Autor: Juan Avellana

  • Qué hacen las cosas cuando nadie las ve

    La ciencia no descubre aspectos inusitados de las cosas, sino que pone sobre ellas propiedades que anteriormente no tenían. Las cosas no están saturadas de propiedades discretas a la espera de que un instrumento nazca para medirlas —aunque sería un lindo modo de expresarlo—; parece más cierto decir que las propiedades de las cosas dependen de los órganos que las perciben. Si tienes ojos, ves colores, y así existen el verde, el rojo y el azul. Si tienes oídos, distingues sin tocarlos el viento y la madera. Distingues dos cosas: el rayo y el trueno.

    Si tienes un microscopio, las cosas ya pueden ser cristalinas o amorfas. Si tienes más ciencia, levógiras o dextrógiras, infrarrojas o ultravioletas, semiconductores, radiactivas, metales, extrañeza, color, espín y encanto.

    De modo que lo que hace la ciencia es inventar órganos nuevos de percepción; luego los aplica sobre las cosas, y anota los valores que ha encontrado sobre una nueva escala de valores. Parece que descubre, y sin embargo añade. Sumamos un sustantivo y equis adjetivos al idioma del mundo. El mundo en que vivimos es también una sintaxis.

    Pero, aguarda: ¿son infinitos los instrumentos que se pueden construir para observar una misma cosa? Si lo son, el ser de las cosas se desparrama sin fronteras; sus límites son nuestras limitaciones. O no. Igual las cosas son algo.

    Buena cuestión, y muy larga. Cuando era niño, ya me preguntaba si mis juguetes seguían allí, quietos, mientras yo no estaba. Por lo visto, aún no lo sé.

    Extrañeza, color, espín y encanto»]

  • Ahí las cosas

    Al comienzo del verano una amiga trajo todas sus plantas a mi terraza para que se las cuidara mientras ella no estaba. Contemplo las mías, esas dos o tres que habrá que meter dentro de casa en cuanto empiece a hacer malo. Mi terraza es orgánica… Podría decir que está llena de polvo y hojas porque soy un abandonado, pero orgánica queda muy bien, y además no es del todo fingimiento, porque la terraza está muy natural, como un descampado.

    Mientras sigo aquí de pie, plantado en medio de toda esta… este desorden orgánico, yo sé que me pasa algo. Que este flujo de impresiones: plantas, hojas secas, hojas verdes, brisa fresca… alude a algo, más allá —o al lado— de la tarea banal de adecentar esto. Como si me interpelara.

    Un ratito después estoy aquí sentado, dispuesto a escribir: «Me gustaría que esta bitácora sobreviviese al invierno». Y se me viene inocentemente a la cabeza, como una metáfora, la imagen de las plantas ahí afuera. Bien, ahora lo entiendo. Pero me gustaría saber contar lo que las cosas dijeron. Sin traducción, sin metáfora, sin parábola, sin tropos. Esa fragilidad de la que hablaban; que las cosas dependen de los tiempos. Lo que ellas dicen, en su propia lengua.

  • «Las ciudades y la memoria. 1

    Partiendo de allá y caminando tres jornadas hacia levante, el hombre se encuentra en Diomira, ciudad con sesenta cúpulas de plata, estatuas en bronce de todos los dioses, calles pavimentadas de estaño, un teatro de cristal, un gallo de oro, que canta todas las mañanas sobre una torre. Todas estas bellezas el viajero ya las conoce por haberlas visto también en otras ciudades. Pero es propio de ésta que quien llega una noche de septiembre, cuando los días se acortan y las lámparas multicolores se encienden todas juntas sobre las puertas de las freidurías, y desde una terraza una voz de mujer grita: ¡uh!, se pone a envidiar a los que ahora creen haber vivido ya una noche igual a ésta y haber sido aquella vez felices».

    Italo Calvino, Las ciudades invisibles (Minotauro).
    Traducción de Aurora Bernárdez.

  • Escatoloblog II

    ¿Alguien ha chateado alguna vez con un difunto?

    Hum, supongo que no es sencillo saberlo. Si a veces, charlando en un bar lleno de música, no es fácil distinguirlo… Imagina en un chat.

    Voy a subir este post para que quede la fecha y la hora, por curiosidad. Es como poner un cronómetro en marcha: a ver cuánto tiempo tarda en llegarme la historia en forma de leyenda urbana.

    [Escatoloblog]

     

     

  • Escatoloblog

    En los primeros tiempos del boom de la World Wide Web hubo un chiste gráfico que se hizo muy famoso, aquel donde un perro, sentado ante un ordenador, le explicaba confidencialmente a otro: «En Internet nadie sabe que eres un perro».

    Se me ocurre ahora una versión macabra, donde un fantasma delante de un teclado le comenta a otro: «En Internet nadie sabe que estás muerto».

    [On the Internet, nobody knows you´re a dog:
    https://en.wikipedia.org/wiki/On_the_Internet,_nobody_knows_you%27re_a_dog]

  • Relaciones

    Leyendo un artículo estupendo de Sergi Pàmies sobre el verano en El País de ayer («Lo que queda de España»), se me ha venido a la memoria aquello que dice el físico Lee Smolin de que en el nivel fundamental las cosas no tienen propiedades intrínsecas, sino que las propiedades son relaciones entre las cosas.

    Mi verano, este verano, consistiría en un dibujo formado por líneas tiradas entre estas cosas: la playa, el tacto de unas piedras, Langre, el color verde, un sudor inagotable, melón, chopitos, un jazmín prestado, un niño que aún no habla, el planeta Marte, los viajes en el metro con la mujer de blanco, mi terraza, la casa de Chillida, la fiebre, madrugadas de bitácoras, dieciséis canciones de Strauss, los filósofos naturalistas, etcétera.

    Cada uno puede hacer su lista, es decir, su dibujo.

    [“Indeed, for me the most important idea behind the developments of twentieth-century physics and cosmology is that things don´t have intrinsic properties at the fundamental level; all properties are about relations between things”:
    https://www.edge.org/documents/ThirdCulture/z-Ch.17.html
    What is the future of cosmology?: http://www.flash.net/~csmith0/future.htm]

  • «Si nunca desaparecieran

    las gotas de rocío en Adashino, si se mantuviera siempre inmóvil el humo de la colina de Toribe y viviésemos eternamente, sin cambiar, ¿nos podría conmover el encanto frágil de las cosas?»

    Kenko Yoshida (s. XIII), Tsurezuregusa. Ocurrencias de un ocioso (Hiperión). Lo cita Francisco Calvo Serraller en «Frágil», en el Babelia de hoy.

  • La vida es un zoo.

    Te va mostrando, uno tras otro, personajes asombrosos. La cosa consiste en permanecer siempre del lado bueno de las rejas.

  • «No pienses que fue breve la hermosura

    de esos días que hoy cantas, ni escasa la alegría
    que la fortuna os diera: la belleza
    sólo un tiempo requiere, y su fugaz reinado
    tiene la permanencia de lo eterno.

    Confórmate, y recuerda. Porque el recuerdo sabe
    prolongar el pasado, impedirle a la sombra
    su cosecha de olvido.
    No lamentes que el fin
    ya en el principio aguarde.
    Y sin dolor acepta
    la gloria melancólica de saber que has vivido.

    Eloy Sánchez Rosillo, «La amistad» (fragmento).
    Las cosas como fueron (Ed. Comares).

  • Adiós

    Fotografía del planeta Marte