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  • Tutas

    Recuerdo que mi abuelo fabricaba con mucha dedicación unas cosas que él llamaba tutas a partir de corchos de botella. Son esas pequeñas boyas que a veces se ponen en el sedal de una caña de pescar por encima de los plomos, y que flotan en el agua en el punto donde está sumergido el anzuelo. Cogía un corcho y lo iba tallando hasta acercarse a la figura que buscaba, y entonces se ponía a lijarlo con todo cuidado, zas, zas, zas, hasta que la tuta alcanzaba su forma canónica (había unas cuantas: en forma de peonza, en forma de esfera, y así). Luego les pintaba círculos concéntricos de colores vivos: verde claro, rojo, blanco. Yo lo miraba y sentía mucho respeto por todo este trabajo y su procedimiento, como si estuviéramos los dos en el taller de un luthier.

    Todo esto le llevaba un tiempo terrible, y —lo que ahora sé— mayormente no servía para nada. Es verdad que a mi abuelo le gustaba pescar, en verano; pero no era eso, porque había fabricado tutas como para pescar la eternidad entera. Ahora pienso en ello, al cabo del tiempo.

    Evocarlo por la escritura no me ha ayudado a saber más. Sólo he retratado con paciencia a mi abuelo haciendo sus tutas, con su precisión de anciano, el cigarrillo consumido en el cenicero, respirando pausadamente por la nariz. Sólo he querido dar forma letra a letra y dejar a solas bajo la luz, austera, la imagen de la tuta colorida entre sus manos remotas.

  • Lo que no tuve

    ¿Dónde está mi corazón?
    Al cabo de estos años, yo pregunto:
    ¿Dónde está mi corazón?
    Mi corazón está
    —qué raro saberlo—
    en las cosas que no tuve.
    Qué raro saberlo.
  • El don

    Yo sé que lo reconoceré en cuanto lo vea. Tengo esa capacidad. Es el don que se me ha dado, como una estrella en la frente.

  • La vida es un zoo II

    LAS PERSONAS CONsCIENTES DE SU RESPONSABILIDAD NO COMEN NADA QUE TENGA OJOS.

    Los míos han visto esa afirmación en el metro, en un cartel publicitario, impresa en letras de un palmo sobre una hilera de rostros de animales pintados con un agradable naturalismo levemente humanizado; unos rostros detallados y francos que tranquilamente podrían afiliarnos a una mutua sanitaria u operarnos del riñón. Esos animales eran dignos de confianza. Seguro que no ellos no ingerirían nada que tuviese ojos, bajo ningún concepto. Y a ti ni se te ocurriría comértelos: sería como comerse un abogado sin pelarle el traje. No resultan apetitosos.

    Me temo que no soy una persona consciente de mi responsabilidad. Alquien se ha gastado un dineral en propaganda para informarme de ello. Bueno, es de agradecer; aunque creo que yo ya no estaba a la altura, sin necesidad de escrutar mi dieta. En fin; imagino que esto será una agravante.

  • Recuerda

    Reparas con temor en que aún no has guardado, de modo que todos tus desvelos del día están prendidos de un hilo en la memoria del ordenador, como pájaros sobre un cable, y un leve soplo magnético, el roce de una tecla, podrían borrarlos para siempre. Aunque el disco duro es quizá peor, porque allí tu tarea de años descansa en sendas invisibles y particiones efímeras; y bastaría una acometida de corriente, por ejemplo, para que se esfumaran tus proyectos, las cadenas de ideas que ordenaste bien, los líneas compuestas con belleza, tu respiración dada forma.

    No hay nada que temer; piensa que, a fin de cuentas, llevas encima bastante más que eso cuando paseas por un bosque, o a doscientos kilómetros por hora o por encima del mar, guardado en su cajita de carne: un mero golpe seco y breve, un corte fino, un error sucesivo de copia de una proteína y adiós para siempre a las mañanas de la infancia, los rostros y las voces de los que se han ido, cierta tarde de sol en la playa, el nombre de una marca de chicles, el olor exacto de aquel otro aliento.

    Conviene escalonar con inteligencia las preocupaciones. Y confiar en el hardware.

  • Motivos de queja

    El azar ya no es lo que era.

  • Imagina

    Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, hantrubio y domingo.

  • El que solía

    El mendigo que guitarrea un bolero en mitad del vagón del metro es un príncipe amnésico. Lo más triste no es que haya olvidado su linaje, sino haber perdido juntamente la memoria de su soberbia destreza de músico.

    Platón diría que ese hombre es metáfora de todos nosotros. A mí, que no soy platónico, a veces me da por pensar que es metáfora de mí mismo.

  • Mariángeles

    Hoy me ha escrito M.ª de los Ángeles. He llegado a casa del trabajo y me he encontrado en el buzón una carta suya. Tiene sólo veinte años, y veo que es del signo del cangrejo, como yo. Se ha confundido y me ha mandado a mi nombre su currículum. A mí, a esta dirección. Pone, en letras redondas: «García Avellana, Director de Recursos Humanos».
    Me dice que ha ido al colegio y luego al instituto, aunque lo dejó pronto; después se ha metido en una academia del barrio a aprender corte y confección y patronaje. Ha cuidado niños. Ahora tiene sólo veinte años. Eso es todo.

    Yo no soy director ni soy nada, pero quizá a fin de cuentas la carta no se haya equivocado tanto, porque yo lo entiendo, Mariángeles, yo lo leo todo. Todo, todo; todas esas cosas que no has podido escribir en el papel, Mariángeles, yo las sé. Bendita seas, trabajadora, dondequiera que te encuentres. Que la vida te cuide.

  • La hierbadiosa o mería

    Los marineros y la gente del puerto de esta ciudad aseguran que quien sabe encaminar sus preguntas acaba encontrando algún vendedor de hierbadiosa, o mería, con la que se hace una infusión muy deseable. No resulta especialmente aromática, y a la vista tiene un aspecto aguanoso y del todo común. Quien la toma nota pronto un calor repentino e intenso en los pies, el rostro y las manos, y a continuación una sacudida brutal de placer en su sexo que dura más o menos tiempo según la virtud de la yerba, pero que en todo caso supera al del coito. Dicen además que la sensación es algo distinta, aunque no se aclara de qué modo. El hombre o la mujer que la toma queda descoyuntado por el placer, y de nada recibe más gusto entonces que de permanecer largo rato en el mismo sitio, reposando.

    A partir de los relatos, no es fácil formarse una idea acerca de su precio. Quienes reconocen haberla probado, mientras lo cuentan, recuerdan para sí y sonríen, como aquel que está iniciado en un secreto.