El lugar, desde la ventanilla del autocar nocturno, no puede ser más triste. Callejas vacías, tapias azulosas, farolas solitarias, desmontes, persianas polvorientas mal cerradas, carreteras llanas que se internan en el campo y en lo oscuro, aceras desiertas, un perro al pie de una ventana alumbrado por la luz de un farol, charcos, un jardín con una cica y una tumbona rota, un bar con los cierres echados, por todas partes silencio y abandono, aunque es posible que el perro reciba la caricia de su dueño esta mañana, se llenen los cobertizos de ruidos de obra, alguien pague las letras de los coches aparcados, las persianas se levanten a la luz del mediodía, una niña se columpie bajo la cica, dos novios se abracen junto a una farola y así todo, y que el viajero en la noche, cuando el viaje es ya tan largo, aún no haya caído en la cuenta de que esa espantosa soledad la abre a su paso su mirada.
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La Noche de Verano
El cristal es un juego visionario moderno que se sirve de una serie de naipes en los que aparecen ciertas representaciones animadas. Que estas sean espontáneamente variables no es obstáculo para la descripción de las cartas, si recordamos siempre que el término se usa en un sentido más bien categorial. La primera carta del juego es la Noche de Verano:
Esta carta muestra a una mujer sentada ante una mesa de madera en el centro de una habitación iluminada por una bombilla eléctrica. La ventana está abierta en la pared del fondo, y a través de ella se ve la noche oscura sobre la ciudad, el cielo negro en el que brillan algunas estrellas.
La mujer aparenta alrededor de treinta años. Lleva el pelo castaño rojizo recogido en una coleta y un vestido verde sin mangas. Está jugando con un salero de vidrio. En un momento dado, espolvorea la mesa con arena, hasta que la cubre entera. Dibuja letras en la arena con su dedo. Ha escrito: «El tiempo está medido». Luego pasa la mano derecha sobre la arena y borra el mensaje. Luego pasa la mano izquierda y la arena se vuelve roja. Luego amasa la arena con dos manos y la arena se engruda, cuaja, se vuelve del espesor del barro. Y del barro, con las dos manos, despacio, la mujer da forma a una figura chata.
A la derecha de la habitación, sobre un aparador de madera despintada hay un búcaro azul con flores amarillas. La mujer se levanta con la figura entre las manos, pasa junto al aparador y sale por una puerta abierta.
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Mínima
A ella le gusta el sonido del azúcar al caer dentro de la taza. Un sonido pequeño, más leve que cuando la espuma se deshace, como cuando un pie pisa la arena. Está la cuchara colmada encima del café; la vuelca y ves caer el azúcar, y entonces sí, se oye ese ruidillo, ese suspiro de la materia. De tales cosas pequeñas, la vida.
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Arena en los bolsillos
Al deshacer la maleta salen piedrecitas, caracolas, billetes de autobús, entradas para un concierto, un plano, arena que cae al suelo. Uno mira estos objetos con un parpadeo, entre dos luces. Parece que al desarraigarlos de su lugar original se ha secado su sentido, que se ha amortecido su brillo. Estaban tan vivos y ya no son de verdad; solo valen como signos. Remiten a lo que sigue siendo en otra parte, es decir, a lo que fue.
También me he traído en la cabeza ideas así, veniales, que hace dos días, en la otra brisa y bajo aquella otra luz parecían valer, tan fuertes, tan auténticas. Y ahora, aquí en medio, ¿qué son? Son ideas pequeñas, fragmentos, imágenes sueltas. Esas texturas poderosas que he dicho: arena, piedra, agua. Geometrías de edificios o de valvas. La incertidumbre sobre la vida verdadera: si las vacaciones son la suspensión del curso de la vida o si la vida laborable del invierno es la monótona suspensión de otro destino. La ilusión de completud, a solas en el mar verdegrís, al caer la tarde. La creencia de que uno puede pensar sin categorías y sentir sin palabras. El olor a salitre; la lluvia complacida.
Aquí sentado, de nuevo en casa, pienso esas ideas que me he traído de recuerdo, aquí nada, índices, expresiones de una aspiración. Ideas que valen por su capacidad de remitir a un deseo. Hermosa arena, caracola, piedra. ¡Como si eso fuese poco! Eso lo es todo.
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Un momento
Una noche de verano, escuchando cantar Bewitched bajo el cielo, con el trabajo hecho y la vida por hacer. Un momento.
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Lugares comunes
En un andén vacío, en el metro, he visto esta mañana un cartel con una playa del paraíso. Como siempre, según el verano asciende en el cielo la ciudad se despuebla, y a medida que se vacía flojea su realidad, como tiemblan las imágenes al sol sobre la tierra tórrida. Porque esta ciudad enorme no se sostiene, igual que otras, en unos huesos tenaces; más bien semeja un espacio transitorio, abstracto; antes un hábito cívico o un convenio que un objeto perpetuo, de ahí que su realidad parezca depender de la asistencia de su gente, y cuando la gente falta, dé la impresión de que no queda la ciudad sino sus restos.
Los fluorescentes del metro, en las horas más solas del verano, dan una luz alucinatoria. Vi el cartel de la playa perfecta con su ensenada de agua aguamarina y pensé: «como un alga acariciada por el viento». Era un lugar común, el arquetipo del paraíso: una playa de arenas blancas, el agua de cristal, el cielo azul, las verdes hojas frescas y la sombra. Ante esa imagen cenital yo contesté: «comme une algue caressée par le vent»; como un alga acariciada por el viento, la imagen del dulce reposo del poema de Prévert.
Todos compartimos esos lugares. En un tiempo yo viví los versos de Prévert, como hubo un tiempo, claro, para la teatral belleza en blanco y negro de Doisneau, un tiempo para París entera, para Gil de Biedma («Ahora, voy a contaros / cómo también yo estuve en París, y fui dichoso»), para las islas de Gauguin o las de Stevenson. De nuevo sobre París, escribió Borges: «el grado físico de mi felicidad cuando me dijeron la liberación de París; el descubrimiento de que una emoción colectiva puede no ser innoble…».
Los lugares comunes. Esos lugares donde todos hemos estado y hemos sido felices. Como una postal del paraíso.
(El poema de Jacques Prévert:)
Sables mouvants
Démons et merveilles
Vents et marées
Au loin déjà la mer s’est retirée
Et toi
Comme une algue doucement caressée par le vent
Dans les sables du lit tu remues en rêvant
Démons et merveilles
Vents et marées
Au loin déjà la mer s’est retirée
Mais dans tes yeux entrouverts
Deux petites vagues sont restées
Démons et merveilles
Vents et marées
Deux petites vagues pour me noyer.[Arenas movedizas
Demonios y maravillas
Vientos y mareas
A lo lejos ya la mar se ha retirado
Y tú
Como un alga dulcemente acariciada por el viento
En las arenas del lecho te remueves soñando
Demonios y maravillas,
Vientos y mareas
A lo lejos ya la mar se ha retirado
Pero en tus ojos entreabiertos
Dos pequeñas olas se han quedado
Demonios y maravillas,
Vientos y mareas
Dos pequeñas olas para ahogarme.]Jacques Prévert. Paroles
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Fondo y figura
Todo objeto existe contra un fondo. Sea una figura en un tapiz, sea la torre en la ciudad antigua, sean los números primos contra el fondo de los números enteros. Este cartel se entiende sobre el fondo de la realidad; si lo despegamos de la persiana metálica y lo pegamos en otra superficie (una persiana levantada, la corteza de un árbol, un patíbulo, dos dedos por encima de un ombligo, la puerta de un bar una noche de fiesta), pasará a emitir otro mensaje completo. De este modo se ve que la significación no es del cartel —no es del texto— sino del conjunto del texto y su contorno.
Se trate de un cartel, un relato o un poema, por supuesto. Pero esto último nunca se admite, porque la palabra literaria conserva desde los antiguos su carácter sagrado y nadie se resigna a su contingencia; a imaginarla incierta, librada a su condición mortal, caminando por esta tierra de los efectos y de las causas, pasando a ser una cosa, u otra, u otra.
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Aniversarios
ALCALÁ
Un escarabajito negro y dorado se ha quedado quieto al borde de un sendero. Arriba, muy arriba, el cielo azul y blanco de una calmada mañana de gloria. Sopla un poco de aire, que mece las hojas, y una de ellas ensombrece y alumbra al escarabajo, quieto. El vuelo de una cigüeña se refleja en un charco.
Un día como hoy, hace cuatro años, escribí ese pequeño texto. Lo dice mi cuaderno, donde está apuntado, a solas. Era un día laborable, claro, no un domingo como hoy. El año pasado escribí este; y el anterior, por lo visto, este otro. Dos años.
Así pasan las cosas. Ya no vuelvo cada día a Alcalá (me imagino sus mañanas de sol y sus cigüeñas). Me han dicho que el patio del escarabajo ya no existe. En cambio, por alguna razón propia, los textos perduran, lo mismo que la manía de escribir.
Es un placer que vengas a leerlos y que de este modo concluyan, porque una segunda cosa he aprendido en este tiempo: que aquel párrafo de hace cuatro años se ha terminado de escribir ahora, cuando lo has leído. Gracias.
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La ida
En medio de la llanura se levanta una montaña cónica. Junto a su cima, en lo alto, hay un pueblo con paredes de mampostería, muchas fuentes, huertos fructuosos y corrales llenos de ganado. Cada cinco años, al final de la primavera, aparece en el cielo el gran globo dirigible y se lleva por los aires a los niños. Los padres les abrigan el pecho —más arriba el cielo será frío—, los besan, les acarician el pelo, vuelven el rostro hacia las piedras familiares y después contemplan durante horas el punto remoto de la nave que desaparece en el horizonte. Sus hijos regresan años después por el largo camino que cruza el llano, de uno en uno, cuando les toca. Unos son menestrales, otros mercaderes o contables, sacerdotes, músicos. A veces escriben cartas desde tierras lejanas refiriendo que les va bien, que han partido por determinada razón, que volverán pronto, si Dios quiere. De algunos no se vuelve a saber nunca. Los padres sueñan durante las noches de ese verano con la majestuosa nave informe, como un riñón recruzado por docenas de jarcias; sueñan con banderas y grímpolas al viento, con chasquidos elásticos de cables y con la fiera barba del capitán del aire.
