En el vagón del metro, un niño lleva de la mano a un ciego, que bien podría ser su padre. Es un niño muy pequeñito; como de cuatro años o así. Va vestido con un polo blanco, unos pantalones cortos de gimnasia gris claro y unos zapatones negros desproporcionados. Él mismo es muy blanco de piel, con el pelo cortado a cepillo como un hospiciano. Parece que no lo hubiese vestido una madre, sino un hombre, o quizá una abuela.
Se plantan ante la puerta, de la mano, dispuestos a apearse. El niño levanta la cara y me mira con curiosidad.
Así empieza mi mañana, con esta alegoría.
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Podría ocurrir que la vida fuese por temporadas una corriente boba; que pasasen días inanes sin ningún sabor dentro, como una sopa floja o un té aguado. Pero ¿y si no es así y los días traen maravillas discretas, inmiscuidas en el curso del mundo, y uno no las ve por tontería, por torpor, por falta de esfuerzo? Qué terrible, toda esa pérdida.
Hay que mirar bien; es un acto moral.
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Algunas cosas muy útiles las he aprendido por miedo. En cambio, todo lo que es bueno lo he aprendido por amor.
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«La poesía puede resistir ser obvia», leo. (¡En un artículo sobre videojuegos!).
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Una madre cruza los tornos del metro con un bebé entre los brazos, recostado de cara contra su pecho. ¡Lo lleva de un modo! Pienso en cómo decirlo: «Lo lleva como…»; pero no hay término para la comparación, ya que para nuestra especie no existe un bien mayor.
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La expresión «el último sol», en un poema de Rosales. Me la he encontrado en varios sitios; pero también me encuentro con el sabor del cacao o la albahaca o con el agua del mar, y no por eso me gustan menos.
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Todo pensamiento bien construido es indistinguible de la poesía.
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Creo que también para la belleza hay que ser frágil. Quiero decir: es como dejarse amar. Para el amor, uno ha de dejarse; ha de estarse; no se defiende. Pues así la belleza. ¿Cómo si no va a alcanzarte? Sin inocencia, ¿cómo le vas a sacar al día su sabor?
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La primavera vino andando día a día hacia la luz. Y cada paso que daba me quitaba un peso.

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