Categoría: Ficciones y prosas

  • El destino en Milagán

    El río Aynn desemboca en el mar a través de las tierras llanas de Yakipur, lo que hace que la corriente, ancha y lenta, se divida en multitud de brazos que acaban formando el delta del Aynn. En este laberinto de agua se encuentra la ciudad de Milagán, que tiene el último embarcadero del río, aunque en él solo atracan lanchas, barcas y chalanas grandes de fondo plano.

    Milagán es una antigua ciudad de casas de madera. Del mismo muelle sale una calle que la cruza por la mitad hasta el barrio que llaman de los Curtidores, una nervadura de callejas cada vez más estrechas ocupadas sobre todo por algunos talleres, pequeños comercios y prostitutas. En uno de esos callejones atiende la señora Mandelbrot, la adivina, echadora de cartas y quiromántica, al final de una escalera tortuosa a la que se llega después de doblar el último recodo de una serie de pasillos que se apilan y bifurcan en medio de crujidos de vigas y solados polvorientos.

    La señora Mandelbrot recibe al viajero de frente, sentada a solas en el centro de una habitación; le toma la mano con delicadeza y se inclina sobre ella para seguir con la vista sobre la maraña de las líneas de la palma el itinerario que lo ha traído hasta aquí, y entonces le relata un destino fantasioso solo por darle gusto, porque lo que ella ha visto en lo hondo del cerebro del viajero es una explosión de flores lógicas que se ramifican y se abren por delante de él según la forma de un fractal eterno.

  • Pescador

    Me llama Blaise en un comentario «marin en terre», pero la verdad es que me queda grande. Para empezar, yo me mareo como un perro.

    Aunque no es la primera vez; en mi barrio, con diecisiete o dieciocho años, solían confundirme con un pescador: alguno de mi edad que debía de parecérseme tanto como para que sus conocidos se dirigiesen a mí en plena calle, o para que insistieran en invitarme en los bares. Acabé acostumbrándome, y respondía con mucha soltura. Me hacía gracia. Una vez engañé a unas muchachitas preciosas, pero por nada a cambio; solo porque me dio pena desilusionarlas.

    No sabía quién era el otro o qué aspecto tenía. Tampoco hice mucho por resolver el misterio, porque me imaginaba que acabaría cruzándomelo por el barrio, que no era tan grande. Pero nunca lo vi. O sí; igual nos miramos un día en medio de la calle y fuimos los únicos en no reconocernos.

    A partir de entonces, los dos habremos trabajado de madrugada hasta el alba y pasado mucho tiempo fuera de casa; los dos habremos tenido en algún momento a una novia muy lejos. Por lo demás, él se habrá llevado la incertidumbre, el frío, el olor del gasóleo, el carácter supersticioso y la costumbre del silencio. Yo los libros y la lengua, las dioptrías, los autocares nocturnos, las historias tejidas de palabras y esta otra red. No sé. Me gustaría encontrármelo un día. Le preguntaría si ha valido la pena.

  • Marina II

    Nací junto al mar, y él me prendió entonces con un sedal muy largo. Me fui. Cuando él quiera, cobrará el hilo, y yo desharé todo lo andado.

  • Marina

    Nada más triste que esas ciudades de las que ha huido el mar. Te enseñan un cantil derruido y te dicen: «Mira, eso era el muelle». O «en ese hierro amarraban los barcos». O te señalan la línea antigua de la orilla, que ahora es un rastro calizo. A veces se ven costillares de barcos sobre el polvo; otras veces los esqueletos son más melancólicos, como paseos embaldosados, barandillas o faroles despintados.

    Qué decirles. Sólo puedes desviar la vista hacia el suelo y agitar pesadamente la cabeza. Pobre ciudad, destinada al olvido.

  • Una elección

    En una parada del metro suben un padre y una hija y vienen a colocarse a mi lado. Él es alto, joven todavía, con traje oscuro y portafolios de piel, un aire un poco estirado. La niña tendrá como siete u ocho años, y encima del uniforme del colegio lleva un abrigo azul marino muy formal.

    Son las ocho y pico de la mañana y el vagón está atestado de gente recién levantada, camino de sus ocupaciones. El padre y la niña van hablando, y yo no les presto atención hasta que veo que la niña le muestra a su padre unos caramelitos de colores en la palma de su mano. Eleva un poco la mano para que los cuatro caramelos queden bien a la vista del padre. «Escoge uno —le dice. Pero él se queda quieto, de modo que la niña insiste—: Anda, escoge». «Da igual —responde el padre—; dame uno». La niña tiene muy abierta la mano, con la palma casi convexa. Entonces habla con una voz repentinamente seria: «Decide. Tienes que escoger uno de los colores». Y mira hacia arriba, directamente a los ojos del padre. El vagón se detiene en una parada; se acallan los murmullos de la gente. Amarillo, verde, rosa, morado. «Coge uno —pienso yo—. Cógelo». El padre, muy despacio, se mueve por fin y toma uno de los caramelos. «Ese has escogido. Muy bien», dice serena, con todo aplomo. Y es como si otra voz hablase por la voz de la niña. Pero he aquí que ella se sonríe, la sonrisa le alumbra toda la cara —tiene ocho años—, la escena se deshace y el vagón arranca de nuevo.

  • Niebla, Fantasma, Ítaca,

    Resaca, Lorena, Pigargo, Gabiola, Habana, Coqueta, La Zorra, Carmina, Roñoso, Ramales, Noroest, Raquero, Nubero: barcas y barcos amarrados al muelle un día gris de Nochebuena.

  • Flaquea la fe del narrador

    En esta fotografía están juntos, de pie, en un prado del norte de España, empinado y muy verde, delante de una ermita o una pequeña iglesia románica. Los dos son jóvenes. La luz del sol sale intensa y fresca, de modo que debe de ser por la mañana temprano, en invierno. Él está señalando con la barbilla hacia un punto que queda fuera de la foto. Deja ver un cuello poderoso y blanco, aunque por lo demás es de esqueleto frágil, y alto. Ella también es alta, pero de aire más terrestre. Gravita más. A la luz de la mañana parece aún más pálida que el hombre. Lleva el pelo, entre castaño y rubio, atado en una cola de caballo, y viste una camiseta malva y unos vaqueros. Tiene un rostro inocente y severo y es hermosa. Mientras él apunta con su gesto, ella está a su lado, inclinándose hacia el suelo como para recoger algo, pero sin soltar la cintura del hombre.

    Por su actitud se nota que hay más gente cerca, además del que tomó la foto. Deben de estar celebrando alguna ocurrencia. Ya he dicho que son jóvenes.

    Estoy al tanto de lo que les sucedió a los dos después de aquel momento, más allá de la foto; cómo continúa su historia y dónde se encuentra cada uno ahora. Pero prefiero no contarla, dejar sin animación esta imagen fija. Porque un relato traza una línea entre una situación de partida y una de llegada; y los ojos del que lo escucha siguen con la mirada la trayectoria entre los dos puntos y sacan sus conclusiones: «Ajá. De ahí a ahí, pasando por ahí. Así ha sido». Y en cambio hoy he meditado que quizá el presente es accidental e informe y que nosotros le buscamos las causas para no trastornarnos. Que ocurren cosas, imparcialmente, como si un viento de galerna dispersara las vidas y las llevase a cualquier parte. Que nada conecta lo que estos dos son hoy con lo que aquel día fueron.

    Volvamos a la foto. Mirémosla de nuevo. Quizá, si hay un sentido, se halla dentro.

  • Post

    Por el borde de una llanura blanca pasa un camino. Al borde del camino hay un coche parado y con las puertas abiertas; un hombre tapado con gorro y con guantes saca del maletero una caja de cartón por la que asoman algunos trastos y una gran bolsa de plástico. Luego el hombre da la espalda al coche y echa a andar cruzando la nieve. Al cabo de un rato, se detiene, posa la caja y saca de ella una estaca de madera. La clava en el suelo, le ata un cordel de bramante y de nuevo echa andar, soltando cuerda. Al cabo de 25 o 30 metros se para a clavar otra estaca, y después repite otras dos veces la operación hasta que ha definido un gran rectángulo sobre el plano del paisaje. Hecho esto, el hombre abre la bolsa, que está llena de una especie de letras grandes de plástico negro —como de algún juego de niños—, y se dedica a dispersarlas metódicamente, como si sembrara. Con el ejercicio está empezando a sudar, y de su boca sale un vaho espeso. Le viene a la cabeza la etimología de la palabra bustrófedon, un modo de escritura que los griegos llamaron así porque les recordaba los surcos que dibuja una yunta de bueyes al arar un campo. Cuando por fin ha terminado, se detiene un rato, de pie en la esquina inferior derecha, a contemplar su obra, un cuadrado blanquinegro y pisoteado en medio de la vasta planicie blanca. Desde el cielo parece un párrafo. Finalmente, saca de la caja una pelota brillante y negra y la encaja sobre la nieve, en su punto exacto.

  • Lo que falta

    He escrito aquí sobre el verano, sobre las plantas y sobre la gente que viaja en los trenes. He hablado de muchachas, de las propiedades de la materia, de relieves mesopotámicos y de playas. He mezclado recuerdos, patos, invenciones, neutrinos, avisos, discos duros, magia, zoológicos, tribunales y mareas. He reflexionado de muchos modos sobre la escritura.

    El amor está detrás de cada una de esas letras.

  • Una aclaración

    No es, como tantos apresurados piensan, que el Blog Celestial de la Contemplación Perfecta esté abandonado. Ni mucho menos. Se actualiza. Un post nuevo cada 120 años.