Categoría: Ficciones y prosas

  • Luz al final del invierno

    Veo volver a los mirlos, la savia en las ramas, el nuevo resplandor de la estación, esas cosas sobre las que he escrito estos mismos días otros años. Y me da la sensación de que un viento claro agitase las letras y una luz matinal alumbrara los párrafos; como si esta página tuviese techo y ventanas y se hubiera hecho en ella el final del invierno.

    *

    Durante unos meses, en el salón no entra directamente el sol porque no alcanza a sobrepasar el tejado de enfrente. Una mañana cae sobre el suelo un rayo de luz; amarilla, pálida, tímida, límpida luz que precede a la primera luz, como un calostro.

    *

    Una vez, en el tren, vi una mujer que con su mano derecha cosía el guante de su mano izquierda. Tendría unos cuarenta y tantos años. Llevaba puesto un guante de lana beis y lo iba cosiendo con concentración para evitar el traqueteo del tren.

    Toda escritura tiene algo de eso, me parece a mí: una mano cosiendo a la otra.

    *

    Miro mi vida —me miro a mí— y no puedo decir que vea unidad, sino continuidad. Semejante al que viaja por una carretera, los paisajes y los incidentes se suceden sin ilación alguna; solo la carretera que sigue y sigue y, quizá, un mismo punto de vista.

    *

    Si se hace adecuadamente, toda repetición es una consagración. Por eso mis pequeños ritos.

    *

    La divulgación científica consiste en expresar en términos simples cierto discurso que en su formulación original resulta inaprensible. Así que algo como una divulgación poética no se concibe, ya que expresar un poema en términos simples equivale a deshacerlo.

    Deducción: la literatura es aquello que se pierde en la paráfrasis.

    *

    El este y la primavera; el sur y el verano; el oeste y el otoño; el norte y el invierno.

    (Esa enumeración maravillosa la he sacado de aquí: «Hay varias lámparas tradicionales de piedra por todo el jardín. La más grande de todas contiene los doce animales del zodiaco y representa el calendario antiguo japonés. Si nos fijamos, veremos que el conejito representa el este y la primavera; el caballo representa el sur y el verano; el gallo representa el oeste y el otoño; y el ratón representa el norte y el invierno»).

    *

    No es una condición de la belleza pertenecer a lo real.

  • Consecuencias y causas

    Irene está en la azotea de su casa, acodada en el antepecho, este día de invierno, a la hora del crepúsculo. El cielo ha virado a rojo y negro, tan temprano. Una paloma torcaz se balancea en la copa de un olmo a un par de metros de ella. En cuanto Irene dé una voz, la paloma va a asustarse y a levantar el vuelo, y el revoloteo alborotará un nido de cotorras argentinas. La barahúnda de las cotorras espabilará abajo en la calle al chico absorto de la pastelería, que se acordará por fin de una llamada que tenía pendiente. El señor que entra a recoger una tarta de cumpleaños para su sobrina debe esperar dos minutos a que el muchacho cuelgue, con lo que el bus se le escapa por muy poco y tiene que parar un taxi, que sube doscientos metros, gira a la izquierda por la calle Nombrelas y casi atropella a un gato negro, que se escurre en el último instante. Ahí en medio de la acera lo ve Raúl, que para no cruzarse con un gato negro decide meterse en el mismo bar que tiene al lado. Irene lo conoce, a este Raúl: coincidieron en una oficina siendo becarios y se cayeron bien. Si se encuentran en ese bar, se acabarán liando y con el tiempo tendrán una hija que se llamará Marina y un niño que se llamará Daniel. Harán viajes en vacaciones y discutirán y se traerán recuerdos que cuando ellos no estén ya no tendrán sentido.

    Pero para que todo esto ocurra, Irene tiene que gritarle a la paloma ahora mismo, ya. La paloma cimbrea su rama, cachazudamente.

    «¡Eh!», grita Irene. Se da media vuelta, cierra la puerta de la azotea y baja las escaleras sin prisa, cada paso una consecuencia y una causa.

  • Vuelta a casa

    El tren se para. En el silencio de Castilla, unas casucas solitarias apoyan su espalda contra las vías. No me importaría vivir aquí, en la inmensa soledad, siempre que puntualmente, cada medianoche, el estruendo terrible del tren me recordase las multitudes, las luces de las ciudades que han de brillar lejos.

    *

    Un mirlo le susurra a Eumeno que son las cuatro de la tarde. Son las cuatro de la tarde. Entonces es verdad, aunque el mirlo no haya existido.

    *

    Un día sin nada me enteré de que existía la calle del Montón de Trigo. Y la del Limón Verde. Y ya no fue un día sin nada.

    *

    «Intervalo claro, o intervalo lúcido: Espacio de tiempo en que quienes han perdido el juicio dan muestras de cordura» (DLE).

    *

    A algunos el mundo se les revela a través de los números. A otros por medio de las formas geométricas, el amor, la construcción, la música. Eumeno se pregunta por qué Dios le habla a través de los guijarros o de los pájaros.

    *

    No hay magia en el mercado de la magia de Bandán. En las tiendas de seda, a la luz de las lámparas, las cabezas se agachan sobre las mesas de trabajo. La mujer que destila la pócima del sueño lunar calcula en una balanza electrónica la proporción de los ingredientes. El maldecidor engarza en una oración el nombre del maldito como el orífice encaja una piedra en una ajorca de oro. El capnomante lleva una mascarilla blanca para no aspirar sus propios humos, que hacen figuras en el aire. Solo se oye un tintineo de herramientas y la conversación sosegada de los compradores.

    Si a alguien le diese por perturbar esa tranquilidad con alguna intemperancia demoníaca, con algún fervor, lo sacarían del mercado como a un loco. No recurre a la magia quien tiene una técnica; y, sobre todo, no se fabrica magia con magia, como no se fabrica acero con acero, oro con oro.

    La magia sucede después. Fuera del mercado, en el mundo incierto. No aquí, donde se precisa toda la fría atención, la laboriosa cordura y la paciencia para quebrar las leyes de la física y torcer el destino que ya está forjado.

    *

    Al final del año, desde el punto más hondo de la luz de invierno, ¿en qué pienso? En los veranos que vendrán, y en merecerlos.

    Feliz año.

  • La otra vida

    En Luciena, pueblo de pescadores, los niños vienen al mundo llenos de recuerdos. El recién nacido abre los ojos con una especie de estupor triste, como despierto de un sueño abrigado. Quién sabe de qué mansiones y jardines de su vida anterior acaba de descender a este pobre lugar ignoto.

    La región es fría y seca la mayor parte del año, una costa quebrada de playas pedregosas peinadas incesantemente por un viento salobre. La vegetación es rala y baja; el tiempo, desapacible y tornadizo, lo que hace muy peligroso el oficio de la pesca.

    El niño crece jugando entre las barcas. Silba canciones de pescadores, persigue a los gatos, dibuja su nombre en una hoja. Se queda mirando a las mujeres que arreglan las redes y les oye contar la historia del pájaro de oro. Aprende que le gustan el té amargo y los cangrejos. Tiene dos camisas, una azul marino y otra blanca. Los recuerdos de su vida anterior se alejan, desdibujados: delante de él se presenta el verano, un perro blanco, el vino, una cometa, su propio hijo con los ojos muy abiertos, el camino de grava que lleva a su casa. Todas estas imágenes se van impresionando en su cabeza, hasta que un día, no mucho antes de morir, ya le queda sola esta vida de aquí, la que vive ahora, la única que le importa.

  • Ajedrez (variaciones)

    Un ajedrez cuyas treinta y dos piezas son perfectamente blancas.

    Un ajedrez cuyas treinta y dos piezas son una gradación de color de hojas de otoño: amarillo, verde, castaño, cárdeno, cobrizo, oliva, rojo, trigueño, ocre, pardo, dorado, granate.

    Un ajedrez cuyas piezas son trozos de madera que pasaron mucho tiempo en el agua y la marea fue dejando en la orilla.

    Un ajedrez cuyas piezas son sueños: un rey soñado, una reina soñada, ocho peones soñados…

    Un ajedrez en el que la dama blanca es una cierva.

    Un ajedrez con una pieza envenenada.

    Un ajedrez cuyas piezas son recuerdos.

    Un ajedrez abandonado cuyas piezas no están porque han muerto.

    Un ajedrez de piezas carnales que están revueltas en el centro del tablero, amándose.

    Un ajedrez cuyas piezas sospechan de los jugadores.

    Un ajedrez cuyas piezas son pájaros, números primos y música.

    Un ajedrez cuyas piezas no creen en la existencia del ajedrez.

    Un ajedrez que se juega moviendo estrellas.

    Un ajedrez con un jugador de marfil y otro de obsidiana.

  • Nochevieja

    Creo que empiezo a entender más sencillamente lo que intentaba decir. Que en verdad la esperanza es irracional; pero la desesperación también.

    *

    Otra vez estoy en este espigón, a finales de año, sentado frente al mar. Como si fuese una costumbre.

    Es la hora de comer y hay algo de sol y un viento muy frío. Veo pájaros marinos, nubes de lluvia, la silueta desvanecida de los montes, pequeñas obras humanas, un álamo invernal, unas pocas hojas secas sobre la arena gruesa, pozas que dejó la pleamar, rocas y piedras cubiertas de verdín. El viento sacude el agua de tal modo que todo el mar por delante es blanco de espuma.

    *

    Un día de diciembre se aparece la Virgen en una estación de trenes de largo recorrido y enuncia el principio de Pascal: que la presión ejercida sobre un líquido se transmite a todos los puntos del líquido y con igual intensidad.

    «¿Y?». Pasado el primer estupor, vendría la desilusión, el nihilismo, la amargura, el sarcasmo.

    Que se aparezca la Virgen es muy poco; querrían que viniese diciendo algo grande.

    *

    Qué más da entonces lo que el mundo sea, cuando el mundo es.

    *

    Me gustaría saber componer un libro de poemitas muy cortos, fulgurantes, solo para poner en él cosas escogidas, incluso si no las hubiera visto nunca. Puñados de nieve, olas de espuma frías, musgo, escarcha, las huellas de un pajarito blanquinegro, gotas de agua. Un libro recién hecho, fresco como la luz del día. Lo escribiría tan bien que se sobrepondría a su propia inocencia y lo daría de regalo con esas cosas dentro.

     

    Feliz año

  • La ciudad inmutable

    En la ciudad pequeña donde crecí la gente no se maneja por la ciudad tal como es, sino como debería ser. «He visto a tu hermana por la cuesta donde estaba el Diario», dicen, o «he aparcado detrás de lo que era el Instituto»; o hablan de direcciones postales hace tiempo perdidas: la acera del Correo, la calle del Martillo. Ven la ciudad como quedó cristalizada un día, preservada del tiempo y de la lluvia: la ciudad verdadera, con respecto a la cual esta de ahí es un accidente, una contingencia que se monta y se derruye al buen tuntún, como una construcción de niños.

    Cierran la estación de la Continental y pasa a servir de garaje; luego ponen un cine, un supermercado; después, durante años, es un solar cubierto de cascotes donde crecen los abrojos; por último levantan una torre de oficinas blanqueadas, en la ciudad terrestre. Pero en la ciudad sin tiempo la estación persiste como una trama de líneas puras, con las cocheras donde resuenan los motores y el eco de las llamadas a los viajeros y las despedidas. Y así los astilleros de Bajamar, los arenales, la esquina del bar Casablanca, los antiguos parques.

    Cada generación habita su propia ciudad ideal. Con los años, más partes de la ciudad se convierten en una luz cristalina, según los viejos van muriendo, de modo que la ciudad es más elevada y pura y vive en ella menos gente. Cuando alcanza la transparencia absoluta, hace mucho que por sus calles limpias ya no camina nadie.

  • Lo bello

    En el entresueño de la fiebre, la mañana de Navidad, imagino un viajero que visita un país y luego pasa al país vecino, y después a otro, y a otro, y no encuentra nada que no le desagrade, pieles de mal color, naturalezas desmirriadas, costumbres ruines, comida maloliente, un husmo general de depravación y segunda mano. Por último el viajero desembarca en un país que le alivia, cuyos habitantes parecen hermosos y se entregan a tareas bellas.

    El contento le dura poco, sin embargo: cuando entiende que no hay razón detrás de esta gracia, es decir, que la hermosura le es a esta gente tan impremeditada, tan fortuita, como el dinero a un jovencillo de buena familia. En este país son bellos sin porqué, son vacuos.

    Entonces me despabilo algo —la luz del sol entra por las cortinas la mañana de Navidad— y me pongo a pensar que uno en realidad no busca la belleza, sino su fuente, y de ahí que la belleza lo deje a uno siempre insatisfecho. La posesión de algo bello lo pone a uno junto a lo bello. Pero no es eso; lo que uno quiere es estar en la belleza, conocer la raíz de su diferencia, vivir en lo correcto, ser lo bueno.

    Me incorporo, apunto lo que he pensado, y al cabo de unos días las palabras conservan algo de sentido, ya sin fiebre.

    [El camino]

  • De viaje

    Mañana me voy de viaje. Veré un mar desconocido y lugares que eran nombres. Tengo curiosidad; quizá me encuentre algo que aprender o quizá solo otra apariencia de las mismas cosas comunes.

    También veré esta casa desde lejos, los libros suspendidos en mitad de un párrafo, una llamada por devolver, los papeles con anotaciones, la persiana que debo reparar, una conversación a medias.

    Ojalá me traiga algo nuevo, y que perdure.

  • Una cuestión de carácter

    Empiece lo que empiece (la teoría literaria, el bricolaje, la curiosidad por los números primos, un viaje en metro al extrarradio) todas mis meditaciones acaban siendo metafísicas, lo cual es como decir que acaban siendo nada. Se ve que para algunas personas el carácter es un laberinto.