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  • Mascullé, a duras penas

    «… mascullé, a duras penas. Ella me miró como si tuviera rayos X en los ojos». Lo va leyendo a mi lado una mujer en el metro. Y es un libro bien impreso, gordo, de papel agarbanzado y letras redondas y claras. A mí me parece muy bien que la gente lea esas cosas; yo también las leo y a veces disfruto mucho. Pero escribirlas… ¡Señor, las humillaciones por las que hay que pasar para escribir una novela!

  • Arena en los bolsillos II

    (De vuelta de las vacaciones).

     

    Los últimos días me doy cuenta de que ya me he ido antes de haberme ido. Las cosas que me rodeaban, las que se me han hecho familiares aquí, han cambiado. Parecen menos impresionantes y a la vez más queridas, como te pasa con las personas cuando llegas a apreciarlas.

    *

    Se llega a la playa por una de esas pasarelas de madera y cuerda; solo que ésta salta el regato de agua dulce que separa la playa de la duna con un arco elegante como el de un puente de Calatrava. Se me ocurre que el encanto de la arquitectura popular nace de su falta de retórica. Es decir —pienso primero— por su apego estricto a la función. Pero no, no es eso exactamente, ya que la arquitectura popular también se adorna. Más bien, su modestia es la de alguien que actúa como si nadie estuviese mirando.

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    Como es lógico, el turismo ha pervertido en primer lugar los mejores sitios. Puedo imaginar que si una mano divina borrase de pronto todo rastro del hombre, esos sitios volverían a ser un paraíso. ¿Pero adónde iríamos entonces? ¿Qué haríamos allí sin casas, sin camas, sin libros, sin llamarnos por teléfono? Para volver al Paraíso, no solo el Paraíso debería revertir; también nosotros.

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    Varios asientos por delante, en el autobús, una mujer se peina. Se pasa lentamente un cepillo por el pelo castaño y espeso, de principio a fin, una y otra vez. No le veo la cara. Tiene una piel espléndida de moreno dorado y una cualidad infantil en las manos. Cuando ha terminado de peinarse, se hace una coleta tirante, la sujeta con una goma y después la recoge con un pasador de cuero. Lo repite todo varias veces y lo deshace, y así lo hará hasta que se apee, como si no hubiese sido perfecto, a pesar de que ha movido los dedos con la atención y la calma de un doctor o un artesano. Yo también viajo absorto, como si estuviese contemplando la ceremonia del té.

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    En el asiento delante de mí, en cambio, van dos hombres monstruosos. Un hombre algo mayor que yo y otro más joven, que quizá sea su hijo. Son colosales y gordos, rubicundos, cuellos cónicos y pelo rapado como púas. Descuellan. El joven lleva una camiseta negra sin mangas, y veo que le crecen pelos rojizos hasta por el mollete del brazo. El mayor tiene unas espaldas como un horizonte. En la parte de atrás de su camiseta pone, en mayúsculas: «They might be giants», sobre un dibujo de colores que el respaldo no me deja ver. Sí, digo yo. Definitely.

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    Dice José María Mellado que 8 bits por píxel son suficientes para visualizar con todo detalle una imagen digital. Y sin embargo, recomienda trabajar con 16 bits. Es una gran cantidad de información que finalmente no va a verse en la foto, pero necesaria antes, si es que uno quiere editarla con calidad. Anda, como en la escritura, digo yo.

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    Se me ocurre que mi problema, de niño, es que era un niño escasamente infantil. (Pero ¿y si les sucede a todos los niños? Pienso que debería buscarme un niño y preguntárselo).

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    En la playa, los árboles a mi espalda y el mar enfrente, a las tres y media de la tarde, he entendido una cosa. El paraíso, mejor que una eterna primavera, es un lugar donde el verano se apaga por siempre, y no se acaba nunca.

     

    [Arena en los bolsillos]

  • Septiembre II

    En esta cala las sombras de la noche caen despacio y mansas como si fuesen del aire, quizá porque no hay otra luz ni otro ruido que el crepúsculo y la calma oscura del agua.

    Por el centro de la cala entra un barco pequeño, muy lento, pegado a la línea de boyas que marcan la canal. De pie en la proa va un muchacho de pantalones cortos y camisa oscura, inclinado con toda su atención sobre el agua; detrás, llevando el barco, un hombre mayor con el torso desnudo.

    El barco recorre la cala como una hoja de seda. Yo miro a los dos hombres desde la orilla y pienso que no puede haber en el mundo una felicidad mayor.

     

    [Septiembre]

  • Septiembre

    En esta plaza del extrarradio hay una rotonda, y en medio de la rotonda han plantado unos cipreses. Hoy el atardecer ha empezado antes; todavía no han encendido las luces. El cielo tiene un delicado color italiano.

    Aquí se empalma con los autobuses que llevan hacia los barrios del sur y con las líneas de metro. A esta hora la plaza, donde la ciudad es más destartalada y dura que en otras partes, está llena de gente que de camino bajo la extraña penumbra suave y los cipreses. Una pareja sale de la boca del metro; la muchacha lleva un vestido verde vivo, sin mangas, el flequillo claro cortado recto sobre la frente. Gira la cara hacia su novio para decirle algo, los ojos alzados, de perfil.

  • Elegíaca

    La apoteosis del verano incluye una nota muerta que señala a su fin. A partir de tal día y hasta que crucemos un meridiano invisible y ya sea completamente otoño, o invierno, y los días de luz se hayan ido a repartirse entre la esperanza y el recuerdo, se extiende mi temporada elegíaca, dolorida y favorita.

    La primera vez que lo vi fue hace mucho, una tarde de sol en agosto. Volvía a casa andando por la sombra y una hoja seca cayó a plomo delante de mí, como si me hubiesen puesto una mano en el hombro. Un soplo de brisa, por la noche; el verde de los árboles, levemente exasperado; el tamaño de una sombra en la arena; el cielo a la misma hora; una cara conocida; un aguacero: entonces fue tan simple como ver caer una hoja.

    Yo me la tomé como un omen, es decir, una catáfora y un motivo para la melancolía; pero años después entendí que la apoteosis necesita esa minúscula gota de ámbar. Lo que nunca he entendido es que, en el fondo, me gustara este tiempo. Hoy he pensado que igual no es tan raro. Como en las despedidas, ese instante de mayor amor por el que se está yendo.

  • En la orilla

    Hace años, en la ciudad donde nací, a alguien se le ocurrió colocar una estatua de Neptuno en lo alto de un peñasco que se adentra en el mar, sobre la playa. Era un dios niño, la figura de un muchacho delgado que sostenía un largo tridente visible desde muy lejos.

    El tridente lo perdió en seguida, y luego el tiempo fue llevándose otros trozos. He pasado por allí y he visto que se ha reducido a un muñón bastante discreto, roído y resobado por el clima del mar, los muchachos de carne y los pájaros.

    Era Neptuno cuando leí la noticia en el periódico, el día que lo pusieron allí; en todo lo demás es un vestigio innombrado que se acomoda suavemente al perfil de las rocas, como un bulto de arena se deslíe en una orilla, hasta que ya no se lo vea más. Lo he visto y he pensado: así trata mi pequeña ciudad a los dioses pequeños.

  • Lemas

    Si este blog lo encabezase un epígrafe a modo de divisa, hace tiempo que yo hubiera puesto aquella frase de John Berger, «Merece la pena correr el riesgo de ser tomado por ingenuo». Y este párrafo de Chesterton:

    No hay coraje alguno en atacar a las cosas caducas o anticuadas, no más que en atacar a tu propia abuela. El hombre de veras valiente es el que desafía a las tiranías jóvenes como la mañana y a las supersticiones frescas como las primeras flores.

    Últimamente, habría añadido esta, luminosa, de C. S. Lewis: «Toda la realidad es iconoclasta».

    Y por fin esta otra, de Juan de Mairena: «Después de la verdad —decía mi maestro— nada hay tan bello como la ficción».

     

    [John Berger, El País/Babelia, 23/09/2000.
    G. K. Chesterton, What’s Wrong with the World.
    C. S. Lewis, Una pena en observación.
    Antonio Machado, Juan de Mairena.]

  • Motivos para creer

    Los escritores políticos más despreciables son los de la prosa lírica. Muchos carecen de instrucción y claridad de criterio, pero la naturaleza les ha dotado del talento de aglomerar adjetivos y nombres en una acreción donde resplandecen amaneceres, dolor, canciones, multitudes, estrellas, pétalos, sudor y humo: una bola de símbolo sin traducción lógica que detona en el cerebro animal del lector y le conmueve con un poder superior al de cualquier razonamiento menesteroso.

    Es el mismo modo de operar de un publicitario o un músico; solo que estamos adiestrados para dudar de la veracidad práctica de esas artes abstractas, mientras que los artículos de prensa pasan por razonamientos, ya que se nos presentan ahí mediante palabras escritas.

    Lo que me preocupaba últimamente era que, un paso más allá, la conversación política parecía migrar desde la palabra a la imaginería audiovisual. Con Una verdad incómoda, de Al Gore, empecé a tener la sensación de que la discusión —política, no ideológica o ética— se estaba yendo del terreno del logos al del mito: es decir, una contraposición de fábulas en vez de pensamientos. Entonces, en nuestra última campaña electoral vi cómo el partido del gobierno se mudaba con frescura de la propaganda a la publicidad y contrataba directamente a la Sra. Rushmore para que vendiese al presidente como un producto. El resultado era estupefaciente: «motivos para creer», «somos más», «no es lo mismo», «soñar con los pies en la tierra», «vivimos juntos, decidimos juntos», etcétera, fueron los eslóganes de campaña. Una bola de emociones sin denotación lógica dirigidas a producir, aglomeradas, una borrosa impresión paralógica. La oposición contestó con vídeos y el gobierno contraatacó con más vídeos, de modo que pudimos asistir al despliegue de una pedagogía política semejante a los capiteles de las iglesias románicas: toscas figuras de rasgos grotescamente hipertrofiados para representarle las pasiones elementales a una muchedumbre sin palabras.

    Uno de aquellos días apareció el Yes, We Can, el vídeo de Black Eyed Peas en apoyo de Obama. Incidentalmente, tuvo la virtud de dejar en cueros al show-business local, que, para su mala fortuna, por entonces andaba justo en lo mismo. Pero lo esencial es que me pareció una pieza de un talento y una belleza conmovedores. Y ahí me he quedado colgado, dándole vueltas, con el expediente todavía abierto. Hoy lo he vuelto a ver.

    Ahora bien: de las muchas cosas que ese vídeo me da para pensar, la política no es una de ellas. Yo caigo rendido ante la gracia del montaje y la luz de esos rostros y esa música, y también ante la idea de civilización y esperanza que lo anima; y sin embargo, preferiría un mundo en que ese vídeo fuese ineficaz como herramienta política, un mundo donde la gente se avergonzara al distinguir que intentaban liarla con las mañas del arte. Porque un mundo donde la política se discuta en el terreno irracional del arte no es necesariamente un mundo mejor: puede ser el ecosistema idóneo para un mal pintor austriaco, pongamos.

    *

    Como en mi post anterior, también esta vez sabía de una manera mucho más eficaz, más rápida y mucho más artística de contar lo mismo que he contado. Se trataba de enviar a una página partida en dos, así:

    Dos vídeos de youtube lado a lado en la misma página

    Con un vídeo a la izquierda y otro a la derecha, y ya. Desistí por varias razones, aunque en el fondo, el caso es que a mí mismo me repelía colocar a la misma altura, pared con pared, a un negro demócrata norteamericano y a un adolescente vestido de nazi. Por lo demás, mientras buscaba copias por Youtube de la extraordinaria secuencia de Cabaret, me encontré con que el espacio de los comentarios estaba infestado de elogios nazis, y así se me fueron del todo las ganas de juegos. Que una falsa canción patriótica alemana compuesta por dos judíos norteamericanos con el fin de ilustrar el ascenso del mal devenga en una exaltación de orgullo nazi es una prueba desoladora del poder transfigurador de la música y la épica y, en general, de las mistificaciones de la emoción y el arte metidas en política.

  • Non sum

    Me encontré sin querer esta página de Amazon que vende la traducción al inglés de Las preguntas de la filosofía (que no he leído), de Fernando Savater. Escrita en un idioma extranjero, perdida de su contexto, la primera frase del libro:

    «Recuerdo muy claramente la primera vez que de verdad comprendí que tarde o temprano tendría que morirme».

    resplandecía como el principio de una gran novela. Así que seguí leyendo y leyendo hasta donde Amazon me dejó leer gratis. A mí me parece que Savater es un extraordinario narrador de ideas, esto es, un gran escritor. Mientras recorría esas páginas de muestra volví a sentir —no me suele pasar a menudo, ahora que me he hecho mayor— que la literatura, esto es, la forma en que se dispone lo que se está diciendo, puede servir por sí misma para generar conocimiento, lo cual me parece asombroso.

    Por lo demás, el final del primer parráfo hizo sonar una campana: la revelación de la muerte a un niño de diez años es, sobre todo, el descubrimiento de su carácter personal. Y en eso pensaba, justamente, cuando escribí hace un par de semanas el párrafo del anacoluto (parece que Savater es un poco más precoz que yo). Se me ocurrió aquella inconsecuencia de la gramática como el correlato visible de una aporía fundamental: la imposibilidad lógica de encajar la muerte en la vida de uno —valga el pleonasmo— vivida en primera persona. Es decir, en la mismísima vida.

    La vida de otros es un relato que concluye en su muerte. «Él fue y un día dejó de ser»: en esos términos, la razón puede responder sin problemas, aunque sin mayor convicción. En cambio, la vida de uno es propiamente la vida. Experimentada, no oída ni vista. Y es esa vida, la vida por antonomasia, aquella que nos sirve para imaginar las de los otros, la que termina en una dislocación lógica por donde no se puede seguir.

    *

    Al final me he acordado de otra cosa. Siempre me estoy acordando de otras cosas que se ramifican y entroncan con mis cosas, hasta el punto de que yo creo que escribo borrando, y no escribiendo. Digo que me he acordado de un epitafio latino que me crucé hace muchísimo, cuando estudiaba latín vulgar, y que me impresionó tanto que nunca no lo he olvidado.  «Quod fueram, non sum»: Lo que fui, ya no soy, le habían hecho decir los romanos al muerto, en su lápida. Algo imposible. Al final, podía haber borrado el post entero y haber copiado esas cuatro palabras que explican mucho mejor que yo todo lo que he dicho.

     

    [El primer párrafo de Las preguntas de la filosofía, en su versión original en español:

    Recuerdo muy bien la primera vez que comprendí de veras que antes o después tenía que morirme. Debía andar por los diez años, nueve quizá, eran casi las once de una noche cualquiera y estaba ya acostado. Mis dos hermanos, que dormían conmigo en el mismo cuarto, roncaban apaciblemente. En la habitación contigua mis padres charlaban sin estridencias mientras se desvestían y mi madre había puesto la radio que dejaría sonar hasta tarde, para prevenir mis espantos nocturnos. De pronto me senté a oscuras en la cama: ¡yo también iba a morirme!, ¡era lo que me tocaba, lo que irremediablemente me correspondía!, ¡no había escapatoria! No sólo tendría que soportar la muerte de mis dos abuelas y de mi querido abuelo, así como la de mis padres, sino que yo, yo mismo, no iba a tener más remedio que morirme. ¡Qué cosa tan rara y terrible, tan peligrosa, tan incomprensible, pero sobre todo qué cosa tan irremediablemente personal.]

  • Escribo en Mices

    Blogger tiene un sistema para conservar borradores, pero yo no lo uso. Por eso, una vez que lo usé (¡en 2005!), el apunte se me ha olvidado, ahí guardado, durante estos años. Apenas recuerdo muy borrosamente lo que cuento en él. Va tal cual; lo he retocado lo justo para hacerlo legible. Es una curiosidad:

    Estoy intentando escribir un post en las peores condiciones, con un teclado extranjero, en una trastienda sudorosa, procurando abstraerme del ruido de las las máquinas de aire acondicionado, de espaldas a una ventana cuya luz perturba la pantalla de ordenador, muy de prisa porque solo tengo unos minutos. Entonces me doy cuenta de que un hombre ha venido a sentarse justo detrás de mí, en el alféizar de la ventana. Eso me pone más inquieto. No porque él pueda leerme (no entendería nada de lo que escribo), pero así todo.

    Miro con disimulo y es un chino, un oriental con una camisa granate. Está sentado con la espalda apoyada en el cristal. Tiene en brazos un niño dormido y mira al frente con imperturbabilidad. Yo vuelvo a mi trabajo, tratando de no notar su presencia en mi nuca.

    Y el hombre se pone a cantar. En voz bajita, suavemente. Insistentemente. Me detengo, dejo de escribir. De ese modo me entra la calma. Y la escena, bien mirada, se vuelve maravillosa. Detrás del hombre hay un patio con un jardín. Los clientes del cíber estamos a nuestras cosas. El hombre está cantando.