar a los mirlos, a sus horas. 

    Así es.

  • Mensajes al principio de la primavera

    Si el mundo es un lenguaje; esto es, si los hechos que nos salen al paso se interpretan como mensajes que quieren decir algo; entonces, si el mundo es un lenguaje, ¿cuáles son los hechos?

    *

    Me ha llevado toda la vida saber que el pájaro que oí cantar tantas madrugadas era el mirlo. Las vísperas de examen a través de la ventana abierta; por las aceras vacías, de vuelta a casa; al alba pensativa en las noches en vela.

    Era el mirlo. Me pregunto si ahora que sé su nombre tengo algo que antes no tenía.

    *

    «Cantar una mujer a la almohadilla: 1. loc. verb. coloq. desus. Cantar sin instrumentos y solo para su distracción». 

    *

    En un museo de Italia, en una Anunciación, vi una vez el arcángel más bello que pueda imaginarse. Era rubio y blanco, la cara encandecida de pureza, la rama de lirio en la mano. He intentado volver a verlo, tiempo después, pero no estaba donde yo creía que iba a encontrarlo.

    En cierta forma, podría decir que aquel cuadro se me apareció una vez. Quizá es lo más cerca que un hombre como yo vaya a estar nunca de una epifanía. 

    *

    O quizá no. Porque un día, hace años, cuando vivía en una buhardilla de Malasaña, llamaron a la puerta y era una chica que venía haciendo proselitismo. Religioso. En aquel edificio el hueco de la escalera lo iluminaba la luz del día que entraba a chorros por una gran claraboya en el tejado. Y así la vi: hermosa como una imaginación, delicada y espléndida bajo la luz cenital, sonriendo. Ella traía el propósito de evangelizarme y yo el de descreer con terquedad, así que nos atascamos en un desacuerdo rocoso pero simpático. Estuvimos charlando un rato largo. Y en cuanto hube cerrado la puerta, pensé de mí, súbitamente: «Soy ese imbécil sobre la Tierra al que le enviaron un ángel y se puso a discutir con él de teología». 

    *

    En el trabajo, alguien dijo la palabra paremia y vi a mi novia de los veinte años: ella estudiaba medicina y yo le explicaba las etimologías griegas. Hace un rato —al caer la tarde— he oído cantar a un mirlo que lleva unos días por la vecindad. Cualquier cosa que entra en uno tropieza con lo que hay dentro y lo hace sonar, y lo despierta.

    Las furin son esas campanillas de viento que a los japoneses les gusta colgar al aire libre, a veces por miles: una caricia recorre el jardín y empiezan a tintinear, una tras otra, como si pasase una brisa de plata. Una canción que se oye desde el patio, un grifo que gotea, un nombre propio, el olor de un jabón, una coleta. 

  • Susana

    Me encontré con mi vecina en Sol, en la estación de metro. Un río de gente que salía de un andén nos arrinconó contra unas escaleras. Me contó que hacía tanto que no la veía porque se había ido a vivir con alguien. Se había ido lejos del pequeño piso triste; sólo volvía de vez en cuando para recoger el correo. 

    Seguramente estaba más guapa, más vivaz. Le miré la cara con cuidado, por si era feliz y eso puede verse. Cada tres o cuatro minutos llegaba otro metro y teníamos que gritarnos porque la multitud nos rodeaba como una marea. «Las cosas llegaron cuando ya me había hecho a la idea, simplemente, de que mi vida iba a ser de aquella manera —me dice—. Llegaron sin haberlas buscado. De un modo tan sencillo que te preguntas cómo no había ocurrido antes». Eso me dijo.

    Hablamos de nosotros y luego hablamos del país mientras llegaron y se fueron muchos metros. Nos dimos dos besos; me deseó suerte. La vi marcharse sabiendo que su vida seguirá, como uno sabe que la vida sigue más allá de la última página de los cuentos, que no terminan porque se acabe el empujarse de los efectos y las causas sino porque los personajes se pierden de vista, tras el horizonte.

    Eso es bastante. Esta es la historia de Susana; es hermosa y acaba bien.

  • Commuters

    [Foto] Un hombre detrás de la ventanilla de un tren

    Serie de fotografías de Arnau Oriol: viajeros de cercanías camino de su trabajo, en Londres, a primera hora de la mañana. Al otro lado de la ventanilla, rostros absortos, de una intensidad extraordinaria.

  • Domingo, invierno

    Un hombre viejo con su perro viejo bajo la lluvia: como dos hermanos.

  • Conocimientos

    La sabiduría que trae la edad es una cosa perpleja: como si te diesen una llave pero no la puerta.

    *

    En la ciudad de Venecia, encima de un banco de mármol, habían inscrito esta frase, en inglés: «Ve a donde los que duermen y mira si siguen bien». Lo leí este verano y me conmovió de corazón.

    Creo que ahora entiendo por qué. Porque yo me lo tomé como una definición y un mandato moral. Lo humano es eso, para empezar. El impulso de ir a cuidar de los que duermen.

    *

    El escritor, sentencioso, querría que se pudiese decir: el mundo es un drama; el mundo es una tragedia; el mundo es una farsa, una desesperación, esto, una mandarina, una bota vieja, lo otro, una comedia. Y zanjar el asunto.

    Pero el mundo es todo ello a la vez, y cada predicación, una cualidad o un humor del que lo mira. El problema del escritor es que el mundo no se deja reducir a un género.

    *

    Les explico a mis sobrinos, niños pequeños, cosas que ignoran. Pero sé que es una solución pasajera y hasta tramposa. Lo que me gustaría saber transmitirles es mi propia ignorancia, más baqueteada que la suya.

    Woody Allen habla en Sin plumas de El Gran Congón, un animal mitológico con cabeza de león y cuerpo de león, pero de otro león distinto. Se me ocurre que podría ser emblema de la vida, que empieza en ignorancia y hacia la mitad se cambia en ignorancia. Aunque una ignorancia distinta.

     

    [Jenny Holzer, “GO WHERE PEOPLE SLEEP AND SEE IF THEY ARE SAFE” ]

  • Milo en la nieve

    [Foto] Un gato negro en la nieve

  • Farm Pond

    Dibujo de una granja bajo la nieve

    Farm Pond (1957), acuarela de Andrew Wyeth (vía scotch & jazz @ dusk).