Autor: Juan Avellana

  • Un post encontrado

    Hay aquí una playa muy larga que se queda aislada en invierno, cuando las lanchas no tocan en el embarcadero. Ha sido un día crudo de lluvia y frío, pero al atardecer el sol blanquizco asoma por debajo del cielo de plomo y alumbra el mar y la arena. Durante meses esto está solo. En la pared del bar del embarcadero leo: «La escritura es nuestra manera de estar juntos». Y la fecha: 5 de diciembre de 2010.

    Está estarcida con pintura blanca sobre las tablas negras. La frase remeda unos versos de Pessoa que conozco bien: «Ser poeta… es mi manera de estar solo». Quienquiera que se haya acercado por estas soledades a escribirla es aún más raro que yo, que he llegado hasta aquí para leerla.

    Yo hubiera debido escribirla, quizá; pero yo no he sido; yo no soy así, tan, digamos, escenográfico. Y sin haberlo escrito, ni pensado yo, comprendo que es exactamente lo que debería decir este post liminar, hecho en la semana que va de Navidad a Año Nuevo, entre lo viejo y lo nuevo.

     

    Feliz año.

     

    [Y como es usual en las felicitaciones, aquí se acompaña la foto.]

    [Página sobre Pessoa donde viene «Yo nunca guardé rebaños», de Alberto Caeiro. ]

    *

    [¿Y lo prometido? Iba escribiendo con disciplina para cumplir mi promesa cuando me encontré en la playa un post mejor, así que tuve que cambiar de idea. Pero lo prometido está por aquí, más o menos escrito, y es deuda, y no la olvido.]

  • Continuará

    Desde hace tiempo procuro publicar al menos un post por mes, de modo que en el calendario no quede un mes vacío. Es un hábito y un símbolo. Sin embargo, este noviembre han venido a estorbarme varias cosas. Si publicase más a menudo, no importaría; pero yendo así, como por el alambre, un resbalón es la distancia de ser a nada.

    Una vez por mes, aunque el blog lo tengo mucho más presente que eso. Muchas de cosas que se me cruzan, en el día o por la cabeza, se me ocurre traerlas aquí. Las anoto o incluso las escribo. A veces acaban en el blog y, comúnmente, no. Me las imagino como piezas —esbozos— esparcidas por la mesa de un relojero o de un tallador. Las pinturas callejeras, la ciudad de Poniente, una película brasileña, un tema alemán, el origami, las metáforas, una línea, los planes inacabados y los niños: de alguna de esas cosas hubiera podido hablar. Aunque ya no este mes, seguiré y las contaré todas.

  • A Garbancito no piséis

    Durante un tiempo viví en una casa, allá en un barrio de Madrid. Un día me fui y ya no volví más, ni a la casa ni por el barrio, y así pasaron estos años. Hasta el otro día, que volví a recoger una carta importante.

    Repetí el camino de tantas veces: el metro, el trasbordo, el metro, la cuestecita, el callejón, las escaleras, el patio interior, las otras escaleras; y según se desplegaba el camino, parecía como si el pasado se fuese desplegando al paso dentro de mí.

    Ya no vive en esa casa nadie que yo conozca. Recogí la carta, y en la calle me paré a mirar. Es un lugar tranquilo, con cuadros de hierba pelada aquí y allá y algunos árboles. Empezaba a anochecer. La luna estaba alta en el cielo límpido de la tarde, gris, azul y rosa. Todo era como antes pero nada era igual. No lejos, en la misma calle, la voz de una mujer empezó a cantar: «Pachín, pachín, pachón, / mucho cuidado con lo que hacéis…».

    Me senté en un banco, un poco más adelante, y apunté estas cosas en una libreta porque no quería que se me olvidaran. Un par de minutos. Y luego me fui.

     

    [Noche de primavera]

  • Septiembre y las mareas

    Recuerdo la primera vez que vi la expresión las grandes mareas equinocciales. Fue en una carta, por los tiempos en que se escribían cartas.

    A estas alturas del sur aún no es otoño. Entre el verano y el otoño debería haber un nombre para otra estación, breve, esta de la hermosa declinación. A la flor del cerezo, a la luna de agosto o la nieve, añadir la arena blanca y fría y el sol amarillo.

    Aquí no es todavía el otoño de las lluvias, sino, como en un par de versos de Septiembre, un verano maravillado, dulcemente triste que aún se sostiene en pie junto a las rosas. September, digo, una de las Cuatro últimas canciones de Richard Strauss, cuya letra son unos versos de Herman Hesse.

    Buscando esas cosas encontré otras. En este foro de buena conversación, Puerto, de M.ª Victoria Atencia:

    Escucho las campanas del puente de los barcos:
    septiembre es mes de tránsito y una goleta viene
    a llamarme a las islas, o el cuarto se desplaza
    lentamente. ¿Quién parte
    junto a los marineros o quién roza mis muebles?
    (…)

    Y hay poemas de Eugénio de Andrade o Eloy Sánchez Rosillo, y más. Venga, otro:

    Tendré que hablar del espíritu del otoño
    ahora que septiembre
    ha llegado a su fin.
    (…)
    ¿Será la belleza
    el espíritu del otoño? Hay un límite
    para el hombre, un límite
    para soportar el peso del mundo.
    De la belleza, de la bárbara
    orgullosa belleza, ¿quién sabe defenderse
    sin miedo de que le reviente el corazón?

    (El espíritu del otoño, de De Andrade. Aquí, ya digo, el poema entero). Esta es la página de M.ª Victoria Atencia, escritora asombrosa. Y esta traducción de las Cuatro últimas canciones, no sé si justa, pero bella. Y por último Swartzkopf: September, claro.

    Como lo que en las playas dejan las mareas.

  • Volver

    En el jardín de Ko está la flor del recuerdo. Es una flor sencilla, de pétalos blancos parecidos a los del crisantemo, aunque más grandes. Si se inspira hondo, su olor leve hace brotar de la oscuridad del olvido un recuerdo que inunda todo el presente con la reviviscencia perfecta de algún momento bueno, traído al azar. Vuelven, por supuesto, besos, caricias y hechos sublimes bajo la luz de las estrellas; pero lo más corriente es que vuelva el frescor de una copa, el olor de la tinta de un libro nuevo, el ruido de unos pies descalzos sobre el suelo de casa, el crujido de un pan, un pájaro pintado en una enciplopedia, las olas golpeando mansamente un espigón, la solución de un acertijo, una voz amable que dice «lo hemos traído», un cascabel de plata que da la nota la, el sol en la cara, un desayuno en una terraza en un puerto del sur, un cielo sin nubes poblado de vencejos, una vela blanca que gualdrapea, una gran ciudad vista desde el aire, el tacto de una piedra pulida por el agua; buenos momentos que uno tuvo y ya no.

    El jardinero de Ko, si pasa por al lado, de cuando en cuando la huele un instante y sigue con lo suyo, como el que agita con la mano una mata de menta o el que abre y cierra una caja de música.

  • Julio en casa

    Cuando vuelva a Madrid veré qué me llevo de estas vacaciones de verano en el norte. Arena, agua, cenas, conversaciones, recuentos, rostros. Me doy cuenta de que para mí la vida es esto, y lo otro —los días laborables del invierno, por decirlo rápido— la excepción. Eso está bien, me gusta. Todavía hay esperanza para mí.

    *

    ¡Y si el recuerdo del mar verde me refrescara el resto del verano, allá en la llanura recocida, y si fuese a darme luz en el invierno! Pero no, claro. Sería como pretender que de vivir te dispensase haber vivido.

  • Junio y los cambios

    A lo largo de este mes he mirado mucho la luz de los días, inmutada en el cielo, transparente. Una luz que perdura en lugar de la noche.

    Con los años, mi atención se ha ido yendo de la figura al fondo, sin saber por qué. Hacia el paisaje, a lo demás, a las circunstancias. Es como un hombre que se sentase en una grada a contemplar un juego; que empezara a mirar alrededor, a mirar abajo, arriba; que perdiese de vista las cabezas y los cánticos y que mirase con placer —con asombro— las nubes que pasan por el cielo, una bandada de pájaros, el viento en las hojas, cosas de esas.

    Algo así, cada vez más con los años. Este junio he llegado a pensar que mirando la luz miraba algo: es el suceder del mundo lo que veo; es el tiempo lo que pasa. No sé. Qué extraña ocurrencia, en todo caso. Fijarse así en las cosas, corrientes y mondas, como si estuvieran diciendo, haciendo algo.

  • Mayo

    Esta semana pasada cruzaba en autobús un barrio desconocido, camino del extrarradio. Miraba los árboles, los setos, los parques, unos campos de fútbol, la brisa, las cunetas alumbradas de amapolas. Todo era un resplandor dorado y verde y el cielo azul y blanco. Se me ocurrió que esta tarde laborable de primavera, de tantos niños que jugaban en la hierba bajo el cielo de mayo, quizá a uno se le quedase grabado de por vida aquel instante –un pájaro en lo alto, una gota de luz en una hoja, el grito de un amigo, una bandera movida por el viento–, para siempre en la memoria como la imagen perenne de una exaltación. Un niño al que le sucedía eso, justo entonces, mientras yo viajaba en autobús y veía autopistas, desmontes, rotondas, las obras, el río, las obras, las casas, las casas. Yo, vivo, allí.

  • El gorrión

    Así pues, mientras arreglan mi casa estoy viviendo en otra. Más cerca del centro de Madrid, en una de esas calles sombrías, importantes, con galerías de cristales y volúmenes de ladrillo visto.

    Enfrente de la mía hay una torre muy alta con la fachada de ladrillo rojo, un rojo encandecido por el sol de la tarde. Arriba, arriba en el último piso que se recorta contra el cielo, veo dos ventanucos en sombra por los cuales perfectamente podría estar mirando a lo lejos una princesa retenida.

    *

    Hoy hemos tenido una mañana de primavera iluminada y fresca. Pasé por una placita llena de personas sentadas, al sol y a la sombra, y me parecieron bellamente dispuestas, como si por hallarse observando ganasen una cualidad estatuaria, una propiedad de lo observado. Hermosos, allí en su quietud; por un momento llegué a creer que entreveía algo esencialmente humano. Sin embargo, es sólo otra reducción. Simplificar la persona hasta lo sublime, podría decirse.

    *

    Igual no es posible concebir la sublimidad del hombre cuando no hay Dios. O sea, como que yo dijese «el hombre es sublime» y aquel compañero mío respondiese: «¿Sublime con respecto a qué?».

    *

    El otro día, la gente pasaba junto a un gran macizo de flores que resplandecía al sol, en el Botánico, se paraba y admiraba su color. Un rojo radiante, unánime, entre amapola y vino. Yo apunté en una libretita: «Se reúnen a celebrar un color». Aquella felicidad natural me pareció espontánea, medularmente humana. Maravillados de que el mundo sea como es, por decirlo a la manera de Wittgenstein.

    *

    No es que yo sepa nada de Wittgenstein. Ya quisiera. Es sólo que un día leí la Conferencia sobre ética y a partir de entonces ya no fui capaz de decir algunas cosas importantes de otra manera que no fuese la suya. Pero yo ya era así, prewittgeinsteiniano, de bastante antes. Hace mucho, yo trabajaba con un informático que me hablaba de la máquina de Turing, de sistemas operativos y otras cosas elegantes y bellas. Entonces yo era más bruto que ahora; entonces nos juntábamos él y yo en un proyecto y yo empezaba que si esto es una mierda, que si esto otro una putísima mierda, y así. El hombre, que tenía que trabajar conmigo, me decía: «Pero a ver, Juan, ¿una puta mierda con respecto a qué?». Y con el tiempo me puse a pensar en ello, en el término de la comparación; y un día cambié por completo de modo de ver las cosas y acabé por comprender a este hombre. Eso fue antes de la Conferencia, ya digo.

    *

    Esta casa en la que estoy de paso también es alta, y de ladrillos oscuros. Hay unas macetas de hormigón en la terraza; en la tierra amazacotada de una de ellas, con las últimas lluvias, han crecido unas yerbas a las que les han salido unas flores amarillas. Durante unos días un gorrión gordezuelo cogió la costumbre de venirse ahí y ponerse a piar, más o menos a las mismas horas del día.

    *

    En mi mapa del mundo se llama el gorrión de Wittgenstein, porque me ocurre, cada vez más, que no puedo separar una idea de aquello que yo estaba haciendo en el instante de su aparición. Pensaba en aquello que escribí en agosto sobre el amor que todo lo puede pero que no puede asegurar lo que será; el amor, que sólo puede estar seguro de que es. Sentado en la cama, escuchando al gorrión, comprendí que eso es lo que resuelve el juramento o el matrimonio: por encima de la razón, sobre los hechos del mundo y el ser común de las cosas, he ahí uno que dice: «Seré». «Este amor será», dice, absolutamente. El amor solo no puede decirlo; por eso lo dice el juramento, que es sobrenatural. En el sentido en que Wittgenstein usaba esa palabra.

    «Seré», dice.

  • Obras

    Para acabar de arreglar el edificio tenían que entrar en mi casa y hacer obras en la terraza y el baño, no había más remedio. Así que guardé en mi dormitorio las macetas de la terraza, despejé el cuarto de baño, le dejé las llaves de mi casa al capataz y me fui a pasar la noche fuera.

    A la tarde siguiente me acerco por allí al salir del trabajo y me encuentro con que la obra es mucho mayor de lo que yo me figuraba, o de lo que ellos me habían dicho; una capa de cemento y polvo de ladrillo cubre los papeles y los libros. Me cuenta el fontanero que al picar el muro del baño han sacado un periódico de julio de 1964, en el que hablan del gol de Marcelino en aquella Eurocopa. Parte de la bajante que han sustituido era de zinc, y, según parece, se metían papeles, o se meten, para evitar que el yeso –capaz de atacarlo– tocase el zinc.

    Antes de volver a irme me encierro en mi dormitorio con una taza de café en la mano. He cogido ropa como para una semana. Me fumaría un cigarrillo con el café, sentado al borde de la cama, pero ya no fumo. La casa de uno en obras, patas arriba, es como contemplar el trastorno de la vida de uno. Por otro lado, al agujerear una pared han sacado un periódico del mes exacto de mi nacimiento y en mi dormitorio estoy viendo un cerezo florecido. He aquí, me digo, una pequeña imagen de la vida, entre la conmoción y la esperanza, uno no sabe.