Categoría: Viajes

  • Víspera de difuntos

    Pasado cierto punto de mi vida, los proyectos son indistinguibles de los vestigios.

    En un llano, unos pilares de hormigón se levantan a varias alturas, desparejos, en medio de un solar delimitado por unos muretes de ladrillo desnudo. A cierta distancia, no se distingue si el edificio que se esboza es una obra o una ruina.

    Algo así.

    *

    El día del cambio de hora amaneció oscuro. Llovió. Se acabó de apagar, tan breve. Delante de mis ojos entró la noche. «Dónde se ha ido la luz de otros días», apunté.

    *

    Lo apunté, como dice este verso prodigioso, «no con tristeza, sino con asombro»:

    Oh, amor mío, ¿dónde están ellos, adónde han ido?
    El destello de una mano, la línea de un movimiento,
    el susurro de los guijarros.
    Pregunto no con tristeza, sino con asombro.

    De Czesław Miłosz, de Encuentro.

    *

    Dentro de unos meses volverá la luz, aunque es extraño imaginarlo. Y yo vendré y lo contaré con palabras asombradas que serán como nuevas.

    *

    Parecería que un mundo se acaba. Sin embargo, el mundo se ha acabado tantas veces. Imaginad un bizantino en la caída de Constantinopla, el último día de una ciudad de mil años. Un refugiado en París cuando por los arrabales entraba el ejército nazi.

    *

    Siempre se llega,
    pero a otra parte.

    (Roberto Juarroz).

    *

    Cada vez que una persona muere, el mundo se acaba. Pero el mundo resucita después; un mundo nuevo como no podían imaginar los muertos.

    *

    Me toca deshacer una bufanda para aprovechar la lana, que A. va volviendo suavemente al ovillo. Hasta que un punto se atasca. «Ten cuidado, que ahí hay una mentira». Se llama mentira un punto mal dado que el tejido disimula. Qué metáfora de la vida.

    *

    He empezado un libro de Marcel Schwob, La cruzada de los niños. Escribe, por ejemplo: «Unas voces blancas nos llamaron en mitad de la noche. Llamaban a todos los niños. Eran como las voces de los pájaros muertos durante el invierno».

    Por qué he pospuesto tantos años leerme cada letra que escribió Schwob. No me entiendo.

    *

    Sostienen ciertos eruditos bíblicos que Dios puso sobre el mundo varios animales innecesarios, e incluso desaconsejables, desmañados, incompletos, solo por simetría. Por impulsivo amor al equilibrio.

    *

    Se solía esparcir millo o alpiste sobre las tumbas
    Para alimentar a los muertos que volvían disfrazados de pájaros.

    Miłosz, otra vez. Dedicatoria.

    *

    Ciertamente, muchas veces hablamos por hablar. Aunque cabe decir en nuestro descargo que es difícil soportar tanta polisemia del silencio.

    *

    A veces me parece
    que estamos en el centro de la fiesta.
    Sin embargo
    en el centro de la fiesta no hay nadie.
    En el centro de la fiesta está el vacío.

    Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.

    (Roberto Juarroz)

    [«A veces me parece» es de Poesía vertical XII (n.º 21):
    http://www.paginadepoesia.com.ar/escritos_pdf/juarroz_poesiavertical.pdf
    La otra cita de Juarroz es de «Buscar una cosa… », en el mismo libro (n.º 15).
    Encuentro y Dedicatoria, de Czesław Miłosz, están aquí:
    https://www.zendalibros.com/5-poemas-de-czeslaw-milosz/
    Las versiones son de Rafael Díaz Borbón.
    El encuentro vía https://tinyurl.com/yxcf7v34.
    Marcel Schwob, La cruzada de los niños, ed. Reino de Cordelia. La traducción es de Luis Alberto de Cuenca.]

  • Todavía

    Soñé que me despertaba demasiado tarde de la siesta. En el sueño me perdía algo muy importante. Iba a la ventana y quedaban apenas unas extrañas luces violetas en el cielo oscuro. Me entristecí, con la pesada tristeza de los sueños.

    Me desperté a la realidad y eran las cinco y pico de la tarde y la luz amarilla de agosto alegraba la casa. Al rato, mientras trasteaba en la cocina, se me ocurrió que solo había ganado un aplazamiento. Que llegaría y pasaría el ocaso igualmente. «Sí, pero ahora es todavía», pensé.

    Eso que estoy escribiendo, el todavía, no se puede escribir. Solo vivirse.

    *

    Este hombre se toma una ola como algo personal.

    Y sí, así es. Últimamente me sucede a diario. La luz que se retira, estas hojas que brotaron y ahora decaen, las personas que hacen cosas sencillas a mi alrededor. No sé cómo, lo pequeño me concierne. Todo eso es mío. Lo miro con cariño y cuidado, como si esa duración viva, lo que veo vivir, fuese una vela encendida.

    A ver si lo digo mejor: lo que veo vivir también es mi vida.

    *

    He vuelto a la montaña y en la oscuridad he vuelto a oír el viento entre los árboles. Me sigue sobrecogiendo. Es la mísmísima voz del mundo. Y qué dice. Eso es fácil: se dice.

    *

    El verde soleado de los pinos cubre el paisaje a mi alrededor, por el valle, sobre los montes. La tarde está quieta. Ese preciso color mediterráneo bajo una luz antigua, como pudo verlo Homero.

    No, antigua no. Perpetua.

    *

    Allá en el mar, en la ciudad en que nací, la terca destrucción acaba trayendo la belleza. Las tempestades invernales y el viento salitroso corroen las labores de las autoridades. El abandono y las mareas abaten las fatuidades de los hombres entre la arena. La herrumbre iguala los metales. Los niños pintan sobre los carteles. Toda vanidad termina hermosamente derruida.

    La ciudad al final se cura.

    *

    De lejos, casi todo es mejor. Menos el bien. El bien es lo que no mejora con la distancia.

    *

    Se puede hacer poesía hoy con el mismo barro que usó Homero: agua, carne, aurora, sangre, barcos, resplandor, metal, el mar oscuro. O se puede hacer con materiales nuevos: cristal, estrella, pájaro, grillo, rumor, papel, metralla, la minuciosa lluvia, la ballena. Porque el poema no son sus cosas; es un espacio donde se ponen las cosas.

    *

    Si un día de abril, a las ocho de la tarde, yo viese el cielo iluminado como ahora, sería feliz; pero estamos a finales de agosto y yo sé adónde va.

    Algunos ratos salgo a tomar el sol por la mañana, sin embargo. El viento agita las sombras de las hojas y remece la luz dorada y verde través de mis párpados cerrados.

    *

    Siempre he pensado que Dios escribía con pájaros, pero puede que tambien escriba con salamanquesas, con lagartijas. En el suelo, en un lienzo de pared. Una mañana vi una en la playa, dejando un rastro en la arena.

    *

    Durante mucho tiempo, en los años malos, mi fantasía escapista fue volver a mi ciudad y sencillamente tener un barco. Un barco pequeño, para ir a la playa, nadar un rato, dar vueltas por la bahía (mantener un barco pequeño es más barato de lo que parece).

    Ya no será así; ya no va a haber un barco. Pero de aquello me ha quedado el juego de buscarle un nombre, que, en mi pensamiento, complendiaba todo lo que en el mundo hay de mejor.

    Todavía. Ese va a ser el nombre de mi barco, mi lema, mi testarudez, mi plan de vida, mi esperanza.

  • Junio

    En los descampados, los tallos se curvan bajo el peso de la espiga, exactos como arcos matemáticos. E incluso un pajarillo de huesos de espuma podría venir a posarse encima: así de delicado es el cálculo del mundo.

    Detrás de ese hecho hay otro hecho casi invisible —una especie de sombra metafísica sobre el suelo—: la extraña felicidad con que yo lo veo.

    *

    Lo que en un universo es una manzana, en otro universo es un siete, en otro universo una espiral. O no, claro. Pero me basta con saber que la ciencia no lo prohíbe.

    *

    El primer día de verano una mujer vuelve a la playa. Se mete en el mar dormido y el mar se despierta porque recuerda su olor.

    *

    Hace unos días anoté, con cierta escueta ingenuidad: «Lo que ahora he entendido es que el ser es una experiencia, no un conocimiento».

    *

    Y esta frase de un ensayo de Steiner sobre Borges: «los grandes vientos cuyo soplo viene del corazón de las cosas».

    *

    Y este verso de Ernesto Cardenal: «cuando las gasolineras sean ruinas románticas».

    *

    El entendimiento de que uno existe le es a uno tan útil como a un hambriento el recuerdo de haber comido. Ser a solas no es ser. Por eso cada contacto verdadero con lo otro es una celebración.

    *

    Es el mes de junio. La luz de la tarde templada permanece en el cielo; sin embargo, en el gabinete de la bruja hay un fuego encendido de leña de brezo.

    Tiempo atrás descubrió un libro olvidado y en él la receta de una poción taumatúrgica definitiva. Tanteó con paciencia el orden de los ingredientes, las medidas, la fecha y la hora, el temperamento de los espíritus, la disposición de las estrellas, sin resultado. Así gastó el soberbio talento de sus últimos años.

    La bruja ya ve a la muerte —dice ella— como unos acantilados oscuros a los que se acerca desde el mar. Desde dentro de la cama, arropada, oye a su sobrina, que se detiene en el umbral de la casa. Le da una voz para que entre. La niña, de doce años, se sienta en una silla de enea con las manos juntas sobre el regazo. La bruja le explica que, a partir de ahora, bruja será su oficio; esos calderos, esas redomas, estos frascos de colores espléndidos serán suyos.

    La niña se levanta, abrumada pero curiosa. Pone los ojos en el libro, que está abierto por la primera página de la receta, y lee en alto:

    cenizas frescas de madera,
    hojas de laurel mezcladas con limón y nieve sucia,
    el corazón de un pájaro.

    Según la voz de plata de la niña va siguiendo la lista, una luz sobrehumana enciende la habitación:

    … semillas de espino albar,
    el primer nombre tallado en el barro,
    corteza de olivo,
    fuego de libros antiguos,
    tres gotas de sangre bajo la luna.

    «Un conjuro». La bruja sonríe en su cama. La luz espléndida le atraviesa los párpados cerrados. «Así que eso era. No había nada que hacer; solo decirlo».

     

    [Steiner, Cardenal]

  • La torre

    Por miedo a un antiguo oráculo, el hijo del rey ha crecido solo, confinado en lo más alto de la torre que se levanta junto a la inmensa explanada de la plaza de armas. Alrededor del palacio se extiende el laberinto y alrededor del laberinto los célebres jardines. La voz de un preceptor que le habla desde detrás de un muro es la única presencia humana en la vida del príncipe.

    Siempre hay alguien abajo en la plaza, bajo el sol tumultuoso y en la quietud de la noche. Pero el príncipe apenas puede verla: el único ventanal lo ciega un sistema movedizo de celosías superpuestas que se entrecruzan para ocultar la mayor parte de la vista. A través de los huecos ajedrezados, el príncipe distingue aquí a un alabardero de la guardia, allí a los malabaristas, al vendedor de naranjas, a algunos súbditos que vienen y van a los asuntos de palacio, al aguador, el puesto de los adivinos o el pico de una montaña difuminada en la bruma azul, muy a lo lejos; cada cosa enmarcada en su rombo de luz, separada de las otras por los listones negros. Tampoco le llegan las voces.

    Desconoce el aspecto de la plaza, que para él es el mundo. La concibe majestuosa, conforme al rico orden de la vida. Al cabo de los años, ha dado en creer que las figuras que ve componen un sentido en un idioma de símbolos que él no puede comprender por culpa del estorbo de las celosías. Intenta conjugar las figuras en su orden correcto: los amigos que se encuentran, el doctor sobre un mulo, la riña de gatos, el letrero despintado, la lluvia, el contador de cuentos. El preceptor invisible siempre responde generosamente a la curiosidad del príncipe, excepto si se le pregunta por las celosías o la plaza, en cuyo caso solo hay silencio.

    Por fin, al final de un día como cualquier otro, la voz del preceptor anuncia antes de retirarse que con la primera luz de la mañana las celosías desaparecerán y ya nunca nada estorbará la vista. Esa noche, cuando consigue dormir, el príncipe se hunde en una pesadilla monstruosa. En su sueño el ventanal se abre a un espacio infinito; pero esa vertiginosa indefinición resulta aborrecible. En la plaza ciclópea, una muchedumbre incontable de personas deformes, animales y aparejos se entremezcla en un caos goliardesco, enloquecido.

    El alba delicada empieza a traspasar el ventanal desnudo. En el último soplo del sueño, el príncipe oye una voz de mujer que le dice: «Las celosías eran una gramática del mundo, como sospechabas. Ahora el lenguaje ha desaparecido. Pero el sentido sigue».

    Jamás ha oído una voz de mujer; he aquí el milagro. Cuando la luz le entreabre los párpados, a punto de despertar a su nueva vida, el príncipe piensa que suena como agua cayendo de un cántaro.

  • Cartas

    Cuando yo era niño, antes de internet, la mensajería o los teléfonos móviles, para escribir a una persona que estaba lejos había que poner las palabras sobre un papel, esto es, dibujar con tinta mediante las propias manos cuidadosas los trazos de las letras de ojales amplios, procurando que emanasen legibilidad, predisposición estética y educación. Después el papel se doblaba en cuatro, se metía en un sobre y se entregaba a un hombre vestido de gris con estas o parecidas razones: señor, le ruego a usted que traslade esta carta a tal persona en la que he puesto mis ojos y mis altas esperanzas, que vive en Madrid, en tal casa de ladrillo antiguo cerca de un parque. Para asegurarse de que el hombre no las echase en olvido se anotaban esas mismas señas —redactadas en un tono más formal— por la parte exterior del sobre.

    El hombre de gris no estaba en disposición de ir a Madrid personalmente, pero dejaba el sobre al cuidado de otro, como él, de gris, encareciéndole que cumpliese la petición del remitente de la carta. Y este hombre le traspasaba la misión a otro, y este al siguiente, ya que todos juntos constituían una cofradía, los carteros, que se tomaba con profunda seriedad su cometido. Y de mano de mano y de tren en tren y de saca en saca, a caballo y bajo la nieve, el papel humedecido por el bochorno de la tarde que una voluntad trémula había escrito un día de verano al borde del mar cruzaba España camino de Madrid, salvando encerronas, ataques rabiosos de los lobos, derrumbes de túneles ferroviarios, ventiscas, guerras, asperezas, soledades y el encanto de una maga que como un espejismo del ser confunde dos años largos a un cartero perdido en las proximidades de Gumiel de Izán. Llegaba a Madrid dentro de su sobre arrugado, chamuscado, maltratado, asendereado, el papel donde el remitente por ejemplo decía: es mucho el amor que siento por usted; en las hojas temblonas de los tilos perduran los ecos de aquella última tarde y no se ha desvanecido la luz de las linternas de papel en la enramada; mi señora tía le manda todo su afecto; la silueta de los pájaros forma signos en el cielo del crepúsculo como si fuesen presagios; no veo el momento de poner mis ojos en los suyos, dulzura de mi corazón, sol de mi vida. El sobre se rasgaba, se desplegaba como un ave blanca de papel en las manos de la destinataria y exhalaba una niebla de paseos junto al mar, un olor de salitre, un viento húmedo que agrandaba el corazón en el pecho y lo inflamaba con el deseo infinito del horizonte, la turbulenta distancia y el destino, digamos. Así era escribir entonces.

  • Luces

    En las montañas del Hindukush hay cierta clase de piedras grises, vulgares, indistinguibles del cascajo de un terraplén. Alguien se lleva una de ellas a casa y durante treinta, cuarenta o cincuenta años sigue siendo una piedra. Un día improbable, quién sabe cómo ni por qué, se transfigura en una gema aristada, un cristal de estrella deslumbrante en la penumbra de la habitación.

    Muchos aldeanos del Hindukush viven en esta ilusión: guardan guijarros en los cajones de sus casas, en las estanterías, por los baúles; son personas ordenadas y se portan bien, y duermen abrazados a la imaginación de despertar un día con una riqueza maravillosa.

     

    Una vieja canción empieza: «Yo no quiero prender fuego al mundo / solo quiero encender una llama en tu corazón». Son dos versos muy sabios, pero de esa sabiduría inaparente que se revela a la larga, a veces cuando ya no sirve de nada. Por eso me he acordado de la piedra del Hindukush.

    El árbol al borde de la playa, cuyas hojas oscuras tienen el envés de plata, ahora está desnudo. Eso escribo. Como el que señala con la mano. Así que mi escritura es deficiente, ya que toda mostración lo es: falta el resto del mundo, fondo difuminado para el álamo blanco que he elegido mostrar.

    Salvo que uno señale precisamente a lo que se vale por sí para representar el mundo. Pero eso, ¿cómo saberlo? Lo más normal es que llene mi casa de piedras.

    Soy capaz de escribir sin saber porque escribo como el que prende una cerilla en la oscuridad. Yo no puedo poner luz al mundo; solo enciendo una llama para ver por dónde voy. Por fin alcanzo a expresarlo.

     

    Hay otra canción mucho más vieja. La más vieja que se conserva. Se llama El epitafio de Sícilo. La inscribió Sícilo junto a la tumba de Euterpe, su mujer, y dice así:

    Mientras vivas, brilla
    no sufras por nada en absoluto.
    La vida dura poco
    y el tiempo exige su tributo.

    En primavera, las hojas del álamo destellan bajo el viento, al borde de la playa. El invierno lo ha despojado. La bruñida lividez que precede a la noche resplandece con calma sobre el mar de mi infancia, que se ondula mansamente, como un animal tranquilo. He vuelto; estos son los días en que el tiempo acaba y comienza, y es como si flotase en aire una pregunta primordial. Yo no sé formularla. Así pues, nadie contesta.

     

    «Mientras vivas, brilla», dice la canción. Feliz año.

     

    *

     

    [I Don’t Want To Set The World On Fire
    https://www.youtube.com/watch?v=CL-j6Uzt1ww
    El epitafio de Sícilo
    https://es.wikipedia.org/wiki/Epitafio_de_S%C3%ADcilo
    Llegué a él a través de este bello artículo de Daniel Capó:
    https://theobjective.com/elsubjetivo/mientras-vivas-brilla/?_tcode=cm16cjAy]

  • Ejercicios de calentamiento

    Con las manos y los brazos golpea a la vez todas las teclas del piano: saldrá un estruendo molesto. Otra vez: pero ahora no pulses todas las teclas —solo cinco o seis—, de manera que suene un acorde extraño y meditativo que recuerda a la música de un bosque.

    En este ejemplo, la belleza aparece al callarse uno adecuadamente, por decirlo así.

    *

    Pon tu alma en lo que haces. Literalmente. En una piedra blanca pulida, por ejemplo. En un palo de madera. Con hilo y una caja de cerillas, construye un carruaje en miniatura tirado por hormigas.

    Haz tus obras y dalas. Con su trozo de alma dentro, creerás sentir lo que les pasa aunque estén lejos.

    Un día, avisas a sus dueños de que quieres acercarte a verlas. Las encuentras distintas, crecidas. Te vuelves a casa perturbado y melancólico.

    *

    Escribe poesía con mano de ángel, pero que las letras no se peguen al texto. Levísimas letras oscuras, suavemente posadas, como una semilla volandera. A cualquier temblor, un suspiro, un gesto, un soplo, se levantan, vuelan.

    Se deshace y aún no se ha compuesto: el poema existe como el fulgor de un recuerdo.

    *

    No deja de llover; la noche es fría. Mira por la ventana a la calle desolada. Piensa en los que esta noche están solos sin haberlo merecido.

    Hay un amor muy tierno, muy humano, que nace de la conciencia de la propia fragilidad.

    *

    El día es una casilla blanca; la noche que le sigue es una casilla negra.

    Entre las reglas del ajedrez no hay ninguna que permita cambiar las reglas del ajedrez. Porque, o las reglas del juego son ajenas a la voluntad del jugador, o no es un juego.

    *

    En aquel patio debería alzarse la casa de una familia que no ha existido. Los niños no llegaron a nacer; sus padres no pudieron siquiera conocerse. Observa esa característica titilación del vacío allí donde falta algo que pudo haber sido.

    Hay que entender este misterio: que, faltando tantas cosas, a la vez el mundo esté completo.

    *

    Despierta a las flores. Con cuidado.

    *

    Imagina un gato enroscado sobre tu cama, a tus espaldas. Gruñe, mueve la cabeza, se agita en sueños: subido a un alféizar de una casa de piedra, mira hipnotizado hacia el interior de la habitación, en la que hay un acuario. Entre las plantas submarinas, los guijarros y las conchas del fondo arenoso se yergue un palacio; en él, una mujer de melena roja sostiene un libro en las manos. Trata sobre las sutilezas de traducción de la novela de un asesino a punto de entrar en una habitación donde un hombre sentado imagina que imagina un gato.

    En este ejercicio hay que poner una atención exquisita. Si el asesino entra en tu habitación, si el gato despierta, si una dama pelirroja roba un caballo y huye, si un traductor pierde el interés por su oficio, desaparecerás, atrapado sin retorno en un círculo de inexistencia.

  • Migración anual de la luz

    Un viajero se acerca al final del viaje que ha ocupado la mitad de su vida. He aquí que el penúltimo tramo de su camino cruza el paraíso.

    *

    Antes de dormirme en casa de mi madre, noto que algo en mí ya descansa. A pesar de tantos años. Algo que abandona el cuidado, como si terminase una guardia.

    Es otoño. La casa de mi madre todavía está en pie.

    *

    Miro la playa, miro la luz de septiembre a mi alrededor. Y esta pequeña tristeza —esta mitigación, estos tonos amarillos— no sé si está en la luz o está en mí.

    *

    En el arte chino, los Cuatro Caballeros son las cuatro plantas que representan las estaciones del año y su comienzo. El ciruelo chino, la orquídea, el bambú y el crisantemo: el invierno, la primavera, el verano y el otoño.

    *

    La luz se va. En bandadas, hacia el horizonte. Tengo el pensamiento tan puesto en el porvenir, que estoy viviendo retrospectivamente, puede decirse.

    *

    Hay cosas que tienen fin
    y cosas que no tienen fin.

    Y yo aquí.

     

    (Mi situación en el mundo)

    *

    El recuerdo del verano no es nada al lado del olor del mar en una toalla, cuando deshago la maleta. Si tuviese un hijo, le diría: hijo, qué poco auxilian las ideas.

    *

    «El misterio del mundo es lo visible, no lo invisible». Oscar Wilde, en una carta.

    *

    Habrá otros veranos. Volverá el cielo luminoso. Volverán las voces de los niños en la luz de la tarde.

    Se encontrarán de nuevo los amigos. El embarcadero de tablas se llenará de bañistas. Habrá guirnaldas de bombillas, fuegos artificiales al acabar las fiestas. Volverá la lluvia otro martes de agosto. Habrá humedad de salitre en la penumbra de una habitación.

    Todo final es un punto cualquiera en medio del camino.

  • Historia natural

    A principios de mes pasé unos días en una casa al borde del bosque, en la montaña. En medio de la noche, soplaba una racha de viento y la fronda resonaba con un fragor terrible.

     

    El dueño de la casa les pone agua a los pájaros en un plato de barro. Ellos bajan a beber y a salpicarse, pero hoy, a la hora de costumbre, no hay agua porque el hombre se ha ido temprano al pueblo.

    El dueño de la casa está dibujado en los mapas de los pájaros.

     

    Tengo la intuición de que un orden racional no es posible en presencia de la naturaleza cruda. Dicho de otro modo: que los animales y las plantas son naturalmente fantásticos.

     

    Los árboles ven las montañas frente a las que crecen, ven las orillas del agua, ven otros árboles. No ven las nubes, las abejas; no nos ven a nosotros.

    Los árboles ven; pero ven muy despacio.

     

    Me imagino un escenario teatral con dos puertas: por una solamente se entra; por otra solamente se sale. Cada personaje entra una sola vez en escena, y cuando sale desaparece para siempre.

    Convendría no subrayar la alegoría; dejar que el público la barrunte o la comprenda.

     

    Las estrellas no saben dónde estarán mañana. Nosotros podemos calcular una trayectoria, pero ellas no.

    Las estrellas resplandecen, grandiosas, espléndidas, inocentes.

     

    El mundo todavía guarda, de recuerdo, la primera ola.

     

    Las melantemias son una familia de flores que emiten música para atraer a los insectos, como otras se sirven del olor, el color o la forma. En condiciones naturales el sonido no se percibe; es necesario instalar una campana acústica. Entonces los botánicos se detienen, fascinados por una música inhumana que mece el corazón.

    El murmullo es tan menudo, tan sosegado, que se diría que las flores canturrean para sí mismas.

     

    Los pescadores de la aldea pierden la memoria cada mañana. Por la noche se la limpian las mareas.

     

    Después de una eternidad de sol, silencio y polvo, han llegado las tormentas. Desde entonces hay una herida dulce en la médula de los días y, de madrugada, una frescura compasiva. Se acaba. Otro verano para la biblioteca de veranos antiguos.

     

    Madera de luna y velas fosforescentes, la reina de la montaña se desliza por el río. En la noche negra, preñada de estrellas.

     

    (Cuento) Una mujer espera que un beso la duerma.

  • La primavera

    Me ocurren cosas muy pequeñas que yo luego escribo con aire de milagros.

    Un gorrioncillo en el suelo lleva en el pico una pluma de otro pájaro, una pluma casi más grande que él. Hago un gesto y él se echa a volar con la pluma en el pico.

    Una día, mientras las miraba, las hojas de los árboles se sacudieron con un golpe de viento la luz de media tarde, como si saliesen chorreando de un río de luz. Me di cuenta de que ya era primavera.

    Antes vivía en las ideas, por así decirlo. Últimamente, sin embargo, en lo que tengo delante de mí. Me estoy convirtiendo en un creyente de lo obvio, parece.

    Como si hubiese cumplido sin saberlo esa frase de María Zambrano: «La realidad nos cerca y, sin embargo, hay que buscarla».

    *

    Estamos a finales de mayo. Queda un mes de crecer hacia la luz.

    *

    Siempre tengo la sensación de que cada primavera es la misma, que vuelve a presentarse. No hay primaveras antiguas en el tiempo de la primavera.

    *

    Lo que intento decir es que no se puede refutar el presente. La vida es verdad.

    *

    Vista desde el pensamiento, la realidad es magia: obra como quiere, sale de lo impensado, es desconocida, todo lo arrastra, no espera. Nuestros sabios se desmorecen por comprenderla. Nuestra vida transcurre mirando las estrellas, las corrientes y el vuelo de los pájaros.

    *

    Un día de abril —el que ardió Notre-Dame— Youtube me avisó de que en la página de El séptimo sello alguien había dejado un mensaje en memoria de Bibi Andersson, y fui a leerlo. Ya había llegado la primavera. Vi esa secuencia una vez más. Me da la impresión de que la blancura de la leche en el cuenco ilumina la cara del caballero cuando se la acerca para beber.

    El caballero me sigue rondando hoy la cabeza. Y, con él, el Cementerio del Bosque, la extraña luz del sol de medianoche, la vela que brilla en la oscuridad.

    *

    «Aun así, antes de irse, le dejó a Asplund un hermoso regalo: el regalo del tránsito alrededor de sus edificios. Porque si como dice Bruno Zevi, el espacio solo puede comprenderse recorriéndolo, el Cementerio del Bosque es uno de los espacios más delicadamente comprensibles que existen».

    La cursiva es mía.

    *

    Un hombre santo enseña a sus novicios el idioma de los dioses, que recorre el mundo. Pero la voz de los dioses se confunde con susurros, con ríos, con ruidos, con ramas. Hay que tener una fe de piedra para perseverar en el bosque hora tras hora, día tras día. La palabra de los dioses ni siquiera se oye.

     

     

     

    [La confesión: género literario. María Zambrano. Siruela, 1995.
    «El cementerio del bosque en Estocolmo: un paseo al borde de la vida». Pedro Torrijos en Jot Down
    https://www.jotdown.es/2013/04/el-cementerio-del-bosque-en-estocolmo-un-paseo-al-borde-de-la-vida/
    El séptimo sello. Tarde de verano
    https://www.youtube.com/watch?v=keKMI4FZzyg
    No quiero que este día acabe
    https://avellana.neunoi.com/2014/07/no-quiero-que-este-dia-acabe.html]