Categoría: Viajes

  • El mundo

    Este señor ha dedicado su vida al arte del origami. Vive solo; es un hombre sin familia. El salón de su casa lo ocupa una ciudad de papel rodeada de blancos campos ondulados y nubes en lo alto. No hay detalle que no asombre por su perfección minuciosa. Cada pieza de papel está animada con un pequeño movimiento que recuerda a la vida.

    Una noche desapacible, el autobús en el que vuelve de su oficina se sale de la carretera y cae al agua en la boca de la ría, y así desaparece el hombre. En el piso deshabitado, la ciudad de origami repite a solas sus gestos. Los coches están detenidos en los semáforos intermitentes; las figuritas de personas parecen ir y volver a sus tareas; dos barcas se cruzan bajo un puente; las nubes surcan de un lado a otro el techo de la habitación; revolotea una bandada de palomas.

    En el cielo del mundo verdadero pasan los días y a través de las ventanas de la sala los crepúsculos colorean de rosa las alas de las grullas y las hojas blancas de los árboles. En la ría, los juncos tiemblan con la brisa. Una carpa dibuja un redondel en el agua.

     

    [Grulla]

  • La afasia

    En un pueblo rodeado de trigales, un día a principios de marzo comienzan a faltar las palabras. Los que van a hablar se detienen en medio de una frase corriente, tropiezan, tartajean, farfullan, enmudecen. Cuando descubren que lo mismo les ocurre a todos, salen corriendo hacia el silo de las palabras, que está a las afueras, junto al río.

    La puerta yace en el suelo, derribada por un golpe desmedido, con los candados aún colgando de la madera astillada. Dentro, por el suelo, quedan esparcidas algunas palabras pequeñas: farrapo, migaja, chirivín; poco más. El silo está vacío.

    Así no se puede vivir. Al día siguiente, por señas, deciden formar una cuadrilla y salir a buscar sus palabras. Cada cierto trecho encuentran algunas, tiradas aquí y allá, que han debido de caerse del botín. También se cruzan con árboles tronchados, con rescoldos de fuegos recientes. Se miran. Estaba claro que había sido el dragón.

    La vieja bestia codiciosa. Espían el palacio en ruinas que le sirve de guarida hasta convencerse de que no está dentro. Entran de puntillas. Lo que descubren es un tesoro de palabras apiladas y desparramadas por los salones de altos techos. Algunas relumbran como estrellas. Las suyas están junto a la entrada, recién descargadas, amontonadas encima de otras. Las recogen a paletadas, ensacando a espetaperro, temerosos del dragón.

    De vuelta en el pueblo, ya a salvo, se celebra en la plaza un concejo abierto que dura dieciséis horas. Todo el mundo pide hablar y se explaya con espacio, bien a su placer. La conversación prende en corros. Es una logorrea exuberante. Embriagados de oratoria, saborean las nuevas palabras extrañas que se han traído mezcladas con las suyas. Algunas arcaicas, otras enjoyadas, caprichosas, o absurdamente precisas, o rarezas de idiomas remotos, invenciones. En los siglos venideros, la lengua de este pueblo será el asombro de la filología.

  • Entrar en el paraíso

    Durante años, muchas noches me iba a la cama diciendo: «Ojalá sea esta noche y venga otro sueño como aquellos», porque algunas mañanas me había despertado transfigurado por sueños extraordinarios, tiempo atrás. Pero nunca volvieron; ni una sola vez conseguí convocar o propiciar un sueño.

    Este primero de enero hubiera querido soñar que sacábamos hielo puro y agua de un pozo en la tierra y los bebíamos. Y con el agua que quedaba en una palangana nos lavábamos la cara y nos frotábamos los ojos, que se aclaraban, se agrandaban y veían hasta más allá de los límites de este tiempo. Veían promesas y bellezas como paisajes en la distancia, y no temíamos nada.

     

    Me gustan las canciones con una estrofa de prólogo. Me gusta cuando Annette Hanshaw dice «That’s all!» al final de las canciones. Me gusta la espuma del café, las guirnaldas de luces, los versos octosílabos. Me gustan casi todas las cervezas, hasta las malas.

     

    Me gustan los recuerdos de la gente mayor. Hablan, y lo que importa es lo que hay detrás de los ojos; esa mirada que va hacia adentro, esa mirada ida, que no está en la misma habitación que los presentes, como si mirase a la mismísima verdad de la existencia.

     

    Me gusta la noche de Reyes. Me gusta el recuerdo adulto de la noche de Reyes. Me gustan las estrellas. Me gustarían las estrellas y sus nombres aunque no existiesen, aunque se las hubiese inventado una tradición o un poeta legendario.

     

    Me gustan cosas que existen y cosas que no existen. Y luego están las cosas que me gustarían aunque no existieran (el matiz es importante). También están las cosas que antes no me gustaban tanto y ahora sí (la arquitectura de hormigón, el vino tinto, los últimos cuartetos de Beethoven). Las cosas que no sé que me gustan. Las cosas que acabarán gustándome algún día.

     

    Unos arqueólogos descubren el palacio enigmático de una civilización perdida. Sus paredes les hablan con una voz despaciosa y amable, porque esa virtud supieron darles sus constructores, en la cima de su oficio.

    Pero lo que aquellos arquitectos no podían saber es que con el paso de los siglos el ser humano habría perdido el oído para ese rango de frecuencias en el que las paredes hablan. Los arqueólogos se devanan los sesos, recorren las galerías, conjeturan. Mientras, las paredes gritan. Ellos están sordos.

     

    A las tres de la mañana de la noche de Reyes me fui a dormir. Pasé por delante de la ventana. Todo estaba Iluminado por la luna. El cielo limpio, sin nubes, lleno de estrellas. Hacía frío. Pensé que el mundo estaba bien.

     

    Escribe Michaux: «No, sí, no. Sí, claro, me quejo. Incluso el agua suspira al caer».

     

    Entrar en el paraíso es muy difícil, todo el mundo lo dice. Si no has llevado una vida perfecta, desde la misma cancela de entrada caes al purgatorio. Allí te preparas para el examen de vuelta. Estudias varios meses una flor, para empezar. Te acostumbras a los martes. Oyes llorar a un niño 29 días seguidos sin impaciencia. Ves caer los aguaceros sobre las grandes llanuras del purgatorio. Aceptas los cuentos incompletos. Te gusta nadar en el mar frío. Llegas hasta los límites de la gramática, allá donde se difumina en páramos neblinosos. Escuchas a las hojas sin contradecirlas. Sabes llevar la cuenta de las olas. Te duermes y te despiertas canturreando canciones desconocidas. Te haces a todo y estás de lo más bien. No te presentas al examen para el paraíso; ni te acuerdas.

     

    [Henri Michaux, Poemas escogidos, Visor. La traducción es de Julia Escobar.]

  • Octubre

    Octubre se ha consumido en su propia luz, como una barra de incienso.

    Desde el jardín aterrazado se ve el mar. En una mesa de ajedrez de piedra, debajo de los castaños, están dispuestas las piezas de una partida de ajedrez inacabada. Hay hojas secas entre los escaques. El salitre ha herrumbrado las verjas. La playa, a lo lejos, está cubierta por la bruma de las olas. En el porche de la gran casa un perro traslúcido yergue las orejas en medio del sueño: un estremecimiento de la brisa ha levantado una ráfaga de hojas.

     

    Los fantasmas, entre sí, jamás se tutean.

     

    Una tarde, al despertar de la siesta, había llegado el otoño.

     

    Callado, prudente, este fantasma es tan sutil como era en vida. Odia llamar la atención. En su casa encantada se oye un crujido de la madera; al rato, un suspiro, o se agita una cortina. Un lejano olor triste, quizá, el roce de un cabello. Eso es todo.

     

    Creía que los recuerdos serían pan del futuro, pero son cenizas del pasado. Ceniza de los días que ardieron.

     

    Octubre es la primavera de los muertos.

     

    El fantasma vive en un otoño del ser. Los sonidos se acolchan. La madera y los colores se reblandecen. El verde parece mitigado; el rojo, granate; el azul, violeta; ocres los amarillos. Las sombras son profundas y llenas de matices. Al fantasma le conmueve la música: un golpe con los nudillos en la caja de un instrumento y el alma vibra como una cuerda de violoncelo.

     

    Alma. Los fantasmas tienen alma, y es doblemente aérea, más transparente. Le falta densidad para apelmazarse, de modo que se van perdiendo partículas de alma en el aire. Algunas veces el alma se rarifica tanto que desaparece. El fantasma deja de existir; solo queda una especie de eco espiritual, borroso como un viejo temblor del aire.

     

    El fantasma mira desde la ventana la larga playa atlántica batida por las olas. A veces sueña que sus piezas del ajedrez —las blancas— están hechas de arena húmeda, como los castillos de playa. Al ir a moverlas, sin importar el cuidado, se desmoronan.

    Han dejado de oler las rosas. El perro se pierde durante días. Aparecen fantasmas en los textos que escribe.

     

    Los fantasmas van a otra dimensión y parte de su mundo va con ellos. Eso explica a menudo su extraña actitud, porque allí, por ejemplo, en ese momento el fantasma está mirando unas flores que son invisibles para los vivos, o está sentado escribiendo un diario, pero solo se le ven los gestos. Él, por su lado, no distingue su mundo del vuestro, que entrevé, empalidecido.

  • Los días

    Acaba de ponerse el sol. Queda solo la limpia luz de oro, el rescoldo del día. El cielo amarillo, blanco, azul, violeta.

    ¿Cuánto valía esta tarde que se ha ido?

     

    Imagina que las páginas una vez leídas cayesen hacia el pasado para siempre, como los días. Que cada párrafo se deshiciese consumido por los ojos, que al volver una hoja solo quedase el banco del papel. Que no se pudiese releer, salvo de memoria.

     

    La lectura es lo más parecido a una vida que pudiera vivirse de nuevo.

     

    Yo creo que mi pregunta fundamental, a estas alturas, es si quiero encontrar formas o si quiero crearlas. Digo formas —lo escojo con cuidado— por no decir belleza, ni orden, ni sentido, que eran las primeras palabras que se me venían a la mano. (Figuras sería una buena palabra también). Porque es difícil usar sentido, orden, belleza sin prefigurar una realidad superior, sin que parezca que uno echa a andar a redimirse.

     

    Las hormigas de mi terraza hacen su vida y yo la mía, aunque las dos a veces se cruzan.

    Comúnmente, se considera que los animales pequeños sueñan con cosas pequeñas y los animales grandes con cosas grandes. Excepto la hormiga, que es grandiosa en proporción a sus sueños. Sueña con selvas, con atardeceres, con galaxias, con vastos vientos tibios, con el destino.

     

    Los días son más importantes que los libros. Aunque para saberlo —para llegar a esa experiencia de los días— yo he necesitado los libros.

     

    Las hormigas miran las estrellas. Creen en hormigas de luz, brillantes allá arriba, en aquel espejo oscuro.

     

    Almanaque: del ár. hisp. almanáẖ ‘calendario’, y este del ár. clás. munāẖ ‘alto de caravana’, porque los pueblos semíticos comparaban los astros y sus posiciones con camellos en ruta (DLE).

     

    Algunas especies de hormigas: hormiga acróbata, hormiga cabezona, hormiga loca, pequeña hormiga negra, hormiga casera apestosa, hormiga fantasma, hormiga de fuego.

     

    Un sol fresco, un viento suave, razonables tardes de luz, noches tranquilas. Muchos días de septiembre no se distinguen de la primavera, sin razón para la melancolía. Bastaría solo con no saber adónde van.

    Pero vivir así, sin saber, en un presente interminable, es una fantasía. También estoy hecho de tiempo, y eso no puedo arreglarlo.

  • Entonces

    Mi madre se ha levantado de la cama. Está sentada en la silla, mirando hacia la ventana, por encima de los tejados, al trozo de mar que asoma al fondo. Llevamos un rato en silencio. De pronto, dice: «¡Cuánto duraban los veranos entonces!».

    Así es, madre; yo lo recuerdo. El verano era eterno. De mañana las cortinas blancas se sacaban por las ventanas para que ondeasen al viento como banderas. Por la tarde, la gente salía de paseo a mirarlo detenidamente todo, como el que vuelve a casa después de mucho tiempo fuera.

    Cada día era nuevo, como arena sin pisar. Los barcos voladores surcaban el aire, ligeros y claros. A los niños nos dejaban jugar en la playa a medianoche, persiguiendo bajo el agua fosforescente a los peces nocturnos. Los más mayores se sentaban en el muelle a morir de amor y a contarse sus sueños.

    La autoridad sabía que el mundo estaba incompleto, de modo que se dejaban despejados los solares donde iba a crecer el futuro. La filosofía sostenía que el paraíso era un tiempo.

    Se organizaban regatas de traineras. Se vendían luciérnagas amaestradas, sueltas o por docenas, para jugar en el jardín o en la oscuridad de las habitaciones. Se plantaban cuentos en macetas. Había limones azules, amarillos por dentro, de sabor picante. Una especie de ciruelas con una cáscara blanca, quebradiza. Cerezas rosa pálido, uvas amelocotonadas de piel de terciopelo, plátanos con un leve sabor especiado, mangos de nieve.

    No era indecoroso bañarse desnudo.

    Toda biografía se cerraba como un círculo; toda vida acababa en el lugar del comienzo.

    Al final del verano la piel de los brazos estaba salada y oscura. Era tan largo el verano, que no había herida sin curar: cualquier tiempo infeliz quedaba ya muy lejos.

    Así eran los veranos de entonces, sí, madre.

  • Tardes de junio

    El día entra en la noche como el nadador en el mar de verano. La luz no se va; resplandece en el fondo del cielo oscuro como la corriente fría se queda en el fondo del agua.

     

    Se levanta una brisa que viene del horizonte, y dentro del pecho uno siente moverse las hojas.

     

    «¿Os acordáis de cuando el verano era nuevo?», dirá el insecto efímero. Se refiere a los primeros días de junio, frescos; a las nubes lanudas y blancas, a los árboles que tremolaban en la mañana, a la luna llena. Para él, un mes es una época.

     

    Al caer la noche posé dos libros en el suelo de la terraza. Al rato los recogí y estaban tibios como un cuerpo vivo.

     

    Cuando yo era niño, en las portadas de ciencia ficción salían cielos así. Limpios cielos de epopeya, azules, puros, añiles, claros por el horizonte, naranja pálido, lavanda y rosa, campos infinitos de esperanza. Tan inmenso lo posible.

     

    Hay gente con propensión a creer, esto es, a dejarse deslumbrar por una idea: los fanáticos y los ilusos. Yo soy de los ilusos. Para el iluso de corazón, el mundo está inacabado. O está acabado, pero aún no se ha mostrado entero, no se ha terminado de contar.

     

    En la ciudad de Ambalong hay tres mil templos, pero solo uno del dios verdadero y nadie sabe cuál es. Un hombre pide por la salud de su hijo, de rodillas sobre el suelo de piedra. Desconoce si se dirige un poder bondadoso o si está en la morada de un loco alucinado, un payaso, un ladrón vano. Uno entre tres mil. El hombre reza y llora, la cara aplastada contra el suelo.

     

    Media vida se vive como una épica y la otra media como una lírica. Al menos, según mi experiencia.

     

    Aquella época del mundo. Cuando cada día es una esperanza; cada libro, un viaje; cada noticia, una puerta.

     

    Lo que alguna vez me dolió se ha curado. Lo que me va a doler no está hoy aquí. Ojalá estas horas de eternidad durasen siempre. El cielo, la luz de la tarde, los vencejos, el viento de verano.

  • Diario

    Este blog es un diario. En realidad, casi todo es un diario. Una agenda. Una hoja de excel. Un fotógrafo minucioso. Las rayas que hace un preso en su mazmorra para contar los días. Los anillos de los árboles, por supuesto. Los acantilados mordidos por las mareas. Los anales de bambú. Alguna canción de Jacques Brel. Las lápidas del cementerio de un pueblo pequeño. La máquina limpiadora que criba la arena de la playa. El calendario astral de una civilización perdida. El ornitólogo que graba la música del mirlo. La piel. La precesión de los equinoccios. Los que ven crecer a sus hijos. Los fósiles de conchas en la roca caliza. Los cráteres de la Luna. La memoria de un ser imaginable que mire las nubes y se acuerde de ellas, de sus transformaciones y sus formas. Una vida.

     

    Este blog es un diario porque en él cuento lo que me ha pasado, por lo común de mes en mes. Antiguamente, inocentemente, yo creía que la caída de un libro desde una balda pertenecía a otro orden que una idea, puesto que una era la vida y la otra versaba sobre la vida. Hasta que un día comprendí que ambas suceden juntas aquí, en esta Tierra que circunda esta galaxia que navega; aquí y en ninguna otra parte; aquí donde se ha caído con un plof un libro o yo he imaginado un pez o yo he sentido.

     

    El murio es un pez melancólico de aguas frías. Sus pensamientos lo lastran. Cae hacia las capas inferiores de agua, allí donde el alimento es escaso y solo llega una luz pobre. El murio se arrastra por las piedras del fondo, miserable.

     

    Una vida es un diario. Tamaño 1:1.

     

    Este blog es un diario. Ciertos meses uno de los hechos se hipertrofia y lo ocupa entero; pero, si no, se intenta que haya un pensamiento, una mentira, una cita, un sueño, un recuerdo, una enumeración, una estrella. Si falta alguna de esas cosas, vale sustituirla por un pájaro. Aunque muchas veces pongo el pájaro solo por gusto.

     

    Leído en un cartel: «Corte para jubilados. 5€». Y me ha dado muchísima ternura.

     

    La extravagante belleza de los pensamientos de Wittgenstein: «Se debería mantener la profundidad en la magia».

     

    Unos extraterrestres poderosos aterrizan aquí al lado de casa, con gran aparato. Se apean dos y me interpelan: «¿Por qué usáis el mismo término para designar esas vastas bolas de fuego que son la luz del universo y un pequeño equinodermo que yace en la penumbra de vuestros suelos marinos?». «¿Estrella? Eh… Porque, en cierto modo, en nuestro cerebro son semejantes». Uno de los extraterrestres se queda mirando al otro con una expresión de estupor y maravilla, como diciendo: «¿Tú lo estás viendo?».

     

    ¿Qué no es un diario? Los hoyitos de las gotas en la arena cuando empieza la lluvia. Las figuras incesantes de las nubes si no hay un ser capaz de recordarlas. Las fresas. Una ciudad de la que solo queda su nombre en una tablilla de barro. Una tormenta que se levanta en mar abierto. Las partes blandas del cuerpo de los fósiles, que no dejan rastro: su hígado, su piel, sus merecimientos, sus sueños cuando dormían.

     

     

    [La cita de Wittgenstein, en Observaciones a La Rama Dorada de Frazer]
    [Noviembre]

  • Avellana: su cuaderno de viaje X

    La ceremonia vespertina de los pájaros

     

    Les echan comida a los pájaros en un campo de arcilla aplanada. Arroz cocido con azafrán, dados de pan verdes y rosas, semillas como pétalos, bolitas transparentes, estrellas tibias de olor de tierra. Los pájaros bajan a la caída de la tarde. Se posan sobre la arcilla. La gente calla y contempla la majestad de las aves de plumas irisadas, o níveas, o azules y fucsias, de cuellos largos y crestas de ángel. Solo aceptan bocados perfectos. Abren las alas enormes, como el velamen de un barco celeste. Se pasean entre los trozos de comida y la desprecian. Uno de los pájaros se acerca a un mendrugo aquí, otro se fija en una bolita allá, pero no los prueban. No importa. El pueblo los mira en silencio. De pronto, uno levanta el vuelo. Todos los demás lo siguen, hacia lo lejos, a lo alto. Casi se ha hecho de noche. La multitud se dispersa.

     

    [Avellana: su cuaderno de viaje IX]

  • En la ciudad al final del invierno

    Durante unos años he hablado de la ciudad, la he recordado, la he buscado en los mapas; así que ahora que camino por sus calles es como un escenario o un sueño.

    *

    En Zistrias, la gente ofrenda sus hijos a los dioses desconocidos. Un día, los dioses aparecen y los reclaman.

    *

    Mi tiempo, cada vez más acelerado. Ningún viaje es demasiado largo; no me importan las salas de espera; el triste invierno ha sido un pestañeo. Mi conciencia tiene la calidad de un arroyo. Mi alma, la duración de un insecto.

    *

    Una vez, en el metro, iba una madre con su niño, sentado en una silla de paseo. En la cesta bajo la silla llevaban una caja de fresones. La madre se acuclillaba, tomaba un fresón grande, rojo, le quitaba el cáliz verde con los dientes y pasaba la pulpa carnosa a la boca del niño. Cuando hablo de fresas me viene a la cabeza esa escena corriente, que no se me olvida.

    *

    Todo lo que creí juicios sobre el mundo eran estados de mi ánimo.

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    A., por Venecia, con una bolsa de fresas en la mano. Le fragole.

    *

    Las personas inteligentes, me doy cuenta ahora, no lo son porque ellas sí entiendan una proposición intelectual o artística inaudita. Es que soportan la incertidumbre de la incomprensión sin enfadarse. No la desprecian; e incluso a veces la abrigan.

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    Una mujer, una mañana: como un milagro dentro de un milagro.

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    El fondo no es el blanco de la página. En el blanco de la página no hay nada. El fondo sobre el que se escribe el relato de unos hechos está compuesto por las expectativas del lector, lo consabido. Uno escribe como si pintase encima de lo que no hace falta decir.

    Las armas atómicas rusas están ahora mismo en alerta mientras yo hablo de ciudades y fresas al final del invierno. Pero la ciudad meláncólica ha tejido sus bordados de piedra entre el comercio y la muerte, y los claros muros crepusculares sobre las aguas verdes de la laguna se han levantado entre siglos de pestes y guerra. Hoy es como como cualquier otro día.