Categoría: Viajes

  • Vuelta a casa

    El tren se para. En el silencio de Castilla, unas casucas solitarias apoyan su espalda contra las vías. No me importaría vivir aquí, en la inmensa soledad, siempre que puntualmente, cada medianoche, el estruendo terrible del tren me recordase las multitudes, las luces de las ciudades que han de brillar lejos.

    *

    Un mirlo le susurra a Eumeno que son las cuatro de la tarde. Son las cuatro de la tarde. Entonces es verdad, aunque el mirlo no haya existido.

    *

    Un día sin nada me enteré de que existía la calle del Montón de Trigo. Y la del Limón Verde. Y ya no fue un día sin nada.

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    «Intervalo claro, o intervalo lúcido: Espacio de tiempo en que quienes han perdido el juicio dan muestras de cordura» (DLE).

    *

    A algunos el mundo se les revela a través de los números. A otros por medio de las formas geométricas, el amor, la construcción, la música. Eumeno se pregunta por qué Dios le habla a través de los guijarros o de los pájaros.

    *

    No hay magia en el mercado de la magia de Bandán. En las tiendas de seda, a la luz de las lámparas, las cabezas se agachan sobre las mesas de trabajo. La mujer que destila la pócima del sueño lunar calcula en una balanza electrónica la proporción de los ingredientes. El maldecidor engarza en una oración el nombre del maldito como el orífice encaja una piedra en una ajorca de oro. El capnomante lleva una mascarilla blanca para no aspirar sus propios humos, que hacen figuras en el aire. Solo se oye un tintineo de herramientas y la conversación sosegada de los compradores.

    Si a alguien le diese por perturbar esa tranquilidad con alguna intemperancia demoníaca, con algún fervor, lo sacarían del mercado como a un loco. No recurre a la magia quien tiene una técnica; y, sobre todo, no se fabrica magia con magia, como no se fabrica acero con acero, oro con oro.

    La magia sucede después. Fuera del mercado, en el mundo incierto. No aquí, donde se precisa toda la fría atención, la laboriosa cordura y la paciencia para quebrar las leyes de la física y torcer el destino que ya está forjado.

    *

    Al final del año, desde el punto más hondo de la luz de invierno, ¿en qué pienso? En los veranos que vendrán, y en merecerlos.

    Feliz año.

  • La otra vida

    En Luciena, pueblo de pescadores, los niños vienen al mundo llenos de recuerdos. El recién nacido abre los ojos con una especie de estupor triste, como despierto de un sueño abrigado. Quién sabe de qué mansiones y jardines de su vida anterior acaba de descender a este pobre lugar ignoto.

    La región es fría y seca la mayor parte del año, una costa quebrada de playas pedregosas peinadas incesantemente por un viento salobre. La vegetación es rala y baja; el tiempo, desapacible y tornadizo, lo que hace muy peligroso el oficio de la pesca.

    El niño crece jugando entre las barcas. Silba canciones de pescadores, persigue a los gatos, dibuja su nombre en una hoja. Se queda mirando a las mujeres que arreglan las redes y les oye contar la historia del pájaro de oro. Aprende que le gustan el té amargo y los cangrejos. Tiene dos camisas, una azul marino y otra blanca. Los recuerdos de su vida anterior se alejan, desdibujados: delante de él se presenta el verano, un perro blanco, el vino, una cometa, su propio hijo con los ojos muy abiertos, el camino de grava que lleva a su casa. Todas estas imágenes se van impresionando en su cabeza, hasta que un día, no mucho antes de morir, ya le queda sola esta vida de aquí, la que vive ahora, la única que le importa.

  • Ajedrez (variaciones)

    Un ajedrez cuyas treinta y dos piezas son perfectamente blancas.

    Un ajedrez cuyas treinta y dos piezas son una gradación de color de hojas de otoño: amarillo, verde, castaño, cárdeno, cobrizo, oliva, rojo, trigueño, ocre, pardo, dorado, granate.

    Un ajedrez cuyas piezas son trozos de madera que pasaron mucho tiempo en el agua y la marea fue dejando en la orilla.

    Un ajedrez cuyas piezas son sueños: un rey soñado, una reina soñada, ocho peones soñados…

    Un ajedrez en el que la dama blanca es una cierva.

    Un ajedrez con una pieza envenenada.

    Un ajedrez cuyas piezas son recuerdos.

    Un ajedrez abandonado cuyas piezas no están porque han muerto.

    Un ajedrez de piezas carnales que están revueltas en el centro del tablero, amándose.

    Un ajedrez cuyas piezas sospechan de los jugadores.

    Un ajedrez cuyas piezas son pájaros, números primos y música.

    Un ajedrez cuyas piezas no creen en la existencia del ajedrez.

    Un ajedrez que se juega moviendo estrellas.

    Un ajedrez con un jugador de marfil y otro de obsidiana.

  • Nochevieja

    Creo que empiezo a entender más sencillamente lo que intentaba decir. Que en verdad la esperanza es irracional; pero la desesperación también.

    *

    Otra vez estoy en este espigón, a finales de año, sentado frente al mar. Como si fuese una costumbre.

    Es la hora de comer y hay algo de sol y un viento muy frío. Veo pájaros marinos, nubes de lluvia, la silueta desvanecida de los montes, pequeñas obras humanas, un álamo invernal, unas pocas hojas secas sobre la arena gruesa, pozas que dejó la pleamar, rocas y piedras cubiertas de verdín. El viento sacude el agua de tal modo que todo el mar por delante es blanco de espuma.

    *

    Un día de diciembre se aparece la Virgen en una estación de trenes de largo recorrido y enuncia el principio de Pascal: que la presión ejercida sobre un líquido se transmite a todos los puntos del líquido y con igual intensidad.

    «¿Y?». Pasado el primer estupor, vendría la desilusión, el nihilismo, la amargura, el sarcasmo.

    Que se aparezca la Virgen es muy poco; querrían que viniese diciendo algo grande.

    *

    Qué más da entonces lo que el mundo sea, cuando el mundo es.

    *

    Me gustaría saber componer un libro de poemitas muy cortos, fulgurantes, solo para poner en él cosas escogidas, incluso si no las hubiera visto nunca. Puñados de nieve, olas de espuma frías, musgo, escarcha, las huellas de un pajarito blanquinegro, gotas de agua. Un libro recién hecho, fresco como la luz del día. Lo escribiría tan bien que se sobrepondría a su propia inocencia y lo daría de regalo con esas cosas dentro.

     

    Feliz año

  • La ciudad inmutable

    En la ciudad pequeña donde crecí la gente no se maneja por la ciudad tal como es, sino como debería ser. «He visto a tu hermana por la cuesta donde estaba el Diario», dicen, o «he aparcado detrás de lo que era el Instituto»; o hablan de direcciones postales hace tiempo perdidas: la acera del Correo, la calle del Martillo. Ven la ciudad como quedó cristalizada un día, preservada del tiempo y de la lluvia: la ciudad verdadera, con respecto a la cual esta de ahí es un accidente, una contingencia que se monta y se derruye al buen tuntún, como una construcción de niños.

    Cierran la estación de la Continental y pasa a servir de garaje; luego ponen un cine, un supermercado; después, durante años, es un solar cubierto de cascotes donde crecen los abrojos; por último levantan una torre de oficinas blanqueadas, en la ciudad terrestre. Pero en la ciudad sin tiempo la estación persiste como una trama de líneas puras, con las cocheras donde resuenan los motores y el eco de las llamadas a los viajeros y las despedidas. Y así los astilleros de Bajamar, los arenales, la esquina del bar Casablanca, los antiguos parques.

    Cada generación habita su propia ciudad ideal. Con los años, más partes de la ciudad se convierten en una luz cristalina, según los viejos van muriendo, de modo que la ciudad es más elevada y pura y vive en ella menos gente. Cuando alcanza la transparencia absoluta, hace mucho que por sus calles limpias ya no camina nadie.

  • Lo bello

    En el entresueño de la fiebre, la mañana de Navidad, imagino un viajero que visita un país y luego pasa al país vecino, y después a otro, y a otro, y no encuentra nada que no le desagrade, pieles de mal color, naturalezas desmirriadas, costumbres ruines, comida maloliente, un husmo general de depravación y segunda mano. Por último el viajero desembarca en un país que le alivia, cuyos habitantes parecen hermosos y se entregan a tareas bellas.

    El contento le dura poco, sin embargo: cuando entiende que no hay razón detrás de esta gracia, es decir, que la hermosura le es a esta gente tan impremeditada, tan fortuita, como el dinero a un jovencillo de buena familia. En este país son bellos sin porqué, son vacuos.

    Entonces me despabilo algo —la luz del sol entra por las cortinas la mañana de Navidad— y me pongo a pensar que uno en realidad no busca la belleza, sino su fuente, y de ahí que la belleza lo deje a uno siempre insatisfecho. La posesión de algo bello lo pone a uno junto a lo bello. Pero no es eso; lo que uno quiere es estar en la belleza, conocer la raíz de su diferencia, vivir en lo correcto, ser lo bueno.

    Me incorporo, apunto lo que he pensado, y al cabo de unos días las palabras conservan algo de sentido, ya sin fiebre.

    [El camino]

  • Tareas domésticas

    En todos los rincones del piso ha escrito plegarias. Cortitas, con un lápiz. En el rincón donde friega los platos, en donde tiende la ropa, donde crece la planta en una maceta, donde se corta las uñas, sobre el agujero por el que se colaban las hormigas, junto a la almohada, en el ordenador y en el router. Así la planta no pierde las hojas, no se caen los calcetines al patio, se sueña bien, la comida está rica y la conexión funciona. Ella cree que es por eso. Me las ha ido enseñando según recorríamos la casa, y ahora está escribiendo una que va a plegar con cuidado para meterla debajo del salvamanteles de modo que la comida me sepa bien.

    Le miro las mejillas mientras escribe, concentrada, con la cara inclinada sobre la mesa.

  • El lago

    Un rey melancólico mandó construir un lago que fuese figura de la vida, en un capricho de su melancolía. Aparejó aquí y allá algunas pequeñas islas de felicidad o de placer en correspondencia con su idea del mundo por entonces; pero en lo demás dispuso orillas elegantes y tristes, hondas aguas frías cruzadas por barcas lentas, arcos esbeltos y bosques tupidos que se contemplaban desde lejos. No había ni patos ni cascadas.

    El rey supervisaba las obras desde la orilla, sentado en un escabel. Urgía a los ingenieros, imprecaba a los aprendices, hacía gestos con la cara y mandaba rehacer minuciosamente esto o lo otro que no acababa de parecerse a su voluntad; hasta que al cabo del tiempo otros asuntos del reino lo obligaron a apartarse de allí y seguir el proyecto desde palacio.

    Alrededor del lago se fueron construyendo arroyos sonoros, pabelloncitos de hierro y cristal, praderas llanas y embarcaderos donde decir adiós, aunque entre tanto las directrices del rey se hacían cada vez más imprecisas y su atención más lejana. Se metió en batallas y las ganó; comerció, tomó esposa, acreció el reino y su familia. Fundó un hospital de caridad, dragó los puertos, reparó los caminos y armó una flota; a todo lo cual la obra ociosa del lago fue yendo al olvido, preterida por otras urgencias, esto es, por el curso de la vida, ya que el rey se había vuelto del humor de una persona normal.

    Pasaron los años y la fortuna giró de nuevo. Una mañana el rey mandó que lo dejaran estar solo. Enmudecido, no sabiendo adónde ir, anduvo hacia el antiguo lago. Ató su caballo al bolardo de un muelle, subió a una batea cubierta de hojas y se fue empujando él mismo la pértiga por los canales verdisecos, como si navegara una ruina salida de su propia memoria, una tristeza hecha a partes de lo desmoronado y de lo que nunca había sido.

    Desembarcó en una orilla y se sentó a mirar. Era una islita minúscula, plantada con cipreses. En el centro se levantaban unas paredes de ladrillo rojo por las que crecía la madreselva. Vio una plomada colgando de un bramante y en el suelo las jambas podridas de una puerta. Vio un zurrón abandonado entre la hierba, que casi le hizo llorar. Estaba solo. En el cielo volaban unos pájaros. El rey miró hacia el agua del lago y pensó que antes que un rey era un hombre y que todos los hombres construyen con aire. Una frase que había leído hacía tiempo, varias veces, en este mundo donde todo se repite y se olvida, y se repite.

  • Consejos para viajar en metro

    Uno de los túneles del metro de Madrid está armado de paneles estancos e inundado de agua a presión. Los usuarios de ese trayecto se quedan en bañador (es preceptivo), con la ropa y los objetos de bolsillo en una bolsa de plástico desechable. El viajero sale disparado hacia su destino con los ojos abiertos, en el seno de la corriente azul, contemplando las trabajadas pinturas de las paredes, donde se representan planicies acuáticas, hombres y mujeres pez, mitologías submarinas, coronas de flores de agua, hipocampos, una fiesta de atlantes, esas cosas.

    El viajero va dejándose llevar entre dos aguas. Lo propio es hacer el trayecto en apnea, lo cual transporta al viajero en un estado semejante al sueño, aunque la mayoría toma aire de una botellita con boquilla.

    Como es lógico, la vuelta se hace por otro túnel donde el agua circula en sentido inverso. Es una auténtica lástima que comodidades como esta no se hayan divulgado más entre el común de los viajeros.

  • En otro lugar

    A veces sucede que dos hombres enemistados llevan los vaivenes de su odio más allá de lo razonable y estorban la paz del país. Un día acaban con la paciencia del rey; los soldados los arrastran al crucero del templo mayor, los arrojan al suelo y los amarran espalda con espalda. Los sacerdotes, a los que han sacado de la cama en mitad de la noche, cantan con voz temerosa mientras dura el rito que mancuerna las vidas de los dos enemigos. Luego los desatan y los mandan separarse a los extremos del continente si no quieren que su carne sea echada a los perros.

    De ahí en adelante sus destinos son invertidos e iguales. Cada golpe de fortuna le depara al otro la misma medida de desgracia; cada mal lleva ese exacto bien a la contraparte. Si uno pierde un anillo de oro, al otro le llegará una joya por azar; si uno se desposa, el otro encontrará su casa vacía. El verano es invierno, lo dulce es amargo, los garbanzos son hambre, las pulgas besos; las noches de dolor de muelas son jardines nocturnos y música. Todo el tiempo sienten al gemelo como bajo su misma piel.

    Puesto que no pueden dañar derechamente al otro, cada cual se desespera por aumentar su propio bien, de modo que sus vidas antes inútiles ahora acrecientan el bienestar de la nación. A medida que pasan los años, sin embargo, la mayoría de estos hombres termina por conducirse en torno a un discreto punto medio, y al final de los tiempos, fatigados y sentidos, hay que ver que hasta los más obstinados acaban desarrollando por su gemelo algo como esa aflicción del alma que llamamos caridad, o compasión.