Irene está en la azotea de su casa, acodada en el antepecho, este día de invierno, a la hora del crepúsculo. El cielo ha virado a rojo y negro, tan temprano. Una paloma torcaz se balancea en la copa de un olmo a un par de metros de ella. En cuanto Irene dé una voz, la paloma va a asustarse y a levantar el vuelo, y el revoloteo alborotará un nido de cotorras argentinas. La barahúnda de las cotorras espabilará abajo en la calle al chico absorto de la pastelería, que se acordará por fin de una llamada que tenía pendiente. El señor que entra a recoger una tarta de cumpleaños para su sobrina debe esperar dos minutos a que el muchacho cuelgue, con lo que el bus se le escapa por muy poco y tiene que parar un taxi, que sube doscientos metros, gira a la izquierda por la calle Nombrelas y casi atropella a un gato negro, que se escurre en el último instante. Ahí en medio de la acera lo ve Raúl, que para no cruzarse con un gato negro decide meterse en el mismo bar que tiene al lado.
Irene, acodada en su azotea, lo conoce, a este Raúl: coincidieron en una oficina siendo becarios y se cayeron bien. Si se encuentrasen en ese bar, se acabarían liando y con el tiempo tendrían una hija que se llamará Marina y un niño que se llamará Daniel. Harán viajes en vacaciones y discutirán y se traerán recuerdos que para cuando ellos no estén ya no tendrán sentido. Pero para que todo esto ocurra, Irene tiene que gritarle a la paloma ahora mismo, ya. La paloma cimbrea su rama, apaciblemente.
«¡Eh!», grita Irene. Se da media vuelta, cierra la puerta de la azotea y baja las escaleras sin prisa, cada paso una consecuencia y una causa.
