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  • El río 

    Una joven vestida de blanco está de pie a la orilla del río, mirando cómo se acerca, despacio, un barco de madera. Se sube. La tripulación separa el barco del embarcadero de tablas, lo lleva hasta el centro de la corriente y se deja arrastrar, hacia el sur. Por esta zona el cauce es estrecho, las riberas verdes, la corriente rápida. Abajo, los bosques oscuros; arriba, el gran cielo del norte. Tras un recodo del río, en un claro donde crece la hierba, ve a un joven en traje de campesino, la cabeza descubierta, el pelo castaño y un tahalí de cuero, que contempla el barco con fijeza y asombro. En la proa va una mujer menuda, vestida de blanco, luminosa como un fanal. En ese momento, el barco despliega una vela para ganar el viento y enseguida desaparece de su vista. 

    Un poco más allá, según corre hacia el sur, el río crece y se ensancha. Se terminan los bosques y empiezan los sembrados y los pastos. Cruzan tierras pobladas. El clima se entibia, el viento es suave. Si es de noche, ven luces innumerables en la distancia, como campos de estrellas. Si es de día, tocan puertos populosos, descubren lenguas extrañas, costumbres coloridas, sabores ácidos y ropas alegres. A veces los adelantan hacia el sur grandes bandadas de pájaros que, mucho más abajo, se cruzarán de vuelta. Escuchan las canciones de brega de los marineros del río. Tres noches los acompañó en el cielo el resplandor de un cometa. Ven ruinas magníficas.

    Un día, cuando la corriente está quieta y el cauce se derrama hasta donde alcanza la vista, aparecen dos grandes pilares en la orilla que señalan el final del río, donde las aguas son de dos colores que se mezclan. Allí está el gran mar. Mientras tanto, el joven del tahalí de cuero sigue en el prado junto al río, en la misma postura de hace tantos años. No ha envejecido ni un día; por él no ha pasado el tiempo. Su pelo mantiene el color y sigue inmóvil, con un gesto fijo de atención y maravilla, hacia la dirección por la que se alejó el barco blanco. 

  • El lago

    Una vez, en un capricho de su melancolía, un rey joven mandó construir unos jardines inolvidables que fuesen imagen de la vida, alrededor de un lago de aguas profundas. Aquí y allá dispuso algunas islas de felicidad o de placer en consonancia con su idea del mundo por aquella época; pero, por lo demás, diseñó orillas elegantes y tristes, canales solitarios cruzados por barcas lentas, puentes inútiles y arcos esbeltos sobre los que crecían las enramadas, y soltó peces y pájaros que estaba prohibido atrapar. 

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  • Diciembre de 2025

    En esta ciudad junto al mar el tiempo viene y vuelve como las olas vuelven a la orilla, vuelve y deshace las vidas como el agua deshace la arena. 

    El día de diciembre es frío, soleado, cristalino. Las partes de la realidad parecen unidas con un pegamento sutil, con rocío evaporado o agua seca. Un soplo podría despegarlas.

    El día es un diente de león, un cristal de nieve. 

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  • La cuestión

    La cuestión es que seguimos construyendo templos, pero ya no tenemos dioses.

    *

    El otro día me encontré con que la manzana que estaba comiendo había germinado. El trocito de corazón que quedaba lo metí en tierra, sin ningún motivo, de modo que ahora en la sala hay dos brotes traslúcidos de manzano, más pequeños que un meñique, con hojas como de perejil. 

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  • Los bibliotecarios

    Los hisios, horda de nómadas, desconocen el mar y la escritura. Cuando entraron a caballo desde la estepa hallaron un reino vacío, desolado seguramente por la plaga. No se veía un solo ser humano. Las palomas anidaban en las hornacinas; el ganado suelto pacía por los campos. Nada conmovió al khan —ni las plazas porticadas, ni las estatuas de alabastro, ni los canales navegables— como la biblioteca de palacio con su bóveda azul de estrellas de oro y las filas infinitas de libros coloridos. Comprendió de inmediato la sacralidad de aquel extraño lugar numinoso y lo dejó al cuidado de los sacerdotes, que tampoco sabían leer, pero rebosaban de intuición de lo sagrado. 

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  • A primeros de octubre

    Ayer o anteayer fue la última mañana del largo verano, me parece a mí. Yo la pasé en casa y anoté esto:

    El olor del pan tostado.
    El sol de la mañana sobre el suelo.
    Una casa, una cama.
    Un mechón de pelo rubio.
    Unas sábanas blancas.
    Esta tibieza.

  • Septiembre

    La Puerta del Sol en obras, bajo un sol desvaído, repleta de vecinos y extranjeros; una muchacha, entre la confusión y el polvo, cruza la muchedumbre recogiéndose la falda.

    Yo vengo de la calle Mayor, de una librería; he pasado un rato largo leyendo de pie y al final me he traído una antología de haikus bajo el brazo.

    Meto el libro en la maleta y me voy de viaje a la isla. Una noche, en medio del camino, un relámpago y el canto del grillo, que no cesa. No hay luna, pero las nubes son de un blanco lechoso contra el cielo oscuro.

  • Agosto y las ciudades

    Ahí están las señales que anuncian la declinación del verano, a mediados de agosto, pero el sol rojizo sigue sofocando las aceras y la ciudad está vacía. Las avenidas se alargan en los atardeceres con un sosiego irreal; el que está solo camina por una ciudad desnuda, pura, de huesos geométricos, extraña y evidente como la arquitectura de un sueño.

    *

    La calle se llama Andrés Gómez Pingarrón en honor de un animoso artista local. Y ese quién era. Que la llamen calle de Huckleberry Finn, por el amor de Dios.

    *

    Hay una clase de melancolía que consiste en mirar todas las cosas con anacronía: como si su tiempo ya hubiese sido o como si estuviera, allá a lo lejos, por ser. Mirar las cosas como si se viesen pasar por el andén de enfrente.

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    Escribir chorradas es un derecho humano, me digo. Lo censurable es escribirlas con tonillo.

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    Una mañana estaba sentado al sol en un patio, tomando el café del despertar, y me sobrevino unos de esos recuerdos vívidos de la infancia. Quiero decir una de esas regresiones que no son una evocación sino un fugaz volver a ser, como un relámpago. Recordé cómo vivía en la seguridad metafísica: yo era y el mundo era en toda plenitud, sin duda, sin la imaginación de una duda, sin merma. Algo tan grande y vuelvo al café y al sol y al patio y lo he perdido.

    *

    Ni siquiera el amor, que todo lo puede, puede asegurar lo que será. El amor asegura lo que es, que ya es bastante. Dicho de otro modo: al amor le preguntas «¿serás?», y has de oír que grande, el verdadero amor, te contesta «soy». Como respondería un mortal.

    Esa cosa tremenda crees haber aprendido sobre el amor, con los años.

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    Ocurra lo que ocurra, debería conservar siempre una voluntad hermosa. Que no se me olvide.

    *

    Paso unos días en mi otra ciudad. Veo que se lleva pintar las casas de color mierda. Mierda claro, mierda oscuro, albero mierda, verde mierda, rosa mierda, y así. Qué curioso.

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    Voy a visitar a Paco y a Rosario. Echo la tarde sentado en su salón a oscuras y ellos me cuentan sus cosas y yo los veo ahí, cercados por la enfermedad y las circunstancias, como si achicasen agua de una barca vieja. A primera vista parece una pelea trágica, sin esperanza. Pero no, es épica: es como pelean los defensores de la ciudad sitiada, por un deber natural, sin hacer cuenta de la esperanza. Morir matando. O, con más propiedad, morir viviendo.

    *

    Hace años que mi madre tomó la costumbre de venir a despedirme al bus, a la estación. Ella me dice adiós con la mano hasta que dejo de verla; el bus da media vuelta a la estación para enfilar la rampa de salida, y ahí junto a la rampa está mi madre ahora, adiós, adiós. Siempre hacemos lo mismo.

    Pero esta vez el autobús se detiene por algún motivo y yo la veo de espaldas, toda apresurada, atajando por los andenes para salir a tiempo al otro lado. Así que esta es la tramoya secreta que hay detrás del cariño, madre. Adiós, adiós, hasta pronto.

    *

    A finales de mes, a la ciudad empieza a volver el movimiento, como revive un brazo que se había dormido. Esta noche, en la Plaza del Ángel hay luces de colores tras los cristales, un saxofonista, grupos de amigos en las terrazas, paseantes, unos jóvenes que charlan con un negro que vende sus cuadros en la calle y ríen. Sopla una brisa caliente y la ciudad me parece perfecta, y la vida también, por un instante.

  • Dios mío, está lleno de estrellas

    He sabido que las tres estrellas que forman el Triángulo de Verano son Vega, Deneb y Altaír.

    Eso he sabido. He ahí la noche estrellada; ahí, en la boca, la palabra del nombre. Altaír, Deneb, Vega; tal es la gloria del mundo.

     

    [My God, it’s full of stars!]

    [Todo está lleno de estrellas]

  • Noche de San Juan

    Yo me figuro junio como un prado suave que va subiendo subiendo hasta la noche de San Juan, que es lo más alto. Desde ahí se ve pendiente abajo el verano, que se extiende hacia lo lejos. Yo, que he tenido mis noches de San Juan extrañas, miríficas o temibles, esta noche me doy cuenta de que ya no espero de la magia. Estaba por decir que los años me han hecho dar el paso de aceptar la necesidad del mundo; pero lo que quiero expresar de verdad va más allá y sólo lo puedo intentar mediante una metáfora. Es que en los anales de la magia no se ha sabido nunca de un hechizo que volviese bueno a un hombre, por poner un ejemplo.

    Es una metáfora, ya digo, de lo que la magia no hace; a algo de eso me refiero. De todos modos, sigue siendo una noche hermosa y corta, y hay fuegos, canciones y poemas. Ojalá estuviese cerca de una playa.

     

    [Noches II]

    [Una historia antigua]