Autor: Juan Avellana

  • El don

    Yo sé que lo reconoceré en cuanto lo vea. Tengo esa capacidad. Es el don que se me ha dado, como una estrella en la frente.

  • La vida es un zoo II

    LAS PERSONAS CONsCIENTES DE SU RESPONSABILIDAD NO COMEN NADA QUE TENGA OJOS.

    Los míos han visto esa afirmación en el metro, en un cartel publicitario, impresa en letras de un palmo sobre una hilera de rostros de animales pintados con un agradable naturalismo levemente humanizado; unos rostros detallados y francos que tranquilamente podrían afiliarnos a una mutua sanitaria u operarnos del riñón. Esos animales eran dignos de confianza. Seguro que no ellos no ingerirían nada que tuviese ojos, bajo ningún concepto. Y a ti ni se te ocurriría comértelos: sería como comerse un abogado sin pelarle el traje. No resultan apetitosos.

    Me temo que no soy una persona consciente de mi responsabilidad. Alquien se ha gastado un dineral en propaganda para informarme de ello. Bueno, es de agradecer; aunque creo que yo ya no estaba a la altura, sin necesidad de escrutar mi dieta. En fin; imagino que esto será una agravante.

  • Recuerda

    Reparas con temor en que aún no has guardado, de modo que todos tus desvelos del día están prendidos de un hilo en la memoria del ordenador, como pájaros sobre un cable, y un leve soplo magnético, el roce de una tecla, podrían borrarlos para siempre. Aunque el disco duro es quizá peor, porque allí tu tarea de años descansa en sendas invisibles y particiones efímeras; y bastaría una acometida de corriente, por ejemplo, para que se esfumaran tus proyectos, las cadenas de ideas que ordenaste bien, los líneas compuestas con belleza, tu respiración dada forma.

    No hay nada que temer; piensa que, a fin de cuentas, llevas encima bastante más que eso cuando paseas por un bosque, o a doscientos kilómetros por hora o por encima del mar, guardado en su cajita de carne: un mero golpe seco y breve, un corte fino, un error sucesivo de copia de una proteína y adiós para siempre a las mañanas de la infancia, los rostros y las voces de los que se han ido, cierta tarde de sol en la playa, el nombre de una marca de chicles, el olor exacto de aquel otro aliento.

    Conviene escalonar con inteligencia las preocupaciones. Y confiar en el hardware.

  • Motivos de queja

    El azar ya no es lo que era.

  • Imagina

    Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, hantrubio y domingo.

  • El que solía

    El mendigo que guitarrea un bolero en mitad del vagón del metro es un príncipe amnésico. Lo más triste no es que haya olvidado su linaje, sino haber perdido juntamente la memoria de su soberbia destreza de músico.

    Platón diría que ese hombre es metáfora de todos nosotros. A mí, que no soy platónico, a veces me da por pensar que es metáfora de mí mismo.

  • Mariángeles

    Hoy me ha escrito M.ª de los Ángeles. He llegado a casa del trabajo y me he encontrado en el buzón una carta suya. Tiene sólo veinte años, y veo que es del signo del cangrejo, como yo. Se ha confundido y me ha mandado a mi nombre su currículum. A mí, a esta dirección. Pone, en letras redondas: «García Avellana, Director de Recursos Humanos».
    Me dice que ha ido al colegio y luego al instituto, aunque lo dejó pronto; después se ha metido en una academia del barrio a aprender corte y confección y patronaje. Ha cuidado niños. Ahora tiene sólo veinte años. Eso es todo.

    Yo no soy director ni soy nada, pero quizá a fin de cuentas la carta no se haya equivocado tanto, porque yo lo entiendo, Mariángeles, yo lo leo todo. Todo, todo; todas esas cosas que no has podido escribir en el papel, Mariángeles, yo las sé. Bendita seas, trabajadora, dondequiera que te encuentres. Que la vida te cuide.

  • La hierbadiosa o mería

    Los marineros y la gente del puerto de esta ciudad aseguran que quien sabe encaminar sus preguntas acaba encontrando algún vendedor de hierbadiosa, o mería, con la que se hace una infusión muy deseable. No resulta especialmente aromática, y a la vista tiene un aspecto aguanoso y del todo común. Quien la toma nota pronto un calor repentino e intenso en los pies, el rostro y las manos, y a continuación una sacudida brutal de placer en su sexo que dura más o menos tiempo según la virtud de la yerba, pero que en todo caso supera al del coito. Dicen además que la sensación es algo distinta, aunque no se aclara de qué modo. El hombre o la mujer que la toma queda descoyuntado por el placer, y de nada recibe más gusto entonces que de permanecer largo rato en el mismo sitio, reposando.

    A partir de los relatos, no es fácil formarse una idea acerca de su precio. Quienes reconocen haberla probado, mientras lo cuentan, recuerdan para sí y sonríen, como aquel que está iniciado en un secreto.

  • Septiembre

    Acostado en mi cama, a oscuras, oigo pasar el viento, y el olmo que se eleva hasta mi ventana rasca sus uñas contra la pared. Sé que muy lejos de aquí, un viento como este rompe las olas sobre arenales largos, solitarios. Al llegar la mañana, al cabo de unas horas, en cualquier playa entre Cantabria y Bretaña la luz será gris, las nubes altas, y el viento desordenará las hierbas sobre las dunas. Un día de nubes y grandes mareas equinocciales, maderos blanqueados y algas secas por toda la orilla. Todavía hoy, 10 de septiembre, habrá alguien —un español pensativo, supongamos— paseando descalzo, con la playa entera casi sola para él. Ese hombre no seré yo, cuando despierte, y ese conocimiento me inunda de nostalgia. Siempre es lo mismo, alguna noche por estas fechas, todos los años.

  • Ya sé yo

    que existen los seres prodigiosos, el más allá y la magia. Lo que me gustaría es poder creer en ellos.