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  • Punto de vista III

    Mi sobrino tiene seis años; su hermana, pronto, tres. Van de acá para allá, cantan, cuentan, lloran, salen con cosas asombrosas. Después de mucho tiempo, así han vuelto a aparecer los niños en mi vida.

    Yo me los quedo mirando con curiosidad despreocupada y con cariño, claro, para eso soy su tío. Pero el otro día, de pronto, pensando en el discurrir de su vida, sentí una punzada de dolor por esas cosas de las que no habrá manera de librarlos según crezcan. Y entonces me acordé de cuando yo era niño y levantaba la cara para mirar a un adulto, y aquel aire vago de tristeza que los acompañaba, como el que lleva encima una derrota.

  • Tus actos son mis sueños

    Por la época en que solíamos escribirnos te pregunté por la traducción de unas frases de Shakespeare, del Cuento de invierno, no sé si recuerdas. Con Shakespeare pasa siempre lo mismo: no importa quién anime o malogre una obra suya, ni importa si la peripecia es absurda o bien traída, porque sobre el escenario pasa la voz de Shakespeare como un viento más sonoro que las voces que lo dicen, y encima, es fácil que suceda en cualquier instante un milagro verbal, un deslumbramiento que es puramente lingüístico.

    Yo estaba aquel día sentado en mi butaca como con el culo sobre guijarros, cuando fuera de la oscuridad el rey Leontes gritó: «Tus actos son mis sueños», que en el contexto de la obra hay que entender en el sentido de ‘tus acciones son la materia de mis pensamientos’, una frase de un valor terrible, tanto en su manifestación maligna como en la bella: cuando la vida interior de uno da vueltas alrededor de los hechos de otro, bien como una torturada obsesión o al revés, bien como una fuente de maravilla. Sin embargo, hoy me he acordado de la frase, curiosamente, en su significación literal.

    Ya te he contado alguna vez que desde hace mucho, si sueño, apenas recuerdo mis sueños. Ayer, después de comer, me quedé dormido en el sofá, tapado con una chaqueta. Estaba cansado. Pero me desperté enseguida, al cabo de diez minutos. Soñaba que abría el buzón del portal y me encontraba una carta que llevaba allí un tiempo sin que yo lo supiera. Una carta aérea como las antiguas, de papel, con una orla de rayas azules y rojas y un matasellos enorme de color añil, y era tuya. Entonces me sobresalté y me desperté.

    Vine al ordenador y miré el correo, pero no había ninguno tuyo. Bueno, era normal.

    Ya de noche, andando por la calle, me acordé de que no miraba mi teléfono móvil desde hacía un par de días, y me encontré tu mensaje. Y me detuve en medio de la calle con una sonrisa prodigiosa.

    [HERMIONE
    Sir,
    You speak a language that I understand not:
    My life stands in the level of your dreams,
    Which I’ll lay down.

    LEONTES
    Your actions are my dreams (…).

    Cuento de invierno, acto tercero, escena II.]

    [En sus Notas a Shakespeare, Samuel Johnson dice: «My life stands in the level of your dreams»: to be in the level is by a metaphor from archery to be within the reach.]

  • Cine

    Las razones por las que el cine español es un fracaso artístico y económico están todas en esta carta de Álex de la Iglesia. Involuntariamente, por supuesto.

  • Funciones de verdad

    Los escaparates están ahí para acercarte a los objetos o para separarte de ellos, depende del día. Hoy he visto una tienda de juguetes y maquetas con estanterías de cristal y un mostrador de madera blanca y pequeñas luces numerosas que brillan; después los estuches de grageas de colores lacados y nombres exóticos alineados como joyas en el escaparate de una farmacia antigua; después, en una librería de arquitectura, libretas de papel agarbanzado, tipografías rotundas sobre paisajes de claridad y rectángulos de paraísos racionales.

    Puede que un día yo ande vagando por estas calles grises de un mundo rugoso, sucio, en el que el cristal de los escaparates me separa de otro universo iluminado y perfecto donde personas ajenas viven sus vidas remotas; puede que un día me asome a ellos para participar de la belleza de que es capaz otra gente como yo, vidas simples que incluyen cultivar un prodigio de luz dentro de un redondel como quien hace medrar una maceta.

    De esta clase de cosas habla la literatura, y de no entenderla bien viene el peligro y el daño de una educación literaria. En una navidad dickesiana se ven familias junto al fuego, alegrías sencillas y ponche caliente; en la nochevieja despiadada de Andersen esas mismas ventanas dejan fuera a una niña que va encendiendo cerillas hasta que la mata el frío. No es que una historia diga la verdad y la otra no, ni tampoco que la literatura no esté para decir la verdad, sino que hay que entender cómo entender las verdades que la literatura dice, cuando las dice.

  • Afonismos III

    La vida es una ciudad a la que ya nadie llega para quedarse.

     

    ¿Qué tiene una mosca que decir sobre el mundo?

     

    Si fuese verdaderamente original no lo entendería nadie.

     

    Variaciones: Una verdad es como un templo.

     

    Eximente: Estaba bajo la influencia de un tango.

     

    Sobre un escudo: Hago lo que puedo, que siempre es poco.

     

    Lo peor de la cobardía es que es interminable.

     

    Por si fuese poco no escribir como uno quisiera, encima, convivir con la conciencia de que uno es inferior a lo que escribe.

     

    Si Dios hubiera hablado una vez, seguiría hablando siempre.

     

    [Afonismos II]

  • Lomografía

    Hace un tiempo intenté una serie de posts que llamé Lomografía, porque eso intentaba: reproducir —de palabra— fragmentos de imágenes con que me cruzaba. Enseguida tuve que dejarlo, quizá por un problema técnico inherente al asunto, quizá porque lo mío sea la fotografía de estudio, quién sabe.

    Así todo, he seguido anotando las cosas de la gente con que me cruzo, pero casi siempre palabras, no imágenes.

    Esto son frases que he oído al paso (mayormente en Madrid, aunque no sólo) a lo largo de, no sé, por lo menos un año:

    Dos chicas, de alrededor de veinte años, en un vagón del metro. Tienen aspecto de buenas alumnas. «Yo no aguanto las cucarachas —dice una—. En casa de mis padres de vez en cuando se ve alguna. Me da miedo que se me puedan meter por los oídos mientras duermo, así que me pongo unos algodones. —Se echa a reír—. Para que no puedan meterse».

    En pleno centro de Madrid, una funcionaria cuenta que está haciendo un cursillo de pastora. Andará por los cuarenta y tantos. Tiene un aire un poco triste. «¿De religiosa?» La funcionaria sonríe levemente: «No, sí, sí, de pastora, de ovejas».

    Por los pasillos del metro, una señora va cantando algo que parece una canción infantil, solo que la letra es muy extraña, dice: «Todo va cambiando / a mi alrededor».

    Dos hombres y una mujer, jóvenes, en medio de la calle: «Se ha dicho que soy un yonki y un hijodeputa».

    En el gimnasio, dos hombres se preparan para entrar en la clase de taichi. Uno le está contando a otro una conversación con un tercero: «¿Que así se fortalece tu sistema inmunitario? Entonces come mierda».

    Un señor que está comprando algo en el kiosco: «¿Morirme? Ya lo sé. Cuando me toque».

    En la línea 3 del metro me encuentro al célebre niño de la serpiente sin cabeza. Tiene como siete u ocho años. Está llorando. Su madre me explica que le han regalado una serpiente de plástico en El Corte Inglés; el niño ya venía todo el camino emberrenchinado, y en eso va y pierde la cabeza de la serpiente recién estrenada y entonces ya es inconsolable. Cuando la madre termina el relato, él afirma con fatalismo que jamás se irá del metro hasta que encuentre la cabeza. Un pasajero de acento andaluz le dice: «Entonces te convertirás en el célebre niño de la serpiente sin cabeza de la línea 3». Él no se ríe nada, nada. Los ojos verdeazules le relumbran con las lágrimas.

    En la playa. La madre: «Espera un momento a que llegue tu padre y te vas con él. ¿Dónde se habrá metido el mamón?». La niña: «Yo no quiero ir con papá. Es un guarro».

    Entran en el vagón un chico y una chica y se sientan frente a un hombre de cuarenta y algo que va oyendo música. Los dos primeros dan la impresión de que fueran compañeros de oficina. Él va de traje; ella tiene un aire a una Uma Thurman con la cara más tierna, y al sentarse, sin dejar de charlar con su compañero, ha mirado directamente al hombre de la música y así se han quedado un momento dulce, mirándose. Ella le dice al del traje que su madre no le deja tener gatos en casa, y éste le contesta: «¿No?». Y el de la música: «Yo te dejaría tener cocodrilos», piensa.

    [¿Qué es la lomografía?:
    http://www.lomospain.com/lomografia/lomografia.php]

    [Overheard in New York
    http://www.overheardinnewyork.com/
    es algo parecido a esto, pero mucho mejor. Para llorar de la risa. Aquí, un par de antologías:
    http://www.overheardinnewyork.com/pages/mostpopular.html
    http://www.overheardinnewyork.com/pages/favorites.html]

  • Una historia extraña

    Hoy se me ha ocurrido una historia extraña. Se trata de un hombre que sufre una vuelta de la fortuna y que sobrevive agarrándose al pensamiento de las cosas que aún conserva. Después le llega otra derrota, otro fracaso, y otra ruina, y otra, y él se encierra sucesivamente en su cadena de renuncias, cada vez más inerme y zarandeado, acercándose a los ojos lo que todavía le queda: la salud a medias, el abrigo de lana, el cielo despejado, su mala vista, la habitación en que se guarda del invierno, un insecto al otro lado del cristal, esas cosas.

    El quid del asunto consiste en contrar esta caída por una escalera de miseria como si el hombre fuese crecientemente un héroe.

  • Una parábola

    No hace falta decir el título de la novela, porque la reconocerá quien la haya leído (y quien no la haya leído no querría conocer el final). Habla de un muchacho al que internan en una institución militar para entrenarlo en la guerra. Allí lo hacen combatir con otros como él en simulacros de batallas cada vez más apremiantes y complejas. Los que fracasan son inmediatamente eliminados.

    El protagonista sobrevive a una cruel sucesión de cribas hasta que llega más allá del límite de sus fuerzas. La historia termina en la oscuridad, cuando alguien lo despierta de un pesado sueño de extenuación y lo libera. Él pregunta si el entrenamiento ha terminado y si va a ir a la guerra, y se le responde que el entrenamiento había terminado hacía tiempo; que había librado una guerra verdadera sin saberlo y que la guerra ha acabado.

    Sólo hoy, al cabo de los años, me he dado cuenta del valor simbólico de ese cuento: bien puede ser el cuento de cualquiera. Mientras un joven se prepara para la vida que vendrá, ignora que la vida ya está siendo. Un día despierta y se entera de que lo que tenía que ser, ya ha sido, mientras él no lo sabía.

  • La comunidad civil de los cerditos

    En el país de los tres cerditos no hay asunto más importante que la técnica de construcción de viviendas, como es natural. Uno llega allí y se encuentra en el brete de escoger bando. En abstracto, no hay duda de que la opción idónea es el ladrillo o la piedra, opina el viajero. Pero claro, eso de poco sirve, ya que no se construyen casas en abstracto. Todo depende. ¿Se construye sobre arena o sobre roca? ¿Es una zona sísmica, el país de los cerditos? Porque en ese caso, sería mala idea dejar que varias toneladas de ladrillo y tejas te aplasten una noche en tu cama. Pero antes que nada, decidme, ¿hay en este país bosques, canteras, hornos para cocer la arcilla, es el clima demasiado seco o lluvioso para edificar con paja? ¿Y el lobo? Contadme algo del lobo.
    Los cerditos son gente apresurada: ¿va a vestirse esta camiseta con el emblema de un ladrillo que un cerdito ardoroso sostiene ya entre las manos, o no? Bueno, dice el viajero, yo creo que no es incompatible una inclinación de principio por la construcción sólida con una decisión final en otro sentido. Los cerditos contemplan al viajero como si fuese un monstruo desconocido. Los bandos de los cerditos se muelen a palos. A los cerditos se les llenan los ojos de lágrimas por la memoria de los cerditos que se fueron dentro de sus camisetas. De qué habla éste.
    Lo que quiero decir, dice el viajero, es que la respuesta correcta a vuestra pregunta es «según». Se trata de preguntar a la realidad. Pero no hay camisetas de «según» en el país de los cerditos, que a estas alturas ya no le hacen caso porque cerca de allí ha estallado una reyerta tumultuosa. Dientes rotos, ojos morados, cerditos despeñados desde los puentes y los campanarios. El viajero empieza a desear que todos los cerditos se vayan a tomar por el culo, que se los coma el lobo.

  • Tres consejos

    El otro día me propuso Rosa, la Donna, que colaborase en propagar un meme: tres consejos para ser un buen blogger. Cuando me enteré (porque, a todo esto, en aquel momento yo estaba en la playa) me hizo gracia la idea, ya que me considero desapasionadamente un blogger horrible; tanto, que podría abreviar los tres consejos en uno: no ser como yo (en muchas cosas). Así que he estado pensando en tres virtudes que no haya deshonrado con mi práctica, y me salen estas, que me parece que no están mal:

    Crearse un hueco. Es decir: que uno hable de lo que sabe y le gusta y siga su temperamento, en primer lugar; después, que deje a tranquilamente que los lectores afines se vayan aproximando a su página por simpatía, sean dos o doscientos mil.
    Si lo tuyo son los gadgets electrónicos, el mundo te escuchará y los reyes te llenarán de oro la boca; si se trata de la afinación de clavecines, pues nada, eso te ha tocado: recuerda que en esta vida se puede ser feliz con poco. No creo que sirva de nada forzar las cosas.
    Un extranjero, maravillado, le pregunta a un inglés cómo ha conseguido ese césped perfecto, y el inglés contesta: «Oh, es sencillo: se planta, se deja crecer y se corta cada cierto tiempo durante doscientos años». Más o menos, he ahí el espíritu.

    Esto es una conversación, como dice Portorosa. Toda escritura es un diálogo: eso, que de modo general se puede considerar una verdad metafórica, en el caso del blog es literalmente cierto: constituye su sentido. No creo que sea un blog un sitio donde la voz de un narrador se dirige a unas personas que lo leen, y ya. Será alguna variante de prosa por entregas, pero no un blog. Ni siquiera hace falta contestar los comentarios uno por uno: basta con que se vea que el blog escucha.

    Y luego, una cosa complicada que me cuesta explicar y que yo llamaría algo así como escribir dando. Contaba Monterroso de cierto escritor que al llegar a un país sudamericano, cuando el presidente de la república le preguntó: «¿Y qué mensaje nos trae el gran novelista?», él respondió: «Señor Presidente: yo no traigo mensaje; traigo una factura». Pues algo así. Hay escritores que en vez de un mensaje parece que te traen un albarán.
    Cómo lo diría yo: hay escritores que parecen escribir pidiendo; transmiten la sensación de que el lector les debe algo, sea admiración, compasión, una expiación o una culpa. Su escritura reclama del lector una desazón deudora que en la literatura general no es incompatible con el éxito, pero que a mí me parece desastrosa en esto de los blogs, entre otras cosas porque la lectura de un blog —y esta es otra pecularidad del género— no es obligatoria (lo que no puede decirse de buena parte de la literatura general).
    Lo contrario es escribir dando. Que después de leer a uno acabes sintiendo que ha intentado darte algo que era suyo y que antes no tenías. Incluso aunque entre medias se haya comportado como un comisario, un quejica o un presumido.
    (Donde digo escritores quiero decir gente que escribe; y con literatura general me refiero a cualquier cosa que se comunique por escrito: periódicos, novelas o prospectos de medicinas).

    [La donna è mobile:
    http://la_mobile.blogia.com/
    Un hombre sentado en una silla:
    http://unhombresentadoenunasilla.blogspot.com/
    Augusto Monterroso, Scorza en París:
    http://www.abanico.org.ar/2006/03/monterroso.letrae.htm]