Autor: Juan Avellana

  • Sobre la correcta fundamentacion de las demostraciones matematicas

    Toda esta península hasta el golfo de Sirma está habitada por pueblos de raza augina, entre los que descuellan los revos y los busos, malquistados por la religión. Inusualmente, esta diferencia puede resolverse en términos racionales, ya que los desencuentros cosmogónicos arrancan de una distinta estimación de la precesión equinoccial de la Tierra. Un viajero imparcial podría sentirse impulsado a concluir la disputa por vía de demostración matemática; podría componer con sus cálculos un memorial y atosigar con él a las autoridades religiosas y civiles de ambas tribus, subirse a un plinto en el ágora y aventar su razón a voz en cuello; pero se desgañitaría en vano, puesto que está instalado en el error y ha escogido seguir el procedimiento incorrecto.

    El procedimiento correcto de demostración matemática requiere, en primer lugar, quebrar las líneas de la hueste contraria, que la larga hoja de la lanza haga saltar los dientes de los héroes y que sus rodillas se doblen sin vida. Hecho esto, hay que tomar la ciudad. Una vez que los supervivientes en fuga se han dispersado por los montes vecinos, es preciso incendiar los templos de los dioses, aplastar las estatuillas de los lares, arrastrar los estandartes por el barro, entrar en la oscuridad de una cueva sagrada de la ciudadela y hallar al daimon que anima en lo hondo el ser de la ciudad. En el momento que el hierro se entierre en el corazón del demonio y éste se desvanezca, en ese instante un velo de ilusión y embotamiento comenzará a desprenderse de los ojos de las gentes de la ciudad vencida, ante los cuales empezará a resplandecer, para unos primero, para otros más tarde, la clara evidencia de la razón matemática.

  • Oído por ahí

    En la clase de lengua y literatura, en primero de ESO, los deberes de los niños consisten en imaginar variaciones contemporáneas de los cuentos que les contaban cuando eran más chicos. Hoy, a la clase, además del profesor y los alumnos, ha venido una aspirante a profesor que está haciendo sus prácticas.

    El profesor: A ver, Fulano, ¿y tú?

    Fulano (niño de doce años): Yo… Es que…, es que cuando era pequeño mi padre no me leía cuentos para dormir. Me leía libros de Schopenhauer.

    El profesor (con dulzura): Y te dormías ¿verdad?

  • Recuerdos y promesas

    Cada paso que doy levanta recuerdos y promesas. Yo me los imagino como nubecillas doradas que despierta el pie del astronauta en el polvo de la Luna.

    Nota que los recuerdos cada vez son más, y las promesas, con la mejor de las suertes, siempre las mismas.

  • Iluminaciones

    En el post anterior usé la palabra iluminación, en primer lugar, porque quería significar literalmente una impresión de luz, pero la culpa de que no me haya ahorrado su peso connotativo es la cercanía de esta frase feliz de Félix de Azúa en el prólogo a la edición italiana de su Diccionario de las Artes: «Este diccionario es un montaje de iluminaciones discontinuas». Ojalá se me hubiera ocurrido a mí y pudiese decirla con verdad, qué sé yo, de esta misma página (o de mi vida, ya que estamos).

    Por lo demás, y como era de esperar, recomiendo encarecidamente el prólogo entero.

  • Noches III

    Hay una parte de mí mucho más lista que yo. No es que para ser más listo que yo haga falta demasiado, ya: el misterio está en que una sombra corra más que el cuerpo, o viceversa.

    Es una inteligencia a la que me cuesta poner palabras. A medida que pasa el tiempo, va creciendo y no sé qué hacer con ella; es una ganancia que no sé cómo gastar.

    Una tarde, hace un par de años, un profesor de ética nos contó aquella historia cenital de Noche, de Elie Wiesel. En un campo de concentración, durante la segunda guerra mundial, los alemanes ahorcan a un niño a la vista de los prisioneros, convocados para la ocasión. En vez de morir al instante, el niño cuelga vivo de la cuerda, agonizando durante más de media hora a la vista de todos. A su derecha, Wiesel oye decir: «¿Dónde está Dios ahora? ¿Dónde está?». Antes que el profesor nos diese la respuesta de Wiesel, con esa lumbre que acompaña a la iluminación oí que mi voz decía dentro de mí: «No hay que quitar la mirada del niño. El error está en levantar la mirada del niño».

    Desde entonces vengo dándole vueltas a esa frase. Creo que empiezo a entender vagamente de qué trata, pero muy lejos de la seguridad con que la sentí (y que puedo volver a sentir si la evoco). Que cualquier valor de un hecho así se ve en el hecho, y desaparece al llevar la mirada hacia otra parte, aunque sea a Dios. Que la muerte del niño —su vida— no puede obtener su sentido por deuda de una estructura más amplia, como en la gramática de un idioma. Lo cual equivale a poco más que parafrasear la intuición original, según se ve.

    Hay que razonar las cosas no porque así sean más verdaderas, sino por hacerlas comunicables. No puedo ponerme a mí mismo como garantía de la verdad. Por ahora, aquella iluminación es solo una experiencia privada, que quiere salir de mí y no puede.

     

    [La historia de Wiesel sobrepasa por mucho estas cosas mías. Por respeto hay que añadir, al menos, la respuesta interior de Wiesel a la pregunta de la voz anónima: «¿Donde está? Ahí está: cuelga ahí, de aquella horca».]

  • Los libros antiguos

    Los libros antiguos de los hindúes dictan como regla que los recién casados, en el anochecer del día de su matrimonio, deben sentarse juntos y en silencio hasta que empiecen a titilar las estrellas en el cielo (…).

    [Sir James George Frazer, La rama dorada. Traducción de Elizabeth y Tadeo I. Campuzano.]

  • Los que pierden

    El 28 de octubre de 1982 yo acababa de estrenar mi derecho al voto y voté. Esta frase, que desde fuera puede parecer una perogrullada, desde dentro tiene su explicación. En la España de aquel tiempo aquello todavía era una novedad; si yo hubiese sido un poco mayor, el día que cumplí los 18 años no hubiera ganado ningún derecho, ni siquiera el de conducir un coche.

    Aquí nadie sabía cómo era votar. Los españoles leían en los periódicos cómo se votaba en otros países, o veían campañas electorales en las películas americanas: es decir, cosas del folklore extranjero. Mi padre guardaba sus lecturas discretamente encima de un armario. Lo digo por si sirve para hacerse una idea. Entendámonos: no es que en una dictadura uno no pueda expresar lo que piensa; es que uno no puede pensar lo que piensa. De decirlo en voz alta, ya ni hablamos.

    El caso es que aquel día fui a votar, radiante, porque tenía dieciocho años y los socialistas habían barrido el país con una ola de esperanza. Me quedé dando vueltas por la mesa electoral hasta que terminase mi novia, que era interventor del PSOE. Salí a airearme y vi a Alfredo en la ventana de su casa, allí enfrente, diciéndome a voces, con medio cuerpo fuera: «¡Doscientos dos! ¡Doscientos dos!», que era el número (de diputados) de la victoria.

    Y sin embargo, antes de que concluyeran aquellos cuatro años de esperanza, veo a mi padre en el pasillo de casa, contemplándonos con sorna y con ternura, creo yo. Salíamos con nuestros cubos de engrudo y nuestros carteles hechos a mano para oponernos a ese mismo gobierno, durante el referéndum de la OTAN. Dice mi padre: «¿Qué pasa, que siempre os gusta estar con los que pierden?». Y no era que yo no quisiese la OTAN (que no la quería); era sobre todo que me sublevaba la magnitud de la estafa. No podía creer que se pudiese trastornar a tanta gente, decir blanco donde un minuto antes se dijo negro y que no pasase nada.

    Ganó el gobierno, y también las elecciones subsiguientes, gracias a que muchos se tragaron hasta el sentido común. Porque pensaban que si perdían unos ganaban los otros. Yo no; e intentaba explicarle algo muy parecido, diez años después, en Alemania, a un socialdemócrata inteligente y honrado que tenía en mucha estima a Felipe González. Que no se trataba de abrirle o cerrarle el paso a los conservadores, sino de la imposibilidad moral de apoyar a un gobierno que, aparte de haberse entregado a robar y mentir hasta lo grotesco, tenía bajo su mando a los que les habían arrancado las uñas de las manos a unos hombres mientras estaban vivos y luego los habían matado y cubierto con cal. Que cualquier cosa era mejor que eso. El alemán, muy serio, asentía con la cabeza.

    Y sin embargo, los que habían mentido, robado y arrancado las uñas de las manos a unas personas vivas casi consiguieron ganar aquellas otras elecciones. Los que un día habían sido mis compañeros de bando no aprobaban los crímenes, por supuesto. Pero qué iban a hacer sino seguir votando para que no ganasen los otros.

    Hace solo tres días tuve esta conversación con Antonio, que en el 82 todavía no iba a la escuela. Hablábamos de su trabajo: sus jefes son una banda indescriptible puesta ahí por el gobierno socialista. En un momento dado, el hombre dice: «Ojalá… Si no fuese porque tengo tanto asco al PP. Pero ojalá el domingo se fueran todos estos a tomar por el culo». «Vota a UPyD, le digo. «Eso es tirar el voto», me dice él.

    Tirar el voto. No sé, Antonio, lleváis así veintitantos años, aunque tú no lo creas. Vosotros sabréis. Yo, como decía mi padre, otra vez con los que pierden. Veintitantos años dueño de mi voto y pensando en razón y equivocándome a veces, que son los riesgos y los trabajos de un hombre libre.

  • Noches II

    Buscando otra cosa, me he encontrado por aquí un post que no acabé de escribir. Tiene fecha de hace dos años y medio, aunque empezó antes. La víspera de San Juan nos dormimos en medio de una tormenta terrible; en mitad de la noche me desperté y la luna llenaba el cielo. La ventana estaba abierta. En el silencio perfecto se oía cantar un pájaro. Supongo que me había despertado él, que cantaba desaforadamente. Me levanté de la cama y me asomé afuera. Apenas podía abrir los ojos de tanto sueño, pero recuerdo que me esforcé mucho por despertar a la conciencia del cielo de verano blanqueado por la luna y el canto extraño y descomunal del pájaro, aquello que estaba sucediendo y que era más irreal que el sueño. Volví la cama, junto al cuerpo de la mujer. Pensando si no sería ese el ruiseñor que nunca he oído —pero no hay ruiseñores en la ciudad—, me dormí.

    El invierno siguiente es el de la fecha del post que dejé a medias. Era una noche en una habitación inglesa, y tras la ventana había una luna fría. El post iba sobre el efecto poético de contar la noche de junio desde el invierno del norte. Me parecía a mí —puse— que la distancia estaba en el principio de la literatura, a lo que yo le daba vueltas entonces. Y luego más consideraciones acerca de lo que cabe contar y no contar, etcétera.

    Ahora, mirando la momia de ese post que no escribí, no puedo dejar de pensar que estaba equivocado mi pensamiento o si no la escritura o la vida, porque en él solo veo pasado y polvo. Algo como una naranja seca, quiero decir, algo que debería ser comido en el momento.

  • Un momento cumbre

    Los españoles estamos viviendo en estos tiempos una de las etapas más cómicas de nuestra democracia. Ya sé que andamos demasiado preocupados por otras cosas para verle ahora mismo la gracia, pero así es.

  • Noches

    A todos los que venís a visitarme por las noches
    en la vela angustiosa o en el profundo sueño
    quisiera pediros perdón
    porque después de tanto tiempo
    todo es lo mismo y, como antes
    en mi casa hay una silla, un plato y una taza
    el huésped es siempre un imprevisto y
    yo sigo hablando de las mismas cosas.

    Así soy yo. Tanto tiempo después
    empleado en pensar, hoy el es el día
    que venís a visitarme en medio de la noche
    y no os he dicho que os amé una vez y todavía
    y siempre, y siempre, y siempre, y todavía.