Autor: Juan Avellana

  • El mundo

    Yo digo, imaginemos, prefiero no conducir automóviles y ocurre a menudo que mi interlocutor entiende es preferible no conducir automóviles, como si yo hubiera enunciado un principio general en vez de un modesto caso. Habida cuenta de que cada vez sé menos, cada vez me resulta más perturbador que me tomen por alguien que sabe cosas o cree saber cosas, así en general.

    Y sin embargo, es una confusión razonable porque obedece al lenguaje mismo. El lenguaje predica el mundo de dos maneras: una cebra ha venido a beber al aguadero; hay sal sobre la mesa; se ha adelantado la cosecha este año son frases que señalan hechos entre los hechos que componen el mundo. Y luego: el hombre miró la luna por encima del hombro y a los dos días se murió; una vez más ha nacido un niño al llegar la primavera; ha llovido y se ha adelantado la cosecha, puesto que ponen en relación dos hechos del mundo, no con la vecindad sensible de la sal y la mesa sino con una contigüidad vagamente causal, son frases que parecen describir el orden del mundo, esto es, su mecanismo.

    De poner una cosa al lado de otra se establece entre ellas una relación de causa. ¿Por qué? Porque, ahora lo entiendo, porque solamente se dice aquello que es causal. Lo que se escoge decir es intencionado; si no fuese así, ¿para qué hablar? Nadie dice he aquí que el marco de la puerta está pintado de verde y las ranas deponen infinidad de huevecillos y hay un olor de canela si no quiere decir algo.

    Dos frases seguidas componen un relato; todo relato expresa el orden del mundo. He llegado a esa conclusión y me he quedado mucho rato mirándola. ¡Por tal razón nos contamos historias y las oímos con avidez!

    Luego me he puesto a sacarle hipótesis y consecuencias. Al final he parado en la gente que se dedica a escribir historias. No historias vistosas que uno urde para entretenerse, sino historias con aire verdadero, historias intencionadas. ¿Y saben ellos cómo es el mundo? Porque, ¿cómo podría uno decir el mundo si no sabe cómo es?

  • A propósito del pez plátano

    En su día yo me leí los Nueve cuentos con arrobo y una impresión perdurable y profunda. Yo hubiera querido escribir completamente a la manera de J. D. Salinger, yo hubiera querido escribir, y eso duró años. La otra noche me enteré por el periódico de que Salinger acababa de morirse y terminé poniéndome triste, no sé por qué.

    Porque nunca tuve curiosidad alguna por la persona de Salinger; y he aquí, de una parte, aquel hombre remoto, invisible, que parece haber muerto suficientemente viejo, y de esta otra parte su obra, o, mejor, este íntimo eco de su obra.

    En otro tiempo yo hubiera explicado esa tensión apelando así o asá a la trascendencia del arte, pero ahora no. Me he hecho el siguiente razonamiento: el acto de narrar sería trascendental con que un solo cuentista contase el caso de su muerte. Y puesto que no es así, al lado de la vida todas esas cosas son un asunto menor. Se ha muerto un hombre, uno.

    Después de eso me he vuelto a leer, entre casa y el metro, El hombre que ríe y Para Esmé, con amor y sordidez, y me han producido emoción, un punzante pesar y un hondo, sincero agradecimiento.

  • Navidades, España, 2009

    Todavía no es de noche. No pasa nadie. De lado a lado de la carretera cuelga una guirnalda de lucecitas de azul pálido contra el vivo azul del cielo, menesterosa y tierna.

    No pasa nadie. He ahí el mundo, el azul, estos días que son; y este soy yo, repleto de amor por ellos.

    Feliz año.

  • Avellana. Su cuaderno de viaje VIII

    Un invierno, Avellana se aleja por la llanura cubierta de nieve; un bulto oscuro cada vez más pequeño que se pierde entre la cellisca que se levanta allá a lo lejos, y deja de verse.

    Pasa el tiempo; Avellana vuelve tras un largo silencio. Qué ha vivido, qué ha conocido en ese tiempo, no se sabe. Quizá un monasterio en una cumbre desnuda, donde hombres de cabeza pelada recitan murmullos al viento, se alimentan de escaramujos y yerbas y beben sopa fría; quizá haya invernado en un cobertizo que la ventisca hace crujir, comiendo día tras día carne monótona en salazón y durmiendo espesos sueños repletos de recuerdos; quizá haya encontrado flores de cristal en una caverna de paredes fosforescentes, un río subterráneo con venas de un fulgor pálido y unos huesos arcaicos a la entrada; quizá haya llegado a creer que podía vivir para siempre en una aldea de troncos ahumados y nieve barrosa pisada por las cabras, al costado de una mujer rubia y silente; o que haya gastado todas esas tardes en la taberna de un puerto gris donde los aparejos de los barcos se deslíen bajo una lluvia fina; o instalado en una casa de huéspedes, en una ciudad pequeña, junto a la estación, tumbado en una penumbra helada desde la que se oyen, taciturnos, los trenes.

    Podría haber sido cualquier cosa; pero lo que es es un silencio blanco, sin límites, peor que cualquier otra.

     

    [Avellana: su cuaderno de viaje VII]

  • España

    Si hubiese que empezar por algún lado, yo diría que España es un país espasmódico.

  • A primeros de octubre

    Ayer o anteayer fue la última mañana del largo verano, me parece a mí. Yo la pasé en casa y anoté esto:

    El olor del pan tostado.
    El sol de la mañana sobre el suelo.
    Una casa, una cama.
    Un mechón de pelo rubio.
    Unas sábanas blancas.
    Esta tibieza.

  • Climatología

    Releo mis posts de los últimos tiempos y noto que hablo mucho del tiempo, como la gente en los ascensores. Sin embargo, parece que hay un sentido, no sé.

    Como otras veces, acabo preguntándome si será un síntoma de estupidez o de pureza.

  • Septiembre

    La Puerta del Sol en obras, bajo un sol desvaído, repleta de vecinos y extranjeros; una muchacha, entre la confusión y el polvo, cruza la muchedumbre recogiéndose la falda.

    Yo vengo de la calle Mayor, de una librería; he pasado un rato largo leyendo de pie y al final me he traído una antología de haikus bajo el brazo.

    Meto el libro en la maleta y me voy de viaje a la isla. Una noche, en medio del camino, un relámpago y el canto del grillo, que no cesa. No hay luna, pero las nubes son de un blanco lechoso contra el cielo oscuro.

  • Agosto y las ciudades

    Ahí están las señales que anuncian la declinación del verano, a mediados de agosto, pero el sol rojizo sigue sofocando las aceras y la ciudad está vacía. Las avenidas se alargan en los atardeceres con un sosiego irreal; el que está solo camina por una ciudad desnuda, pura, de huesos geométricos, extraña y evidente como la arquitectura de un sueño.

    *

    La calle se llama Andrés Gómez Pingarrón en honor de un animoso artista local. Y ese quién era. Que la llamen calle de Huckleberry Finn, por el amor de Dios.

    *

    Hay una clase de melancolía que consiste en mirar todas las cosas con anacronía: como si su tiempo ya hubiese sido o como si estuviera, allá a lo lejos, por ser. Mirar las cosas como si se viesen pasar por el andén de enfrente.

    *

    Escribir chorradas es un derecho humano, me digo. Lo censurable es escribirlas con tonillo.

    *

    Una mañana estaba sentado al sol en un patio, tomando el café del despertar, y me sobrevino unos de esos recuerdos vívidos de la infancia. Quiero decir una de esas regresiones que no son una evocación sino un fugaz volver a ser, como un relámpago. Recordé cómo vivía en la seguridad metafísica: yo era y el mundo era en toda plenitud, sin duda, sin la imaginación de una duda, sin merma. Algo tan grande y vuelvo al café y al sol y al patio y lo he perdido.

    *

    Ni siquiera el amor, que todo lo puede, puede asegurar lo que será. El amor asegura lo que es, que ya es bastante. Dicho de otro modo: al amor le preguntas «¿serás?», y has de oír que grande, el verdadero amor, te contesta «soy». Como respondería un mortal.

    Esa cosa tremenda crees haber aprendido sobre el amor, con los años.

    *

    Ocurra lo que ocurra, debería conservar siempre una voluntad hermosa. Que no se me olvide.

    *

    Paso unos días en mi otra ciudad. Veo que se lleva pintar las casas de color mierda. Mierda claro, mierda oscuro, albero mierda, verde mierda, rosa mierda, y así. Qué curioso.

    *

    Voy a visitar a Paco y a Rosario. Echo la tarde sentado en su salón a oscuras y ellos me cuentan sus cosas y yo los veo ahí, cercados por la enfermedad y las circunstancias, como si achicasen agua de una barca vieja. A primera vista parece una pelea trágica, sin esperanza. Pero no, es épica: es como pelean los defensores de la ciudad sitiada, por un deber natural, sin hacer cuenta de la esperanza. Morir matando. O, con más propiedad, morir viviendo.

    *

    Hace años que mi madre tomó la costumbre de venir a despedirme al bus, a la estación. Ella me dice adiós con la mano hasta que dejo de verla; el bus da media vuelta a la estación para enfilar la rampa de salida, y ahí junto a la rampa está mi madre ahora, adiós, adiós. Siempre hacemos lo mismo.

    Pero esta vez el autobús se detiene por algún motivo y yo la veo de espaldas, toda apresurada, atajando por los andenes para salir a tiempo al otro lado. Así que esta es la tramoya secreta que hay detrás del cariño, madre. Adiós, adiós, hasta pronto.

    *

    A finales de mes, a la ciudad empieza a volver el movimiento, como revive un brazo que se había dormido. Esta noche, en la Plaza del Ángel hay luces de colores tras los cristales, un saxofonista, grupos de amigos en las terrazas, paseantes, unos jóvenes que charlan con un negro que vende sus cuadros en la calle y ríen. Sopla una brisa caliente y la ciudad me parece perfecta, y la vida también, por un instante.