Categoría: Ficciones y prosas

  • Julia y las luces

    La señora Julia tiene una habitación para las luces. Está forrada desde el suelo hasta el techo con baldas de madera oscura sobre las que se alinean las luces en frasquitos de cristal, dispuestas por lugares o por épocas. Una mañana en la playa después de la guerra. Biarriz, una tarde de junio. Muchas en el campo, en verano; resplandores tras la ventana de la escuela; farolas; la luna.

    La habitación es un antiguo vestidor; las luces tiemblan en la penumbra como llamas de agua. La señora Julia ha perdido mucha vista con los años. Entra en la habitación andando despacio y cada vez debe acercarse más los frascos a la cara.

  • Carta de Praga

    Abajo, al buzón, ha llegado una postal de Praga. Una postal de verdad, de cartón. Praha. Trae un dibujo que representa un cuarteto de músicos callejeros tocando en un puente empedrado; a la vuelta, el mensaje manuscrito en letras torcidas de color verde.

    Unas personas han hecho este papel y lo han tintado; unas manos que me quieren lo han escogido y se han detenido en una terraza, imaginemos, al lado del abejorreo de un río de turistas, a escribirme estas palabras de recuerdo. Y luego todo ese trabajo de meterla en sacas, cargarlas, llevarlas a los trenes, cruzar Europa entera en vagones nocturnos, a través de campos iluminados por la luna. El peso de la postal en mis manos genera esa distancia, y está muy bien que así sea, porque la gente está lejos, Praga está lejos, en los ferrocarriles y en mi vida. Esa es la verdad. El cartón me despierta de la ilusión electrónica de lo instantáneo, como de un sueño.

    Claro, algún día iremos juntos, seguro.

  • Carta de agosto

    He comido ensalada de garbanzos y pimientos verdes, como te vi hacerla un día.

    A veces imagino que estoy sumergido en una playa de poco fondo y de arena clara, como un vaso transparente. Hay plantas submarinas.

    La gente se echa a andar por la calzada.

    Ayer, a las cuatro o las cinco de la tarde, la luz destellaba. En la puerta del supermercado, a la sombra, una mendiga se había quedado dormida con su niño dormido también, sobre el regazo. El viento caliente le agitaba el pelo y hacía rodar el vaso de plástico por el escalón de la entrada, dibujando círculos. La calle estaba en silencio.

    Duermo con la ventana abierta. Anoche pasé frío. Vienen a la cama todos los ruidos de la noche de la ciudad, pero voy entrando en el sueño y oigo fantasmas de ciudades imaginarias, o de otro tiempo.

    Me paso el día solo.

    Había un hombre delgado, planchado, con camisa de cuadritos azules y el aire de un tonto de pueblo. Esperaba ante el semáforo con pulcritud. Llevaba un pajarito verde y blanco posado en la nuca, sobre el cuello de la camisa.

    He fregado las baldosas blancas, así que ahora puedo andar descalzo.

    Te mando recuerdos.

  • Interpretaciones

    En el metro, miraba por la ventanilla a los pasajeros del vagón que venía enganchado al mío. Arracimados alrededor de una barra, los brazos en figura de espiral, como un molinete o una giràndula, con los ojos abiertos hacia mi sitio y los rostros opacos, sin expresión, o con un vago gesto de sofoco o cansancio ensimismados.

    Escudriñar esa figura densa de mujeres y hombres para sacar un significado, como lo hacía yo, mirar el té, las nubes, las runas, las ondas del agua o los caparazones de las tortugas, son tareas parecidas, modos vanos de sacar sentido de las formas.

    Y sin embargo ese es, en todo o en parte, el trabajo de la literatura.

    Más tarde, dando vueltas por casa, me preguntaré si no es ese, en general, todo trabajo del pensamiento.

  • Saber y cuándo II

    Rebuscando entre las cosas de Avellana mientras él estaba de viaje, en el fondo de un arcón me encontré un tablero de ouija decorado a mano y un vasito de cristal, tapados por una alfombra antigua.

    Funcionaba. Meticuloso como un metrónomo, el vaso me fue reportando sobre el tablero los resultados consecutivos de las bolas que se lanzaron en la ruleta de la mesa 9 del casino de Montecarlo la noche del 13 al 14 de febrero de 1927, desde su apertura hasta la hora de cierre: 7, 18, 21, 0, 36, 8, 11, 13, 33, 1, 14, 31, 20, 20, 10, 23, 3, 12…; algo menos de cien bolas.

    Aquella noche dormí inquieto por causa del asombro. Los días siguientes comprobé que el tablero era capaz de proporcionarme el registro exacto de docenas de partidas de fechas distintas; sin embargo, mi entusiasmo se disipó según fui entendiendo que nunca me adelantaría la de un día por venir.

    La desilusión que siguió tenía que ver conmigo mismo, sobre todo; con la decepción de descubrir ese elemento espurio, el afán de manipulación de la realidad, en lugar del interés abstracto por el conocimiento.

    Por último me dediqué a charlar con el espíritu de otros temas; pero fuera de su campo de especialización, su conversación era tan errática y morosa como la de todos los ouijas, o, por lo demás, la de bastantes encuentros casuales con personas vivas. Al verme decaído, él me propuso pasar a las cotizaciones del mercado del algodón y lino, con las que también sabía desenvolverse, pero conociéndolo a estas alturas, me temí lo peor.

    Ahora he cambiado de opinión sobre el caso, en cierto modo; me tienta creer que quizá, a fin de cuentas, todo conocimiento se refiera al porvenir, y que quizá, en última instancia, todo saber verdadero sea una destreza.

    Cuando faltaban aún un par de días para que volviese Avellana lo devolví todo al fondo del arcón. Tras cerrar la tapa caí en la cuenta de que el tablero debe de ser uno de esos trastos suyos que Avellana llama artefactos metafóricos. Se lo preguntaría, pero no me apetece decirle que he estado enredando entre sus cosas.

    [Saber y cuándo I]

  • Saber y cuándo

    Nada más inane que las noticias de la semana pasada. Cualquiera que haya tenido la experiencia de leerse, confundido, un periódico viejo como si fuese el corriente, habrá notado qué poco se distinguen las noticias de unos días a otros, una papilla grisácea de hechos intercambiables que solo hacen bulto cuando los alumbra la fecha de hoy desde lo alto de la página.

    De donde se sigue que nada hay más inane que las noticias de la semana próxima.

  • Una tarde de julio

    Se acaba julio y con él se acaba el tiempo del poema. Leí un día que el hombre primitivo no vivía verdaderamente en sus días, sino que los pasaba en una especie de devenir, como en un sueño; y la vida, la vida verdadera, ocurría solo en determinados lugares y momentos del año, cuando el hombre participaba del acontecer del mito. Julio es mi mes de estar del todo vivo, el mes en que nací, cuando regresa el ahora.

    Con el poema quería referir una sensación más fuerte en julio. Una sensación, o sea, un hecho de la experiencia interior, una cosa que me pasa. Así que no es una teoría, aunque se deja describir aproximadamente mediante una noción filosófica que ni es mía ni es nueva: digamos, algo así como que el ser es una interfaz, esto es, una superficie de contacto, entre la sensibilidad y las cosas. Como —en otro orden— la belleza, para entendernos.

    Pero se termina el mes y se acaba el tiempo del poema donde tenía que decir aquello que he sentido. Aquí se queda, hasta otro año:

    A este hombre que ve caer la tarde de julio
    se le llena el alma como un espejo
    de luz verde,
    rumor de hojas,
    un cielo vecindario,
    voces de niños a lo lejos,
    viento lento,
    rescoldos de cristal de luz finida.

    Solos sobre el mundo
    la tarde y él,
    el uno por el otro,
    uno.

  • Escritura

    Está lo que merece ser dicho y lo que no vale la pena.

    Está lo que debe decirse y lo que apetece decir.

    Está lo que es dable decir y lo imposible.

    Eso hay. Y al final, uno escribe lo que no puede callarse.

  • Dirección y sentido

    Esta mañana el tren se demoró mientras me llevaba hacia el trabajo y acabé dando paseos por la plataforma, inquieto; por la tarde, a la vuelta, sucedió lo mismo, pero entonces aproveché para leer a gusto. En un momento dado, cerré el libro, saqué una libreta y lo anoté: «Tengo prisa por llegar a donde no quiero ir y no me importa el retraso para llegar a donde deseo».

    Hace un momento lo he releído y me ha dado la impresión de que no soy el único que vive con esas paradojas.

  • Avellana: su cuaderno de viaje II

    La pasión nacional en Hanu es un deporte que se juega en las grandes playas, sobre la arena lisa y húmeda que descubre la marea baja. Es una mezcla de representación y de batalla táctica, y, en esencia, lo que importa —lo que dirime las partidas y el público sigue con fascinación— son los dibujos que trazan sobre la arena los pies y los bastones agudos de los jugadores. Se juega los fines de semana, y a las partidas concurren cientos de curiosos.

    Terminado el juego, a la luz menguante de la tarde, algunos aficionados estudian el desarrollo de la partida caminando sobre la arena desordenada, siguiendo con la vista el surco de una maniobra envolvente que conduce a unas pisadas bruscas rodeadas de terrones, el rastro de un amontonamiento apresurado, unas huellas de pasos que componen hexágonos tácticos. Leen una escritura sobre la arena que narra una historia de tretas, apuestas, derrotas inauditas y victorias ingeniosas.

    La marea alta limpiará enseguida con su mano de agua toda esa memoria de lances y caminos que se entrecruzan, y dejará lisa la playa como una tablilla impoluta de cera dispuesta a ser usada como si fuese la primera vez.

    [El cuaderno de viaje de Avellana]