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La isla en octubre
En Madrid, a mediados de octubre, ya hacía frío y yo estaba solo. Eso fue hace un tiempo, una vez que tuve un otoño malo. Era un otoño de mal sabor que se iba metiendo poco a poco en el invierno. Una amiga que me conocía bien me invitó por teléfono a su casa, en Granada. Le hice caso, pedí unos días libres y me fui.
Allí los días también se acortaban, pero eran luminosos y tibios. Había una playa pequeña donde la gente iba desnuda y se reconocía por su nombre; el agua estaba fría; comíamos ensalada al sol de la tarde debajo de un emparrado. Charlamos; conocí alguna gente que me habló de sus cosas.
Era sencillo. No la felicidad, sino la paz, lo que a mí entonces me daba lo mismo. Una paz elemental que no se debía a nada. Es decir, que no provenía de la presencia tal o cual bien, sino de la falta. Faltaba el amontonamiento: deseos, bienes, pesares…, cosas, nada de eso.
Regresé a Madrid y a los montones. Volví mejor de aquella isla entre mis días, de aquella tregua. Y al cabo de estos años, la luz del sol entre las hojas del emparrado relumbra en mi memoria con un fulgor verde que es la imagen con que se me representa la paz. O mi felicidad modesta, ya no sé.
Sí sé que cosas así las ha contado mucha gente, cada uno a su manera. Esta es mi versión de la historia; esta es mi isla.
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Frío
En casa estoy solo. Al fondo parpadea la televisión sin voz, siempre encendida. No la miro, pero me gusta que haya algo en movimiento dentro de la casa. Es, por así decirlo, mi gato catódico.
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La creatividad y el desorden
En la costa de Bezumbre, región de espíritu inquieto, se les ocurrió someter a crítica el tópico del faro luminoso, y en su lugar erigieron un faro de voz. De este modo, el faro, colocado sobre un islote pedregoso en la boca de la rada de Pretel, avisaba por su bien a los navegantes con su estentórea voz girada: «¡Eh, aquí, cuidado, eh! ¡Aquí hay bajíos! ¡Aquí escarpadas rocas! ¡Eh, eh!». Como el clima de la zona abunda en nieblas espesas, la idea prosperó, y el faro aún perdura.
Región siempre inquieta, al fin y al cabo, un buen día el faro de Bezumbre sometió a crítica esa inercia monótona de malgastar tan buena voz en gritar voces, y comenzó a cantar. Boleros, habaneras, coplas, tangos arrastrados, fados aprendidos de los marineros. Cualquier navegante que costee por allí oirá su hermosa voz de tenor entre la niebla dándole vueltas a pasiones de hombre.
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«Intenté
que fuera directo, y cuando la gente habla de una forma directa suena naïf, porque lo usual es hablar con complejidades protectoras. Merece la pena correr el riesgo de ser tomado por ingenuo».Lo dijo John Berger en Babelia, en una entrevista, hace unos años (concretamente, el 23/09/2000). Yo lo apunté, lo olvidé, y ayer he vuelto a encontrármelo. Las cursivas son mías.
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Tutas
Recuerdo que mi abuelo fabricaba con mucha dedicación unas cosas que él llamaba tutas a partir de corchos de botella. Son esas pequeñas boyas que a veces se ponen en el sedal de una caña de pescar por encima de los plomos, y que flotan en el agua en el punto donde está sumergido el anzuelo. Cogía un corcho y lo iba tallando hasta acercarse a la figura que buscaba, y entonces se ponía a lijarlo con todo cuidado, zas, zas, zas, hasta que la tuta alcanzaba su forma canónica (había unas cuantas: en forma de peonza, en forma de esfera, y así). Luego les pintaba círculos concéntricos de colores vivos: verde claro, rojo, blanco. Yo lo miraba y sentía mucho respeto por todo este trabajo y su procedimiento, como si estuviéramos los dos en el taller de un luthier.
Todo esto le llevaba un tiempo terrible, y —lo que ahora sé— mayormente no servía para nada. Es verdad que a mi abuelo le gustaba pescar, en verano; pero no era eso, porque había fabricado tutas como para pescar la eternidad entera. Ahora pienso en ello, al cabo del tiempo.
Evocarlo por la escritura no me ha ayudado a saber más. Sólo he retratado con paciencia a mi abuelo haciendo sus tutas, con su precisión de anciano, el cigarrillo consumido en el cenicero, respirando pausadamente por la nariz. Sólo he querido dar forma letra a letra y dejar a solas bajo la luz, austera, la imagen de la tuta colorida entre sus manos remotas.
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Lo que no tuve
¿Dónde está mi corazón?
Al cabo de estos años, yo pregunto:
¿Dónde está mi corazón?
Mi corazón está
—qué raro saberlo—
en las cosas que no tuve.
Qué raro saberlo. -
El don
Yo sé que lo reconoceré en cuanto lo vea. Tengo esa capacidad. Es el don que se me ha dado, como una estrella en la frente.
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La vida es un zoo II
LAS PERSONAS CONsCIENTES DE SU RESPONSABILIDAD NO COMEN NADA QUE TENGA OJOS.
Los míos han visto esa afirmación en el metro, en un cartel publicitario, impresa en letras de un palmo sobre una hilera de rostros de animales pintados con un agradable naturalismo levemente humanizado; unos rostros detallados y francos que tranquilamente podrían afiliarnos a una mutua sanitaria u operarnos del riñón. Esos animales eran dignos de confianza. Seguro que no ellos no ingerirían nada que tuviese ojos, bajo ningún concepto. Y a ti ni se te ocurriría comértelos: sería como comerse un abogado sin pelarle el traje. No resultan apetitosos.
Me temo que no soy una persona consciente de mi responsabilidad. Alquien se ha gastado un dineral en propaganda para informarme de ello. Bueno, es de agradecer; aunque creo que yo ya no estaba a la altura, sin necesidad de escrutar mi dieta. En fin; imagino que esto será una agravante.
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Recuerda
Reparas con temor en que aún no has guardado, de modo que todos tus desvelos del día están prendidos de un hilo en la memoria del ordenador, como pájaros sobre un cable, y un leve soplo magnético, el roce de una tecla, podrían borrarlos para siempre. Aunque el disco duro es quizá peor, porque allí tu tarea de años descansa en sendas invisibles y particiones efímeras; y bastaría una acometida de corriente, por ejemplo, para que se esfumaran tus proyectos, las cadenas de ideas que ordenaste bien, los líneas compuestas con belleza, tu respiración dada forma.
No hay nada que temer; piensa que, a fin de cuentas, llevas encima bastante más que eso cuando paseas por un bosque, o a doscientos kilómetros por hora o por encima del mar, guardado en su cajita de carne: un mero golpe seco y breve, un corte fino, un error sucesivo de copia de una proteína y adiós para siempre a las mañanas de la infancia, los rostros y las voces de los que se han ido, cierta tarde de sol en la playa, el nombre de una marca de chicles, el olor exacto de aquel otro aliento.
Conviene escalonar con inteligencia las preocupaciones. Y confiar en el hardware.
