Categoría: Uncategorized

  • Una parábola

    No hace falta decir el título de la novela, porque la reconocerá quien la haya leído (y quien no la haya leído no querría conocer el final). Habla de un muchacho al que internan en una institución militar para entrenarlo en la guerra. Allí lo hacen combatir con otros como él en simulacros de batallas cada vez más apremiantes y complejas. Los que fracasan son inmediatamente eliminados.

    El protagonista sobrevive a una cruel sucesión de cribas hasta que llega más allá del límite de sus fuerzas. La historia termina en la oscuridad, cuando alguien lo despierta de un pesado sueño de extenuación y lo libera. Él pregunta si el entrenamiento ha terminado y si va a ir a la guerra, y se le responde que el entrenamiento había terminado hacía tiempo; que había librado una guerra verdadera sin saberlo y que la guerra ha acabado.

    Sólo hoy, al cabo de los años, me he dado cuenta del valor simbólico de ese cuento: bien puede ser el cuento de cualquiera. Mientras un joven se prepara para la vida que vendrá, ignora que la vida ya está siendo. Un día despierta y se entera de que lo que tenía que ser, ya ha sido, mientras él no lo sabía.

  • La comunidad civil de los cerditos

    En el país de los tres cerditos no hay asunto más importante que la técnica de construcción de viviendas, como es natural. Uno llega allí y se encuentra en el brete de escoger bando. En abstracto, no hay duda de que la opción idónea es el ladrillo o la piedra, opina el viajero. Pero claro, eso de poco sirve, ya que no se construyen casas en abstracto. Todo depende. ¿Se construye sobre arena o sobre roca? ¿Es una zona sísmica, el país de los cerditos? Porque en ese caso, sería mala idea dejar que varias toneladas de ladrillo y tejas te aplasten una noche en tu cama. Pero antes que nada, decidme, ¿hay en este país bosques, canteras, hornos para cocer la arcilla, es el clima demasiado seco o lluvioso para edificar con paja? ¿Y el lobo? Contadme algo del lobo.
    Los cerditos son gente apresurada: ¿va a vestirse esta camiseta con el emblema de un ladrillo que un cerdito ardoroso sostiene ya entre las manos, o no? Bueno, dice el viajero, yo creo que no es incompatible una inclinación de principio por la construcción sólida con una decisión final en otro sentido. Los cerditos contemplan al viajero como si fuese un monstruo desconocido. Los bandos de los cerditos se muelen a palos. A los cerditos se les llenan los ojos de lágrimas por la memoria de los cerditos que se fueron dentro de sus camisetas. De qué habla éste.
    Lo que quiero decir, dice el viajero, es que la respuesta correcta a vuestra pregunta es «según». Se trata de preguntar a la realidad. Pero no hay camisetas de «según» en el país de los cerditos, que a estas alturas ya no le hacen caso porque cerca de allí ha estallado una reyerta tumultuosa. Dientes rotos, ojos morados, cerditos despeñados desde los puentes y los campanarios. El viajero empieza a desear que todos los cerditos se vayan a tomar por el culo, que se los coma el lobo.

  • Tres consejos

    El otro día me propuso Rosa, la Donna, que colaborase en propagar un meme: tres consejos para ser un buen blogger. Cuando me enteré (porque, a todo esto, en aquel momento yo estaba en la playa) me hizo gracia la idea, ya que me considero desapasionadamente un blogger horrible; tanto, que podría abreviar los tres consejos en uno: no ser como yo (en muchas cosas). Así que he estado pensando en tres virtudes que no haya deshonrado con mi práctica, y me salen estas, que me parece que no están mal:

    Crearse un hueco. Es decir: que uno hable de lo que sabe y le gusta y siga su temperamento, en primer lugar; después, que deje a tranquilamente que los lectores afines se vayan aproximando a su página por simpatía, sean dos o doscientos mil.
    Si lo tuyo son los gadgets electrónicos, el mundo te escuchará y los reyes te llenarán de oro la boca; si se trata de la afinación de clavecines, pues nada, eso te ha tocado: recuerda que en esta vida se puede ser feliz con poco. No creo que sirva de nada forzar las cosas.
    Un extranjero, maravillado, le pregunta a un inglés cómo ha conseguido ese césped perfecto, y el inglés contesta: «Oh, es sencillo: se planta, se deja crecer y se corta cada cierto tiempo durante doscientos años». Más o menos, he ahí el espíritu.

    Esto es una conversación, como dice Portorosa. Toda escritura es un diálogo: eso, que de modo general se puede considerar una verdad metafórica, en el caso del blog es literalmente cierto: constituye su sentido. No creo que sea un blog un sitio donde la voz de un narrador se dirige a unas personas que lo leen, y ya. Será alguna variante de prosa por entregas, pero no un blog. Ni siquiera hace falta contestar los comentarios uno por uno: basta con que se vea que el blog escucha.

    Y luego, una cosa complicada que me cuesta explicar y que yo llamaría algo así como escribir dando. Contaba Monterroso de cierto escritor que al llegar a un país sudamericano, cuando el presidente de la república le preguntó: «¿Y qué mensaje nos trae el gran novelista?», él respondió: «Señor Presidente: yo no traigo mensaje; traigo una factura». Pues algo así. Hay escritores que en vez de un mensaje parece que te traen un albarán.
    Cómo lo diría yo: hay escritores que parecen escribir pidiendo; transmiten la sensación de que el lector les debe algo, sea admiración, compasión, una expiación o una culpa. Su escritura reclama del lector una desazón deudora que en la literatura general no es incompatible con el éxito, pero que a mí me parece desastrosa en esto de los blogs, entre otras cosas porque la lectura de un blog —y esta es otra pecularidad del género— no es obligatoria (lo que no puede decirse de buena parte de la literatura general).
    Lo contrario es escribir dando. Que después de leer a uno acabes sintiendo que ha intentado darte algo que era suyo y que antes no tenías. Incluso aunque entre medias se haya comportado como un comisario, un quejica o un presumido.
    (Donde digo escritores quiero decir gente que escribe; y con literatura general me refiero a cualquier cosa que se comunique por escrito: periódicos, novelas o prospectos de medicinas).

    [La donna è mobile:
    http://la_mobile.blogia.com/
    Un hombre sentado en una silla:
    http://unhombresentadoenunasilla.blogspot.com/
    Augusto Monterroso, Scorza en París:
    http://www.abanico.org.ar/2006/03/monterroso.letrae.htm]

  • Abracadabra

    La pulsión por escribir, esto es, por decir lo propio, está en la naturaleza del ser humano, como el amor o la música, de ahí que atraiga a tantos. Ahora bien, en muchos este impulso se cumple de una manera morbosa. Se entiende como una vía mágica hacia otra vida: escribir eso, dar con las palabras justas, transmutará una vida imperfecta en el oro de una vida superior.
    Y no les falta razón, ya que se ven ejemplos a diario en los periódicos. Tal persona ha escrito un solo libro —un libro que además no es nada del otro mundo— y se ha vuelto rica y requerida. Por otro lado, el medio es desesperantemente simple: una serie de frases, una larga hilera de palabras, que, puestas en el orden correcto, funcionan. Todos conocemos las palabras: acierta cuáles son y en qué orden, y está hecho. Ni siquiera es necesaria una novela fatigosa. Tres versos divinos bastan para que tu nombre perdure en la memoria de la especie.
    El tren subterráneo lleva un rato parado entre dos estaciones. Yo no me he traído ni un papelito para leer, ni tampoco mi lápiz de escribir. A solas en el vagón, sin nada que mirar, me aburro. En este mismo momento vacío podría abrir la puerta de piedra: tomar mi teléfono, teclear con los pulgares un mensaje corto y guardarlo. Escribir, por ejemplo, como tuvieron que morir las rosas y Aristóteles.
    Si la cueva de Alí Babá se encontrase notoriamente en el centro de Madrid, qué multitudes se juntarían ante la puerta; se sucederían los que prueban frases, y frases y frases; un murmullo de codicia y esperanza se elevaría sobre esa parte de la ciudad, audible desde lejos.

  • Cómo comportarse en presencia de las cosas

    Antes de introducirte en presencia del rey, te hacen unas cuantas advertencias protocolarias; entre otras, que no le hables si él no se ha dirigido a ti en primer lugar. De esa costumbre la luminosa recomendación de Schopenhauer, capaz de regir todo pensamiento y todo arte: que trates las cosas como si fuesen reyes y esperes a que ellas se dirijan a ti primero.
    [Schopenhauer lo dejó dicho en una de mis numerosas lagunas culturales; Luis Landero lo menciona en un par de lugares de El guitarrista (Tusquets) y yo todavía no he sido capaz de encontrar la cita original. Libro que, por cierto, está lleno de frases estupendas del propio Landero: «Hablaba y actuaba con la dulzura y el aplomo de quien ha llegado a la madurez sin guardarle rencor a la juventud y a sus promesas incumplidas»; «ahí descubrí yo lo que puede llegar a valer un hombre si él mismo pone el precio». Y así. Mejor leérselo entero.]

  • El enigma del prisionero

    Un prisionero está sentado en el camastro de una celda sin ventanas. Hay dos puertas idénticas. Una de ellas —no sabe cuál— lleva a una muerte inmediata. La otra conduce a un pasillo de longitud indeterminada en cuyo último recodo también espera la muerte. Si el prisionero se queda quieto, igualmente muere.
    Esa es la pregunta.

  • El hombre lobo piensa en ese tema

    En el recuerdo, aquí tumbado, puedo ver la figura de tu vida y ahí las huellas de mis dedos. Las reconozco, y sin embargo no consigo razonar mi culpa. Cómo pedirle a un hombre responsabilidad por las consecuencias de su biografía en un mundo estocástico que revienta cualquier cálculo en la secuencia de efectos y causas.
    Ahora bien, según dicen, no debería razonar así, ya que a un buen comportamiento no se le pide un cálculo fino de sus consecuencias. Precisamente, uno se conduce con un criterio moral porque ya no puede distinguir a un par de metros los efectos de sus actos. Tal es la razón de la ética. Por eso debe bastar con haber sido honesto en principio.
    ¿Y lo fui? Qué sé yo. Por confuso que resulte el mundo, mi interior es una larga noche. Yo qué sé si actué o no actué de forma moral. Aún podría decir que lo hice lo mejor que pude; pero no, no estoy seguro de haber actuado cada vez con buena voluntad.
    Preguntarme sobre mi buena voluntad me lleva otra vez al mundo. ¿Qué es lo que hice? Como el licántropo, uno se despierta al mediodía y mira alrededor con temor y suspenso. Si las ropas están rotas, si hay rastros de barro en las bocamangas o en las uñas, si dice el vecindario que se echa a alguien de menos.
    En la forma de tu vida están mis huellas, y yo soy el que cree que no tengo otro remedio que sufrirlas. Que un hombre no vale la pena si no se atreve a mirar el peso de sus obras en las vidas de otros.
    Respiro con felicidad y con alivio. Al fin y al cabo, tu vida es buena.
    [«Eso es todo lo que puedo hacer —dice el licántropo—, y que Dios me perdone. Es curioso: creían en un Dios necesario para castigarnos y se equivocaban; Dios era necesario para absolvernos»).

  • La revelación

    Se dice que todo cuento relata un cambio en la vida o bien un momento de comprensión. Lo que difícilmente puede contarse en un cuento es que ese momento de comprensión, en la vida real de un lector de libros, muchas veces sucede precisamente en un libro. No se me ocurre describirlo de otra manera que con esta imagen: al cruzar un párrafo o un verso, salta un fogonazo deslumbrante.

    Quizá mi mayor deslumbre me lo encontré en este párrafo de Borges:

    La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético.

    El otro día volví a esta cita casi por casualidad. Se me ha ocurrido compartirla, es decir, mostrarla, y nada más, porque no hay nada que yo pudiera añadirle. Salvo dos notaciones marginales:

    Primero, su curioso isomorfismo: ella misma tiene las propiedades de lo que declara, la inminencia de una revelación que no se produce.

    Y en segundo lugar, su modestia —no sé si deliberada o inconsciente—, ya que alcanza mucho más que el hecho estético. Podría convenir a la literatura entera, a la filosofía, a la tarea de pensar; podría ser cifra de la condición humana.

     

    [Al final de «La Muralla y los Libros», en Otras Inquisiciones.]

  • Avellana: su cuaderno de viaje VII

    La cascada del río Treca ha formado a su pie una poza redonda, y allí es donde vive el gran animal perdido del mar. Las gentes de la región le llevan de comer, le arrojan guirnaldas florecidas, los domingos por la mañana le cantan poemas y a todas horas lo colman de honores, al gran animal triste.

     

    En todo el país cesará la pestilencia cuando se dé justicia al culpable. Entonces el rey del país designa al culpable. La pestilencia no acaba, de modo que se designa otro, y otro. Cada día designa un culpable el rey de aquel país.

     

    En Rudelia desconocen su propia bandera. Todo son hipótesis.

     

    En el pueblecito de Viloé el filósofo arma en su imaginación figuras geométricas complejas y llenas de conocimiento; cuando tiene una concluida —la tarea es larga—, la coloca mentalmente sobre el cielo, la deja suspendida allí y se vuelve hacia sus adentros a meditar otra nueva, lo que exige una concentración perfecta, porque en un momento de descuido podrían venírsele abajo las que lleva hechas.

    Esto es así desde el punto de vista del filósofo. El que se detiene a mirar ve un hombre calvo con taparrabos, cagado por los pájaros, quieto como una piedra las noches y los días a la entrada de una cueva.

     

    Todos quieren volver otra vez en su vida a Bicena; por eso una mañana luminosa los viajeros se llegan hasta el puente de Levante, que tiene nueve ojos —uno por cada mes del año— y es querido por los pájaros, y arrojan monedas de oro y plata con los rostros de reyes remotos, piedras preciosas de todos los tamaños y joyas labradas. Después, los viajeros se acodan en el pretil, miran la corriente y por un instante piensan en su vida. El lecho del río relumbra al sol de la mañana bajo el agua clara, pero nadie ha tomado nunca la más minúscula pieza, ya que los nativos creen que ese tesoro es la dote de una mujer a la que esperan. Y quién querría ser expulsado para siempre de Bicena, arrojado para no volver a ver más su puente de nueve arcos, sus mañanas alegres, el modo en que se despliega el futuro resplandeciente, el río de cristal y oro y las voces de sus pájaros.

     

    [Avellana: su cuaderno de viaje VI]

  • Sueños

    Nunca se me ha ocurrido preguntar si es algo que le pasa a todo el mundo o si se trata de una rareza, pero el caso es que a lo largo de mi vida yo he soñado algunos sueños muy importantes.
    Mis sueños categóricos, fundamentales, han sido tres. Una noche como otra cualquiera me dormí; al despertar tenía la sensación de haber sido parte de un milagro. Y aunque hayan pasado tantos años desde el último, lo curioso —o lo infantil, o lo entrañable— es que muchas noches me acuesto, apago la luz y me tapo con la esperanza de que me llegue otra vez una experiencia prodigiosa, un sueño desde el lugar en donde viven los dragones y los ángeles.