• El anacoluto

    En el centro de mi pueblo está la plaza y en medio de la plaza hay un arco, exento. Parece de todo corriente, pero nadie vuelve a ver a quien lo cruza. Se ha ido. Y si ha ido a alguna parte, no se sabe adónde, porque nunca se ha vuelto a ver a nadie que lo haya traspasado.

    Un día me despedí de mis amigos, me dirigí hacia el arco, y nunca se le ha vuelto a ver.

  • Tarde de invierno

    La calle de Alcalá a la caída de la tarde

    Una tarde de invierno en Madrid.

  • Menú Escher

    • Consomé blanco y negro.
    • Sopa de estrellas al reflejo de carpa.
    • Pato relleno de pato relleno.
    • Aire de pez volador.
    • Rodaballo Moebius.
    • Carpaccio de colas de espaghetti con mermelada de naranjas dobles.
    • Tiras de fideo en su propia salsa.
    • Estrellado de huevos de pularda.
    • Corazones de cebolla caramelizados.
    • Mousse hueca a la esencia de agua.
    • Puré de dulce de puré.
    • Consomé blanco y negro.
    • Sopa de estrellas al reflejo de carpa.
    • Pato relleno de pato relleno.
    • Etc.
  • Oído por ahí II

    En la barra de un bar de copas, a las dos o las tres de la mañana, una voz dice: «Yo era un veterano de guerra hasta que me enamoré».

    [Oído por ahí I]

  • Sobre la correcta fundamentacion de las demostraciones matematicas

    Toda esta península hasta el golfo de Sirma está habitada por pueblos de raza augina, entre los que descuellan los revos y los busos, malquistados por la religión. Inusualmente, esta diferencia puede resolverse en términos racionales, ya que los desencuentros cosmogónicos arrancan de una distinta estimación de la precesión equinoccial de la Tierra. Un viajero imparcial podría sentirse impulsado a concluir la disputa por vía de demostración matemática; podría componer con sus cálculos un memorial y atosigar con él a las autoridades religiosas y civiles de ambas tribus, subirse a un plinto en el ágora y aventar su razón a voz en cuello; pero se desgañitaría en vano, puesto que está instalado en el error y ha escogido seguir el procedimiento incorrecto.

    El procedimiento correcto de demostración matemática requiere, en primer lugar, quebrar las líneas de la hueste contraria, que la larga hoja de la lanza haga saltar los dientes de los héroes y que sus rodillas se doblen sin vida. Hecho esto, hay que tomar la ciudad. Una vez que los supervivientes en fuga se han dispersado por los montes vecinos, es preciso incendiar los templos de los dioses, aplastar las estatuillas de los lares, arrastrar los estandartes por el barro, entrar en la oscuridad de una cueva sagrada de la ciudadela y hallar al daimon que anima en lo hondo el ser de la ciudad. En el momento que el hierro se entierre en el corazón del demonio y éste se desvanezca, en ese instante un velo de ilusión y embotamiento comenzará a desprenderse de los ojos de las gentes de la ciudad vencida, ante los cuales empezará a resplandecer, para unos primero, para otros más tarde, la clara evidencia de la razón matemática.

  • Oído por ahí

    En la clase de lengua y literatura, en primero de ESO, los deberes de los niños consisten en imaginar variaciones contemporáneas de los cuentos que les contaban cuando eran más chicos. Hoy, a la clase, además del profesor y los alumnos, ha venido una aspirante a profesor que está haciendo sus prácticas.

    El profesor: A ver, Fulano, ¿y tú?

    Fulano (niño de doce años): Yo… Es que…, es que cuando era pequeño mi padre no me leía cuentos para dormir. Me leía libros de Schopenhauer.

    El profesor (con dulzura): Y te dormías ¿verdad?

  • Recuerdos y promesas

    Cada paso que doy levanta recuerdos y promesas. Yo me los imagino como nubecillas doradas que despierta el pie del astronauta en el polvo de la Luna.

    Nota que los recuerdos cada vez son más, y las promesas, con la mejor de las suertes, siempre las mismas.

  • Iluminaciones

    En el post anterior usé la palabra iluminación, en primer lugar, porque quería significar literalmente una impresión de luz, pero la culpa de que no me haya ahorrado su peso connotativo es la cercanía de esta frase feliz de Félix de Azúa en el prólogo a la edición italiana de su Diccionario de las Artes: «Este diccionario es un montaje de iluminaciones discontinuas». Ojalá se me hubiera ocurrido a mí y pudiese decirla con verdad, qué sé yo, de esta misma página (o de mi vida, ya que estamos).

    Por lo demás, y como era de esperar, recomiendo encarecidamente el prólogo entero.

  • Noches III

    Hay una parte de mí mucho más lista que yo. No es que para ser más listo que yo haga falta demasiado, ya: el misterio está en que una sombra corra más que el cuerpo, o viceversa.

    Es una inteligencia a la que me cuesta poner palabras. A medida que pasa el tiempo, va creciendo y no sé qué hacer con ella; es una ganancia que no sé cómo gastar.

    Una tarde, hace un par de años, un profesor de ética nos contó aquella historia cenital de Noche, de Elie Wiesel. En un campo de concentración, durante la segunda guerra mundial, los alemanes ahorcan a un niño a la vista de los prisioneros, convocados para la ocasión. En vez de morir al instante, el niño cuelga vivo de la cuerda, agonizando durante más de media hora a la vista de todos. A su derecha, Wiesel oye decir: «¿Dónde está Dios ahora? ¿Dónde está?». Antes que el profesor nos diese la respuesta de Wiesel, con esa lumbre que acompaña a la iluminación oí que mi voz decía dentro de mí: «No hay que quitar la mirada del niño. El error está en levantar la mirada del niño».

    Desde entonces vengo dándole vueltas a esa frase. Creo que empiezo a entender vagamente de qué trata, pero muy lejos de la seguridad con que la sentí (y que puedo volver a sentir si la evoco). Que cualquier valor de un hecho así se ve en el hecho, y desaparece al llevar la mirada hacia otra parte, aunque sea a Dios. Que la muerte del niño —su vida— no puede obtener su sentido por deuda de una estructura más amplia, como en la gramática de un idioma. Lo cual equivale a poco más que parafrasear la intuición original, según se ve.

    Hay que razonar las cosas no porque así sean más verdaderas, sino por hacerlas comunicables. No puedo ponerme a mí mismo como garantía de la verdad. Por ahora, aquella iluminación es solo una experiencia privada, que quiere salir de mí y no puede.

     

    [La historia de Wiesel sobrepasa por mucho estas cosas mías. Por respeto hay que añadir, al menos, la respuesta interior de Wiesel a la pregunta de la voz anónima: «¿Donde está? Ahí está: cuelga ahí, de aquella horca».]