Categoría: Ficciones y prosas

  • El tren

    En este barrio en blanco y negro de casas despintadas, encajonado entre las vías y el muelle del carbón, has vivido hasta ahora, en este avaro recorte del mundo, hasta el día que, por fin, te subes a un tren y te marchas. La vía sigue a lo largo de la costa —playas amplias, un resplandor de sol, la promesa del mar abierto allá a lo lejos—; pero enseguida vira hacia el interior, cruza unos túneles, sube las montañas. Al otro lado, en la llanura, se suceden los paisajes novedosos. Durante el viaje —a ratos monótono— trabas conversación con otros pasajeros. Una noche te despierta el silencio. El tren está quieto. Vuelves a dormirte; te despiertas; el tren lleva parado demasiado tiempo. Despunta el amanecer pálido tras la ventanilla. El lugar es desvaído, llano, seco. Cuando te despejas del espesor del sueño, comprendes que no has viajado en el espacio sino en el tiempo. La ciudad que dejaste ha quedado atrás; no es posible volver. No hay vía, no hay túnel que te devuelva a ella. Aquella ciudad de los recuerdos —la espuma de las olas, la lluvia fina, el vaho en los cristales, la sopa caldosa, una niña de blanco, el malecón donde se aherrumbran los vagones— se ha perdido para siempre. Esto que tienes delante, este lugar desconocido donde ha venido a acabar la vía, es lo que hay. Así que coges tu equipaje y te bajas del tren. Por detrás de un repecho se ven unas casas. Echas a andar.

     

    Es Nochevieja. Se oye llegar el año nuevo. Subamos; iremos donde vaya.

    Feliz año. ¡Buen viaje!

  • Luces de noviembre II

    Los crepúsculos de otoño pasan por encima, un día, y otro, y otro día, como las olas llegan a la orilla. Al pie de los árboles, las hojas caídas forman un redondel de luz dorada que los ilumina desde abajo. Florece el crisantemo. Brillan los colores como el fuego en una cueva. Amarillos, ocres, rojos encendidos, granates, azafranes, cárdenos, violetas. La naturaleza desciende a su sueño de invierno, parecido a una muerte pasajera. Cada cosa muere con su propio color, como si pudiese escogerlo.

     

    En las bodas siempre hay algún fantasma, porque entre que la boda se convoca y que finalmente se realiza, pues algunas personas fallecen y tienen que asistir de ese modo. En las épocas de desgracias se llegaba a colocar una mesa de fantasmas al fondo de la habitación, más allá de la mesa de los amigos y la de los niños.

     

    Es costumbre que los padres les den a sus hijos un papelito secreto doblado en cuatro con una escritura misteriosa que no pueden leer hasta la edad adulta. Al cabo de los años, cuando por fin lo desdoblan, ven que el papel trae la letra de las canciones tristes que sus padres cantaban.

    Hubiera sido mejor un hechizo, la fórmula de un ungüento, en qué rincón del jardín había que excavar exactamente; pero está prohibido por las leyes, a fin de evitar que uno saque una ventaja injusta sobre el hijo de otros. En cambio, la ley considera lícito el consuelo.

     

    El pájaro del tiempo se ha posado sobre un párrafo. Hay que quedarse quieto, callado, pensando.

     

    En caso de tristeza, romper el cristal. Y a través del cristal, en el vagón del metro, se ve lo que parece un pequeño instrumento de música de metal y plástico pintado de rojo. Debo aguantarme la curiosidad de romper el cristal porque, la verdad, no estoy triste.

     

    Por la tarde, la luz amarilla empapa el árbol que hay detrás de mi casa. Pienso: «Ojalá pudiese beber esa luz». Pero las personas no podemos absorber directamente la luz; tenemos que hacerlo a traves de un poema.

     

    A veces me entra nostalgia del presente, por decirlo así. Es una repentina fragilidad temerosa, como el vértigo en sueños, y el dolor de estar mirando desde un punto donde no existirá nada de esto. Y la grandísima ternura por el instante, por este aire, las hojas, esta luz en la ventana, todas estas cosas.

     

    [Luces de noviembre]

  • El último viento del verano

    Una mañana calmada sopló el aire y las hojas abarquilladas del cerezo susurraron con un suavísimo entrechocar leñoso, claclaclaclacla, porque habían empezado a secarse. Sentí en ese instante que veía al tiempo mismo, vivo, como en un mito arcaico se entrevé a un dios en un claro del bosque.

    Llevo un mes y medio intentando hablar del final del verano y el comienzo de este otoño, pero no he podido pasar adelante. Se me ocurre que si supiese decir algo definitivo sobre la entrada del otoño sería como decir algo definitivo sobre mi vida; y de eso no soy capaz. Es más: empiezo a pensar que no me es dable decir nada trascendental. Nada que no esté ya en las cosas.

    En otoño la naturaleza juega al juego de morirse. Nosotros, en cambio, no lo jugamos bien. Llevamos mucho tiempo sobre la tierra pero aún no hemos aprendido a resucitar.

    Alguien coloca sobre una mesa una semilla, cinco clases de pétalos, un guijarro, caracolas, cuatro letras de plomo de una imprenta antigua, una piedrecita de almizcle, todo esparcido sobre la mesa. Lo miras. Al cabo de un rato, renuncias a encontrarle sentido. Entonces la otra persona levanta sus ojos a los tuyos y te mira con la desilusión de un niño. «Es un tesoro maravilloso», dices de pronto.

    El último viento del verano hace temblar las velas en el palacio de la muerte.

  • La magia inversa

    La antropología recoge con abundancia ejemplos de culturas que practican esa magia que llaman homeopática, basada en la noción de que lo semejante produce lo semejante. Acciones que buscan un efecto análogo en la naturaleza, en el destino, en otra gente: atravesar la figura del ciervo con una flecha antes de salir de caza; empapar una rama para provocar la lluvia; encender una hoguera para que el sol alumbre; copular sobre los campos; regar el suelo con leche o vino.

    Pero de entre todos los pueblos de la tierra, solo con los fresios la magia imitativa funciona a la inversa. Las acciones del mundo los cambian a ellos. La marea los eleva o los apoca; el viento entre la hierba les agita los recuerdos; se irritan y se arrullan por la época del celo de los tigres. Los niños nacen siempre en primavera.

    Si en la casa entran moscas, se vuelven discutidores y tercos; si de mañana se vacía el cubo de la basura, el dueño de la casa se estriñe. Cuando sus sábanas estén tendidas en la cuerda, parlanchines, te abrirán su corazón con alegría.

    Tras cinco años de obras, la nueva escuela se inaugura como hotel balneario, que reabre como criadero de peces, como estupa budista, como taller de vidrio, quién sabe, según la influencia a distancia de la lluvia en las montañas, la luna, las hormigas negras.

    Cuando los mirlos cantan, ellos cantan; cuando brillan las luciérnagas, ellos brillan. En la estación de las grandes migraciones, hay que atarlos a los árboles del bosque, junto a la orilla.

  • Noche de verano en la ciudad

    En verano, esta enorme ciudad despoblada tiene el aire de un sueño. Las calles vacías, el viento caliente, los semáforos a solas que se abren y se cierran. Así, es fácil ver aquello que no está, como si el espacio que dejan los cuerpos viniesen a ocuparlo los espíritus.

    A mí se me aparece mucho el fantasma de lo que nunca llegó a ser. Vuelve, incordia, me estorba el sueño.

    De noche, a lo lejos, se ven relámpagos sin ruido, quizá fuegos de fiestas lejanas.

     

    Una noche, de madrugada, yo seguía despierto en la azotea, y en lo alto la luna de agosto. Entonces, por primera vez en muchos días fatigosos, se levantó un viento fresco que atravesó la casa. En el silencio, en la ciudad dormida, me llegó el viento de la noche, agradecido en la piel, iluminado por la luna. Las puertas y las ventanas estaban todas abiertas.

    Antes de escribirlo, el poema ha ocurrido.

     

    El poema es la sombra de otra cosa. De cómo es una cosa en el cielo de las cosas, por así decirlo.

  • La belleza

    El ocaso por detrás de la montaña, la montaña en el espejo del lago.

    Cede el calor del día. Unos patos lentísimos trazan estelas rojas en el agua de plata. Cruzan nadando de parte a parte, despacio como el tiempo.

    La tarde de verano se consume hasta el púrpura.

    Quizá yo, alguna tarde tranquila, oyendo una música, o recordando unos versos antiguos, o comparando las formas distintas de las espigas, inocente, descuidado del tiempo, haya dibujado sobre el espejo del mundo una estela perfecta de felicidad moral, visible durante un rato desde un punto situado un poco más alto, como ocurre ahora.

    No sé si eso me justificaría. Al mundo sí. La belleza del mundo vale la pena.

  • Al final de la primavera

    Siguiendo las indicaciones que cada vez nos alejaban más de la autovía, acabamos en una pequeña gasolinera en Tierra de Campos. Después de repostar, aparcamos a espaldas del edificio para comer un bocadillo sentados en el coche, con las puertas abiertas, en silencio.

    Volví adentro a preguntar si había café. Lo hay, pero tiene que hacértelo el empleado. Era un señor amable y sosegado, con un suave acento sureño, andaluz o sudamericano. Me dice que esa máquina hace un café estupendo, mejor que el de muchos bares. Hablamos de café, que en la mayoría de los sitios no es muy bueno. Me cuenta que una vez trabajó en un hotel y que los clientes se quejaban del café; pero resultó que el problema estaba en el molinillo, que molía mal. Me apunto ese pequeño conocimiento.

    Vuelvo al coche con mis dos vasos de cartón. No veo a A., que debe de estar en el baño. Ahí mismo, tras la línea de avena silvestre que bordea la gasolinera, comienzan los sembrados verdecidos. Hace sol; corre la brisa primaveral. La avena silvestre, crecida, esbelta, se mece a contraluz. Hay árboles frondosos alineados junto al río, nubes, amapolas, un par de silos de cereal, el vuelo de los pájaros. Nada estorba la vista del cielo.

    Me dan ganas de volver adentro y preguntarle a este hombre cómo ha venido a acabar aquí. Aquí en mitad de Castilla. Si está a gusto.

    Pero no lo hago, claro. Esas cosas no las hace uno.

  • Mayo

    Granos, cáscaras, vilanos, pelusas pegajosas y leves, sámaras volanderas, estos días hay semillas de árboles por los rincones, en los charcos, bajo las suelas. Y sin embargo, de entre toda esa barredura se acabará alzando el tamaño de un árbol.

    *

    Todas las tardes levanto la vista y navego
    en la luz de mayo
    allá arriba, en el mar de los pájaros

    *

    Cada día, bajo la luz rojiza, veo que la tarde madura como un fruto. Y, como un fruto, no sé en qué momento llega a su color perfecto. Un poco más oscuro, un poco más rojo. Así hasta la noche.

     

    El cerezo lleva ahí veinte años, más o menos. Este año ha dado seis cerezas. Perfectas, dulces, rojas y redondas, como el corazón frutal de un ángel pequeño.

     

    Ahora que caigo, ese cerezo y este blog deben de tener los mismos años. ¡Si yo hiciese un día un post como una cereza!

     

    Me entero de que hay algo llamado red de niebla. Quizá sirva para atrapar almas que se separan del cuerpo durante el sueño.

    ***

    Una desconocida le pide que la arrope porque tiene frío.

    Me encuentro esto en un periódico:

    En vez de los desconocidos que antes veía a todas horas en su casa, en las últimas semanas lo que Carmen se encuentra a menudo son «chiquillos o una mujer que por las noches me dice que la arrope porque tiene frío. Pero ya no les tengo miedo, sé que son alucinaciones que tengo por la enfermedad».

    Eso le ocurre a esta mujer por las noches, en su casa.

    Es imposible imaginar la extensión de la experiencia humana. Debería haber un altarcillo en cada casa dedicado a la vida de los otros.

     

    [Red de niebla:
    https://es.wikipedia.org/wiki/Red_de_niebla]
    [«La neuróloga que quiere sacar del olvido la demencia más desconocida». El Mundo, 15 de abril de 2024
    https://www.elmundo.es/…/a454f8b45a7.html]

  • El libro

    Llevaban dos semanas saliendo cuando compró el libro, escribió siete palabras con sangre en el margen de una página par, lo envolvió siete veces en papel de arroz y se lo regaló sin más, porque la felicidad no necesita motivos y entonces no había en la tierra una felicidad mayor. Antes de diez días habían roto y el libro se quedó sin abrir sobre una mesilla, como otra promesa incumplida. Vinieron otros libros, mudanzas, la vida esperada, la vida inesperada. Las siete palabras pasaron años en la oscuridad hasta que un día la página se abrió a la luz y el encantamiento atravesó como una lanza súbita el corazón al que se había destinado. Pero no lo destruyó de amor, porque ahora el aire estaba quieto, olía a ropa limpia y en el silencio no se oía a los pájaros ni se veían las crestas blancas de las olas a lo largo de la orilla, sino unos montes verdes de contornos suaves que se difuminaban a lo lejos. Y ahora el tiempo de la posibilidad quedaba atrás; ahora todo el tiempo era acto. Por eso el conjuro abrió una herida efímera, como una ventana batida por el viento, por la que entraron unos ojos alegres, audaces y dementes, la luz de aquellos días y un vértigo terrible que parecía provenir de otra vida.

  • Notas de febrero

    De cerca, el estornino es una joya. Y la bandada es infinita. Estorninos o estrellas, qué asombro del mundo esa multiplicación incontable de la belleza.

     

    Gotas de agua, viento, pétalos, granos de arena. Hojas de hierba, amaneceres. La belleza se nos da con derroche de números.

     

    Tras cada noche de luna llena, al despertar vamos a ver qué nos ha dejado la marea.

     

    La ciencia descubre una mañana de hace un millón de años atrapada en una gota de ámbar.

     

    Los dinosaurios perdieron la guerra y ahora son pájaros.

     

    La reina de las hormigas tiene un espejo de mano donde las cosas grandes se ven en un tamaño adecuado.

    La reina de las hormigas recuerda el nombre de todos sus hijos.

     

    He rescatado un disco duro que llevaba tiempo averiado. He leído anotaciones viejas; me han visitado sueños antiguos. Por ejemplo, soñé con una plaza y unas calles que eran mitad Castilla, mitad Venecia. Soplaba una cellisca cada vez más fuerte que blanqueaba la piedra. Todas las ventanas cerradas, ni un alma. Una ciudad limpia, vacía, geométrica.

     

    Un día apunté que me había encontrado en el trastero un libro del bachillerato, con dibujos, fechas, versos, otro nombre junto al mío. Este febrero he recuperado la anotación. Algún día perderé y recobraré este párrafo y del hecho verdadero irá quedando, con cada recuerdo y cada copia, una voluta de humo que sube hacia cielo y se disipa, más tenue y pura, la sola sensación de la vida.