Categoría: Diarios

  • Ahora el jazmín

    A la flor del cerezo le sucede el jazmín de primavera, y al jazmín la rosa, y a la rosa la pequeña zarzamora, y así hasta el otoño de los crisantemos y otra vez de vuelta, porque la vida se sigue a sí misma. 

    Esta corriente de fondo, consabida, es un murmullo blanco, el lienzo sobre el que hay que escribir los hechos de este diario. 

    Al fondo de los días, el mirlo sigue cantando junto con las demás cosas consabidas. El viento fresco y alto, las espigas. El olor de las lilas. Se espera que vengan los hechos como pinceladas sobre un lienzo plano; y sin embargo, cada vez estoy más cierto de que el fondo es la naturaleza del mundo. 

    Pinto unas manchas oscuras —nosotros— y también se van al fondo, como motas de pájaros en un paisaje de Brueghel.

  • Confesiones

    Por lo que respecta a la vida, la parábola de Kafka es esencialmente verdadera: uno se despierta un buen día convertido en un insecto. O en lo que le toque. En una bolsa de plástico, un tronco gris de madera abandonado bajo la lluvia, un pelícano, etcétera. Pero Kafka, por pesimista, calla una cosa importante: también es verdad que un buen día uno se despierta con el placer de sumergirse en el agua y de echarse peces al buche, de secarse al sol y cuartearse, de dar vueltas hacia aquí y hacia allá arrastrado por el aire, etcétera.

     

    Del cerezo florecido, a pleno sol, mana un bien del que no puedo apartar la vista. Como si se hubiese abierto un surtidor sobrenatural delante de mi casa.

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  • Diciembre de 2025

    En esta ciudad junto al mar el tiempo viene y vuelve como las olas vuelven a la orilla, vuelve y deshace las vidas como el agua deshace la arena. 

    El día de diciembre es frío, soleado, cristalino. Las partes de la realidad parecen unidas con un pegamento sutil, con rocío evaporado o agua seca. Un soplo podría despegarlas.

    El día es un diente de león, un cristal de nieve. 

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  • La cuestión

    La cuestión es que seguimos construyendo templos, pero ya no tenemos dioses.

    *

    El otro día me encontré con que la manzana que estaba comiendo había germinado. El trocito de corazón que quedaba lo metí en tierra, sin ningún motivo, de modo que ahora en la sala hay dos brotes traslúcidos de manzano, más pequeños que un meñique, con hojas como de perejil. 

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  • La rosa resucitada

    Ya he vuelto. He dejado el agua verde y fría, los lirios marinos, el viento, la hierba dunar que se agarra a la arena. Podría haber vivido toda mi vida allí, donde nací, como viven los cangrejos, en la franja entre dos mareas. Pero hubiera sido un exilio de otras vidas por vivir. Como esta mía que he tenido, por ejemplo.

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  • Experiencia

    Era una tarde de mayo. Ella dijo: «Ojalá todo siga así para siempre». Por la ventana abierta, que deba al oeste, entraban los rumores de la tarde y el canto del mirlo. Estábamos tumbados sobre las sábanas. Yo acababa de ver la luz de poniente alumbrándole la cara.

    Y sin embargo, salimos de allí. Mordimos una manzana sin saberlo.

    Ahora que puedo mirar mi vida por encima del tiempo, permitidme una parábola y un consejo. Cultivad. Sembrad: un plato de comida, unas nubes. Dos colores juntos que queden bien. Sembrad canciones, por supuesto. La luz del sol en la ventana, las sombras de la tarde, la atención a los pájaros. Comed fruta de verano; haced bien los bocadillos. Estrenad palabras. Cuando podáis, acercaos al agua. Escribid en una hoja. Sembrad. Algunos hechos elementales se agarrarán al curso del tiempo, como semillas de olmo, echarán raíces y se alzarán al cielo.

  • En mayo

    La cereza está en el árbol, la retama en el monte, el azul en el cielo, la amapola al borde del camino.

    Yo aquí. Cada cosa ha llegado a su sitio.

     

    En mayo, la hora que va del día a la noche. La luz que permanece en el cielo, como se encharca una ribera al retirarse el agua.

     

    En mayo, los descampados. Esas flores pequeñas de color azul más-alla-del-azul.

     

    En mayo, el mirlo dice: «Estoy vivo bajo el cielo de primavera. Estoy vivo bajo el cielo de primavera». Y yo, al oírlo, sé que estoy vivo bajo el cielo de primavera.

     

    Copos, alas, espuma, vilanos,
    hebras, briznas, burbujas, rocío,
    trizas, plumas, estambres, neblina,
    sámaras, días, pétalos, espigas.

     

    En mayo, el año pasado, escribí barredura. No sé cómo la palabra me volvió a la cabeza, al cabo de tanto tiempo. La usaba mi abuela: «Échalo a la barredura», decía, por ejemplo. La consulté en el diccionario y ahí estaba, perfectamente ortodoxa. Solo es vieja; ya no se usa.

    Las palabras se mueren y pasan, como las personas. Sería bonito enterrar el cuerpo con sus palabras al lado, las que prefería usar, como hacían los antiguos con el ajuar del muerto. Para que no las eche a faltar más allá, en el otro mundo.

  • Sentido y formas

    Las letras sobre la página no dicen nada. Son motas, pecas, margaritas en un prado, estrellas. Puntos sobre un fondo, como copos de nieve en la noche, como pájaros. Somos nosotros los que soñamos el significado. Cuando despertemos, serán verdaderas sin necesidad de decir nada.

     

    «Es Viernes Santo. En la terraza está el cerezo florecido, el jazmín de primavera y una azalea de flores cremosas, también blancas. Llueve. Hay una orquídea blanca en una esquina oscura del salón. Estoy rodeado de pétalos blancos y la sombra de la tarde que termina».  

    Lo anoté hace solo doce días. Luego han venido el sol, el cielo azul, el viento de primavera. Del cerezo y la azalea cuelgan unos pocos pétalos marrones. El apunte es ya un recuerdo; no puedo ponerlo vivo

    La parte viva de una letra vive menos que un pétalo. Y sin embargo, en cuanto publique estos párrafos, dará igual cuándo se hayan escrito. Se podrán leer con otra lluvia, otro abril, otros cerezos. Una vez dadas, las letras ascienden y se convierten en una cosa, semejante a un espíritu, que no está viva como una flor, pero tampoco muerta.

     

    Luego vino el apagón, ya sabéis. Había multitudes por la calle buscando cómo volver a casa. La mía quedaba a nueve kilómetros, según el mapa del teléfono, así que eché a andar. Anduve y anduve; dejé de reconocer las calles. En un momento dado, el mapa me mandó seguir por una carretera que atravesaba la puerta abierta de un gran enrejado que parecía cerrar la finca de un hospital o algo así, porque tenía un aire severo. Me detuve, pero entonces entró por allí un autobús urbano y yo fui detrás. 

    Al cabo de doscientos metros me di cuenta de que me había metido en el cementerio de La Almudena. El autobús volvió en sentido contrario y se fue. Sin embargo, el teléfono parecía muy seguro de sí mismo: ahora a la derecha, ahora a la izquierda, para acá, para allá, adentrándome cada vez más por las calles de una ciudad de muertos mayor que la ciudad en que nací. La escala de la muerte era sobrecogedora. Tantos nombres, tantas piedras, durante cuánto tiempo. Me paré, en la calma del día soleado, a mirar alrededor, en el centro de aquel círculo de silencio. Qué hago hoy aquí en medio, pensaba. Cómo he llegado aquí. Qué significa

    Entonces se me ocurrió que es muy difícil no buscar un significado, porque el destino puede no tener un sentido, pero tiene una forma. Y toda forma parece a punto de decirnos algo.

     

  • Luces de noviembre II

    Los crepúsculos de otoño pasan por encima, un día, y otro, y otro día, como las olas llegan a la orilla. Al pie de los árboles, las hojas caídas forman un redondel de luz dorada que los ilumina desde abajo. Florece el crisantemo. Brillan los colores como el fuego en una cueva. Amarillos, ocres, rojos encendidos, granates, azafranes, cárdenos, violetas. La naturaleza desciende a su sueño de invierno, parecido a una muerte pasajera. Cada cosa muere con su propio color, como si pudiese escogerlo.

     

    En las bodas siempre hay algún fantasma, porque entre que la boda se convoca y que finalmente se realiza, pues algunas personas fallecen y tienen que asistir de ese modo. En las épocas de desgracias se llegaba a colocar una mesa de fantasmas al fondo de la habitación, más allá de la mesa de los amigos y la de los niños.

     

    Es costumbre que los padres les den a sus hijos un papelito secreto doblado en cuatro con una escritura misteriosa que no pueden leer hasta la edad adulta. Al cabo de los años, cuando por fin lo desdoblan, ven que el papel trae la letra de las canciones tristes que sus padres cantaban.

    Hubiera sido mejor un hechizo, la fórmula de un ungüento, en qué rincón del jardín había que excavar exactamente; pero está prohibido por las leyes, a fin de evitar que uno saque una ventaja injusta sobre el hijo de otros. En cambio, la ley considera lícito el consuelo.

     

    El pájaro del tiempo se ha posado sobre un párrafo. Hay que quedarse quieto, callado, pensando.

     

    En caso de tristeza, romper el cristal. Y a través del cristal, en el vagón del metro, se ve lo que parece un pequeño instrumento de música de metal y plástico pintado de rojo. Debo aguantarme la curiosidad de romper el cristal porque, la verdad, no estoy triste.

     

    Por la tarde, la luz amarilla empapa el árbol que hay detrás de mi casa. Pienso: «Ojalá pudiese beber esa luz». Pero las personas no podemos absorber directamente la luz; tenemos que hacerlo a traves de un poema.

     

    A veces me entra nostalgia del presente, por decirlo así. Es una repentina fragilidad temerosa, como el vértigo en sueños, y el dolor de estar mirando desde un punto donde no existirá nada de esto. Y la grandísima ternura por el instante, por este aire, las hojas, esta luz en la ventana, todas estas cosas.

     

    [Luces de noviembre]

  • El último viento del verano

    Una mañana calmada sopló el aire y las hojas abarquilladas del cerezo susurraron con un suavísimo entrechocar leñoso, claclaclaclacla, porque habían empezado a secarse. Sentí en ese instante que veía al tiempo mismo, vivo, como en un mito arcaico se entrevé a un dios en un claro del bosque.

    Llevo un mes y medio intentando hablar del final del verano y el comienzo de este otoño, pero no he podido pasar adelante. Se me ocurre que si supiese decir algo definitivo sobre la entrada del otoño sería como decir algo definitivo sobre mi vida; y de eso no soy capaz. Es más: empiezo a pensar que no me es dable decir nada trascendental. Nada que no esté ya en las cosas.

    En otoño la naturaleza juega al juego de morirse. Nosotros, en cambio, no lo jugamos bien. Llevamos mucho tiempo sobre la tierra pero aún no hemos aprendido a resucitar.

    Alguien coloca sobre una mesa una semilla, cinco clases de pétalos, un guijarro, caracolas, cuatro letras de plomo de una imprenta antigua, una piedrecita de almizcle, todo esparcido sobre la mesa. Lo miras. Al cabo de un rato, renuncias a encontrarle sentido. Entonces la otra persona levanta sus ojos a los tuyos y te mira con la desilusión de un niño. «Es un tesoro maravilloso», dices de pronto.

    El último viento del verano hace temblar las velas en el palacio de la muerte.