Una vez, en un capricho de su melancolía, un rey joven mandó construir unos jardines inolvidables que fuesen imagen de la vida, alrededor de un lago de aguas profundas. Aquí y allá dispuso algunas islas de felicidad o de placer en consonancia con su idea del mundo por aquella época; pero, por lo demás, diseñó orillas elegantes y tristes, canales solitarios cruzados por barcas lentas, puentes inútiles y arcos esbeltos sobre los que crecían las enramadas, y soltó peces y pájaros que estaba prohibido atrapar.
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Los bibliotecarios
Los hisios, horda de nómadas, desconocen el mar y la escritura. Cuando entraron a caballo desde la estepa, hallaron un reino vacío, desolado seguramente por la plaga. No se veía un solo ser humano. Las palomas anidaban en las hornacinas; el ganado suelto pacía por los campos. Nada conmovió al khan —ni las plazas porticadas, ni las estatuas de alabastro, ni los canales navegables— como la biblioteca de palacio con su bóveda azul de estrellas de oro y las filas infinitas de libros coloridos. Comprendió de inmediato la sacralidad de aquel extraño lugar numinoso y lo dejó al cuidado de los sacerdotes, que tampoco sabían leer, pero rebosaban de intuición de lo sagrado.
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La magia inversa
La antropología recoge con abundancia ejemplos de culturas que practican esa magia que llaman homeopática, basada en la noción de que lo semejante produce lo semejante. Acciones que buscan un efecto análogo en la naturaleza, en el destino, en otra gente: atravesar la figura del ciervo con una flecha antes de salir de caza; empapar una rama para provocar la lluvia; encender una hoguera para que el sol alumbre; copular sobre los campos; regar el suelo con leche o vino.
Pero de entre todos los pueblos de la tierra, solo con los fresios la magia imitativa funciona a la inversa. Las acciones del mundo los cambian a ellos. La marea los eleva o los apoca; el viento entre la hierba les agita los recuerdos; se irritan y se arrullan por la época del celo de los tigres. Los niños nacen siempre en primavera.
Si en la casa entran moscas, se vuelven discutidores y tercos; si de mañana se vacía el cubo de la basura, el dueño de la casa se estriñe. Cuando sus sábanas estén tendidas en la cuerda, parlanchines, te abrirán su corazón con alegría.
Tras cinco años de obras, la nueva escuela se inaugura como hotel balneario, que reabre como criadero de peces, como estupa budista, como taller de vidrio, quién sabe, según la influencia a distancia de la lluvia en las montañas, la luna, las hormigas negras.
Cuando los mirlos cantan, ellos cantan; cuando brillan las luciérnagas, ellos brillan. En la estación de las grandes migraciones, hay que atarlos a los árboles del bosque, junto a la orilla.
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Notas de febrero
De cerca, el estornino es una joya. Y la bandada es infinita. Estorninos o estrellas, qué asombro del mundo esa multiplicación incontable de la belleza.
Gotas de agua, viento, pétalos, granos de arena. Hojas de hierba, amaneceres. La belleza se nos da con derroche de números.
Tras cada noche de luna llena, al despertar vamos a ver qué nos ha dejado la marea.
La ciencia descubre una mañana de hace un millón de años atrapada en una gota de ámbar.
Los dinosaurios perdieron la guerra y ahora son pájaros.
La reina de las hormigas tiene un espejo de mano donde las cosas grandes se ven en un tamaño adecuado.
La reina de las hormigas recuerda el nombre de todos sus hijos.
He rescatado un disco duro que llevaba tiempo averiado. He leído anotaciones viejas; me han visitado sueños antiguos. Por ejemplo, soñé con una plaza y unas calles que eran mitad Castilla, mitad Venecia. Soplaba una cellisca cada vez más fuerte que blanqueaba la piedra. Todas las ventanas cerradas, ni un alma. Una ciudad limpia, vacía, geométrica.
Un día apunté que me había encontrado en el trastero un libro del bachillerato, con dibujos, fechas, versos, otro nombre junto al mío. Este febrero he recuperado la anotación. Algún día perderé y recobraré este párrafo y del hecho verdadero irá quedando, con cada recuerdo y cada copia, una voluta de humo que sube hacia cielo y se disipa, más tenue y pura, la sola sensación de la vida.
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Segundo viaje a Isia
La mañana del viaje hay un sol blanco y fresco. Sin ninguna razón, a pesar de los pesares, el día parece nuevo y el pecho se agita sin motivo. Es como la esperanza, que viene de ninguna parte, cae de la nada, luce, llueve, nace del vacío.
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Al llegar, fuimos a ver los famosos caballos marinos, que entran y salen de debajo del agua para pastar en los prados junto a la orilla. El mar verdoso estaba blanco de espuma. A ratos caía una lluvia levemente salobre, mansa. No conviene aguantarla demasiado, porque esa lluvia ha cruzado el océano y se ha empapado de la soledad del mar.
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El célebre templo de Izhar puede visitarse sin problemas incluso a las horas de culto. En la explanada vendían globos hinchables con el aspecto de huevos de pájaro. Unos blancos, otros crema, azules, oliva, verde jade, con pintas, con manchas, jaspeados, elongados, pequeños, gigantes; reproducciones fieles, a escala, de huevos de alguna especie de ave. A algunas personas y a todos los niños les encantan. Aunque a los niños les gusta casi cualquier cosa extraña.
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A veces, al verlos durante el culto, uno dudaría de su devoción. Los fieles rezan, pero su oración se disuelve en un confuso bisbiseo embarazoso. El dios tiene que completar las frases con un susurro, como el apuntador de un teatro. Salen de las misas con la cabeza gacha, algo avergonzados. El dios, en ocasiones, pierde la paciencia y les envía desgracias.
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Tienen siete mares, uno para cada nota musical, una nota musical para cada color del arcoíris, un color para cada día de la semana y doce horas al día para cada acto fundamental: esperar, creer, crecer, engendrar, imaginar, juzgar, echar en el olvido. El desajuste entre 7 y 12 se soluciona con cinco semitonos (o semihoras, quizá con más propiedad), lo cual complica un poco las cosas. En algunas regiones, para llegar a 12, se añaden cinco actos: resistir, acompañar, entender, prometer y cantar a solas.
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Una madre le pasa a su hijo una maldición en la letra de una nana. En la misma familia, desde hace generaciones, sin saberlo.
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Se dice que el tarot isio es un antecedente de esos naipes que llaman cristal. Algunas cartas del tarot isio se le hacen muy curiosas al forastero: la visita del niño triste, la fiesta de los resucitados, los cangrejos luminosos.
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La ciencia aún no sabe que los árboles son seres sociales, que alejados de otros lo pasan mal. ¡Ay esos arboles erguidos en medio de la llanura! Su orgullo es pura apariencia.
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En el tren de vuelta a casa viajaba una pareja de viejecitos de pueblo, como sacados de una España más antigua. Una vieja y un viejo chiquitos, tapones, liantes, ruidosos. Llevaban consigo a una muchacha. No llegué a saber qué le pasaba; tenía alguna minusvalía grave. Ellos la trataban como a una niña, a una muñeca. Desde mi asiento le veía las manos. Blancas, delicadas, de dedos elegantes, tiernas.
Hace años, si alguien hubiese contemplado mi destino con piedad y ternura, me habría irritado mucho. Pero creo que ya soy lo bastante mayor; creo que ahora me sentiría agradecido.
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Ya en casa, ayer, oí cantar a un mirlo. El primero de la nueva estación. Así es la esperanza, como digo: lo que viene de ninguna parte.
[Vino un pájaro y dijo
https://avellana.neunoi.com/2023/10/vino-un-pajaro-y-dijo.html
La Noche de Verano
https://avellana.neunoi.com/2005/08/la-noche-de-verano.html] -
Diciembre
Todavía quedan hojas de otoño. El sol de invierno las enciende al trasluz con un resplandor amarillo, como ascuas. Cuando vi nacer esas hojas, en primavera, cuando apuntaban, cuando se desplegaban, verdes tiernas, arrugadas como gasas, yo no comprendía que aquello tan pequeño sería algo tan grande que duraría tanto, que me alimentaría hasta en su destrucción, en su final, incluso en su ausencia.
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En diciembre están derruidos los palacios de los pájaros.
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De mi primera a mi última casa —entre donde nací y donde vivo ahora— hay una vía de tren, larga como media España, digamos. La he recorrido muchos años. A veces me imagino que me hubiese salido de la vía, llegado hasta cualquier punto del horizonte y quedado allí, sentado en una piedra, debajo de un árbol, o en alguna casa. Y si la vida hubiese estado ahí a lo lejos, al otro lado de las ventanillas, a la vista, mientras yo iba y venía, sumido en otras cosas que no eran la vida.
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Se fueron las hormigas. Las puertas de sus casas están abiertas. Las camas deshechas, puestos los manteles. Las contraventanas baten al viento. Un vasito de plástico rueda por el suelo. En un tendal, olvidados, minúsculos calcetines de hormiga. Las macetas están secas. Más allá, sus campos mustios, vacíos, y el rojo sol de invierno. Se fueron las hormigas.
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La naturaleza última de la materia es muy difícil de estudiar porque a esa escala tan pequeña no existen los números.
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Quizá algún día celebremos el nacimiento de la inteligencia artificial como el día que dejamos de estar solos.
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Escribir directamente sobre la arena para ahorrarle trabajo al tiempo.
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El año se acaba bajo la luna menguante. La noche es fría y clara. La miro y querría volverme hacia adentro, a pedirles calor a las cosas pequeñas.
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El año se acaba y empieza otro. Quizá esta vez todo sea distinto; quizá todo se repita igual.
Feliz año.
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La música
Oír mejor es una larga ascesis. Los practicantes de la escucha absoluta suben de noche a lo alto de la montaña, entre el mayor silencio posible, donde titilan las estrellas en el aire frío.
Las estrellas generan un ronroneo grave, el engranaje del universo. Por encima de ese bajo continuo pasan notas más ligeras, más claras. Un púlsar, quizá un cometa errante o el tintineo de una luna, quién sabe.
El que se adiestra en escuchar de noche a las estrellas acaba oyendo esa música. Algunos entenderán que la música es un mensaje. Se equivocan. Hay que aprender que en este mundo todo mensaje es en el fondo una música.
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Vino un pájaro y dijo
Vino un pájaro y dijo: «Estos son los últimos días del verano». Y en efecto, llegaron, días de sol como sacados de un recuerdo. Los vi pasar despacio, con su luz en mis manos.
Hace solo tres semanas y parece muy lejos.
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El viaje a Isia comienza como tantos otros, en un tren a través de Castilla. Allá al fondo del paisaje, las tejas y los muros de adobe de un pueblo que he visto mil veces y que solo es un nombre. Si ahora pita el tren y los del pueblo levantan la mirada hacia acá, a mí me verán como un punto en su horizonte. Y seré yo lo que esté al fondo.
Ni siquiera esta inmensa llanura clara que se funde a lo lejos con el cielo es un lienzo en blanco para trazar las líneas de una biografía. Las vidas se apilan, las trayectorias de la gente van y vienen; el mundo está tramado, enteramente escrito.
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En Isia los textos se fabrican a partir de una veta que se excava del fondo de la noche. Se sacan frases cortas en bruto, terrones coloridos que hay que deshacer, cerner y lavar. Digamos siembran las esperanzas al comienzo de la estación; peces secos, azules; en la sombra de la luz de las estrellas; la anticipación de su propio nombre; al borde de la casa de las flores; hasta donde llega el naranja, frases así. Una vez procesada, separada y fundida, esta materia se hila en frases comprensibles y se teje en párrafos y en textos. Se espera que al final sobreviva algo de aquella inocencia cruda del material original.
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Esas piedrecitas traslúcidas de cristal pulido que devuelve la marea, en otro universo son semillas. Si aquí se plantan en un rincón del jardín y se riegan con agua salada, allí crecen unos árboles esbeltos que dan unas drupas casi trasparentes de sabor fuerte, pero muy agradables.
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Es tan complejo su calendario que los sacerdotes tienen que interpretarlo cada madrugada, escudriñando el cielo y los signos. Los isios se enteran por la radio de qué día es hoy mientras toman el café del desayuno o se lavan los dientes.
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Igualmente, la mensajería de nubes requiere un largo arte y es tediosa. El sacerdote escribe el mensaje en la corteza balsámica de un cedro y la quema; el humo asciende e impregna una nube que pasa. Quinientas leguas después, un sacerdote en Isia ve llegar la nube, saca su diccionario, interpreta los grises, los blancos algodonosos, y escribe.
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Todo el mundo conoce a alguien que se curó oyendo el canto de un verdecillo o de un jilguero.
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Miran al extranjero con curiosidad, cómo tiene piernas, brazos, codos, la cabeza encima de los hombros. Les maravilla que se dé tan buena maña en hacer de persona normal con todas las partes en su sitio, cuando él es un forastero. Como un gato dirigiendo una orquesta o un niño disfrazado de adulto.
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La vuelta del viaje a Isia, como de tantos otros, es una vuelta a pensar sobre la vida.
Lo que quiera que sea el sentido debe estar al alcance de los pájaros.
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La afasia
En un pueblo rodeado de trigales, un día a principios de marzo comienzan a faltar las palabras. Los que van a hablar se detienen en medio de una frase corriente, tropiezan, tartajean, farfullan, enmudecen. Cuando descubren que lo mismo les ocurre a todos, salen corriendo hacia el silo de las palabras, que está a las afueras, junto al río.
La puerta yace en el suelo, derribada por un golpe desmedido, con los candados aún colgando de la madera astillada. Dentro, por el suelo, quedan esparcidas algunas palabras pequeñas: farrapo, migaja, chirivín; poco más. El silo está vacío.
Así no se puede vivir. Al día siguiente, por señas, deciden formar una cuadrilla y salir a buscar sus palabras. Cada cierto trecho encuentran algunas, tiradas aquí y allá, que han debido de caerse del botín. También se cruzan con árboles tronchados, con rescoldos de fuegos recientes. Se miran. Estaba claro que había sido el dragón.
La vieja bestia codiciosa. Espían el palacio en ruinas que le sirve de guarida hasta convencerse de que no está dentro. Entran de puntillas. Lo que descubren es un tesoro de palabras apiladas y desparramadas por los salones de altos techos. Algunas relumbran como estrellas. Las suyas están junto a la entrada, recién descargadas, amontonadas encima de otras. Las recogen a paletadas, ensacando a espetaperro, temerosos del dragón.
De vuelta en el pueblo, ya a salvo, se celebra en la plaza un concejo abierto que dura dieciséis horas. Todo el mundo pide hablar y se explaya con espacio, bien a su placer. La conversación prende en corros. Es una logorrea exuberante. Embriagados de oratoria, saborean las nuevas palabras extrañas que se han traído mezcladas con las suyas. Algunas arcaicas, otras enjoyadas, caprichosas, o absurdamente precisas, o rarezas de idiomas remotos, invenciones. En los siglos venideros, la lengua de este pueblo será el asombro de la filología.
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Entrar en el paraíso
Durante años, muchas noches me iba a la cama diciendo: «Ojalá sea esta noche y venga otro sueño como aquellos», porque algunas mañanas me había despertado transfigurado por sueños extraordinarios, tiempo atrás. Pero nunca volvieron; ni una sola vez conseguí convocar o propiciar un sueño.
Este primero de enero hubiera querido soñar que sacábamos hielo puro y agua de un pozo en la tierra y los bebíamos. Y con el agua que quedaba en una palangana nos lavábamos la cara y nos frotábamos los ojos, que se aclaraban, se agrandaban y veían hasta más allá de los límites de este tiempo. Veían promesas y bellezas como paisajes en la distancia, y no temíamos nada.
Me gustan las canciones con una estrofa de prólogo. Me gusta cuando Annette Hanshaw dice «That’s all!» al final de las canciones. Me gusta la espuma del café, las guirnaldas de luces, los versos octosílabos. Me gustan casi todas las cervezas, hasta las malas.
Me gustan los recuerdos de la gente mayor. Hablan, y lo que importa es lo que hay detrás de los ojos; esa mirada que va hacia adentro, esa mirada ida, que no está en la misma habitación que los presentes, como si mirase a la mismísima verdad de la existencia.
Me gusta la noche de Reyes. Me gusta el recuerdo adulto de la noche de Reyes. Me gustan las estrellas. Me gustarían las estrellas y sus nombres aunque no existiesen, aunque se las hubiese inventado una tradición o un poeta legendario.
Me gustan cosas que existen y cosas que no existen. Y luego están las cosas que me gustarían aunque no existieran (el matiz es importante). También están las cosas que antes no me gustaban tanto y ahora sí (la arquitectura de hormigón, el vino tinto, los últimos cuartetos de Beethoven). Las cosas que no sé que me gustan. Las cosas que acabarán gustándome algún día.
Unos arqueólogos descubren el palacio enigmático de una civilización perdida. Sus paredes les hablan con una voz despaciosa y amable, porque esa virtud supieron darles sus constructores, en la cima de su oficio.
Pero lo que aquellos arquitectos no podían saber es que con el paso de los siglos el ser humano habría perdido el oído para ese rango de frecuencias en el que las paredes hablan. Los arqueólogos se devanan los sesos, recorren las galerías, conjeturan. Mientras, las paredes gritan. Ellos están sordos.
A las tres de la mañana de la noche de Reyes me fui a dormir. Pasé por delante de la ventana. Todo estaba Iluminado por la luna. El cielo limpio, sin nubes, lleno de estrellas. Hacía frío. Pensé que el mundo estaba bien.
Escribe Michaux: «No, sí, no. Sí, claro, me quejo. Incluso el agua suspira al caer».
Entrar en el paraíso es muy difícil, todo el mundo lo dice. Si no has llevado una vida perfecta, desde la misma cancela de entrada caes al purgatorio. Allí te preparas para el examen de vuelta. Estudias varios meses una flor, para empezar. Te acostumbras a los martes. Oyes llorar a un niño 29 días seguidos sin impaciencia. Ves caer los aguaceros sobre las grandes llanuras del purgatorio. Aceptas los cuentos incompletos. Te gusta nadar en el mar frío. Llegas hasta los límites de la gramática, allá donde se difumina en páramos neblinosos. Escuchas a las hojas sin contradecirlas. Sabes llevar la cuenta de las olas. Te duermes y te despiertas canturreando canciones desconocidas. Te haces a todo y estás de lo más bien. No te presentas al examen para el paraíso; ni te acuerdas.
[Henri Michaux, Poemas escogidos, Visor. La traducción es de Julia Escobar.]
