Todas las ventanas de la casa están abiertas

En el vagón del metro, un niño lleva de la mano a un ciego, que bien podría ser su padre. Es un niño muy pequeñito; como de cuatro años o así. Va vestido con un polo blanco, unos pantalones cortos de gimnasia gris claro y unos zapatones negros desproporcionados. Él mismo es muy blanco de piel, con el pelo cortado a cepillo como un hospiciano. Parece que no lo hubiese vestido una madre, sino un hombre, o quizá una abuela.

Se plantan ante la puerta, de la mano, dispuestos a apearse. El niño levanta la cara y me mira con curiosidad.

Así empieza mi mañana, con esta alegoría. 

*

Podría ocurrir que la vida fuese por temporadas una corriente boba; que pasasen días inanes sin ningún sabor dentro, como una sopa floja o un té aguado. Pero ¿y si no es así y los días traen maravillas discretas, inmiscuidas en el curso del mundo, y uno no las ve por tontería, por torpor, por falta de esfuerzo? Qué terrible, toda esa pérdida. 

Hay que mirar bien; es un acto moral. 

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Algunas cosas muy útiles las he aprendido por miedo. En cambio, todo lo que es bueno lo he aprendido por amor. 

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«La poesía puede resistir ser obvia», leo. (¡En un artículo sobre videojuegos!). 

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Una madre cruza los tornos del metro con un bebé entre los brazos, recostado de cara contra su pecho. ¡Lo lleva de un modo! Pienso en cómo decirlo: «Lo lleva como…»; pero no hay término para la comparación, ya que para nuestra especie no existe un bien mayor. 

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La expresión «el último sol», en un poema de Rosales. Me la he encontrado en varios sitios; pero también me encuentro con el sabor del cacao o la albahaca o con el agua del mar, y no por eso me gustan menos.

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Todo pensamiento bien construido es indistinguible de la poesía.

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Creo que también para la belleza hay que ser frágil. Quiero decir: es como dejarse amar. Para el amor, uno ha de dejarse; ha de estarse; no se defiende. Pues así la belleza. ¿Cómo si no va a alcanzarte? Sin inocencia, ¿cómo le vas a sacar al día su sabor? 

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La primavera vino andando día a día hacia la luz. Y cada paso que daba me quitaba un peso. 


Comentarios

4 respuestas a «Todas las ventanas de la casa están abiertas»

  1. Avatar de Marisa
    Marisa

    Saboreo todo lo que leo aquí. Hacía rato que no me paseaba por tus escritos y son deliciosos. Siempre he dicho que el Metro es una mina, de acontecimientos, de detalles, de todo lo que tu cuentas. A mí me han pasado cosas de verdadera magia en el Metro; cosas «que no creerías» (Blade Runner).
    Son los ojos abiertos, el alma despierta, cazadora de… cazadora sin quererlo. Igual para ir en Metro que para mirar, como al descuido, desde la ventana y recortar. Me gusta mucho: el mirlo y el cerezo e incluso el desorden del recorte más grande.
    Gracias por compartir tu mirada.

  2. Hola, Marisa. Muchas gracias a ti por lo que me dices, y por la manera de recibir estas cosas.
    (Oye, con lo del metro me dejas lleno de curiosidad 🙂

  3. Avatar de Marisa
    Marisa

    Todos los sitios, como medios de transporte y salas de espera, donde el tiempo se queda estanco, como congelado, en los que no puedes hacer otra cosa que mirar (bueno, otros escuchan música o leen, pero a mí me gusta oír, mirar, oler), pasan cosas fuera de lo común, a veces, muy de vez en cuando. Las mías son un poquitín difíciles de resumir, pero te dejo una muy buena, ésta de una amiga:
    Iba la chica pelín triste y cabizbaja porque cumplía ese día, creo que eran, 40 años (¡ya ves tú, una niña!). Entonces, se le acercó un señor y le dijo esto: «no estés triste porque nunca volverás a ser tan joven como ahora»… ¡toma ya!
    ¿Le leyó el pensamiento?
    No es mi historia, pero es de primera mano.
    Salud y paz, más que nunca.

  4. ¡Qué buena historia! No exagerabas nada, no. Gracias por traerla, a petición.
    Salud y paz, Marisa; salud y paz.

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