• El pasado

    En la antigua Mesopotamia, a falta de piedra o de madera, se construía con ladrillos de barro sin cocer. Como es un material desmoronadizo, las casas iban decayendo; al final las derruían, aplanaban los restos y allí mismo levantaban otra casa nueva con la misma técnica. La repetición de esta costumbre a lo largo de los años acabó por crear unos montículos, los tels, que hoy indican a los arqueologos dónde excavar.

    Esa era la metáfora de mi biografía: cada parte de mi vida, una capa de experiencias trituradas, cimentadas, vagamente perdidas, una sobre la siguiente como escalones por los que se sube hasta hoy. Pero la imagen no es cierta. De vuelta en la ciudad en que crecí, veo que los restos del pasado perviven casi enteros en la oscuridad. Las cosas como fueron —o, mejor, como me fueron— guardadas en trasteros o en cajones, apenas rotas, al otro lado de una puerta vieja. Ahí sigue todo, igual que un juzgado memorioso capaz de conservar actas de afrentas antiguas, querellas minuciosas, aborrecimientos, cariños. Como el olor mohoso de las calles en cuesta, el gris del cielo pulverizado por la llovizna, ese acento de pescadores con el que oigo hablar a los niños, por nombrar algo más concreto.

    El pasado es igual; yo no.

     

  • Noche de verano

    Una noche de este fin de semana estaba sentado en el andén del metro mirando mis mensajes en el teléfono: mis amigos me contaban nacimientos, viajes y muertes. Hacía un calor inaudito. Alrededor, la vida desorbitada de la ciudad, hirviendo. Levanté la cabeza y pasé un rato pensando en cómo traer la noche aquí, pieza por pieza, mediante una sola enumeración.

    Pero últimamente todo lo que escribo son enumeraciones. Aparte de un vicio de estilo, quizá se corresponda crecientemente con el mundo tal como se me presenta. Que está ahí, innumerable, ajeno a la comprensión, repleto de asombro y como murmurando algo muy grande.

    Así yo pongo cosas sobre un campo blanco, y creería que de ese solo juntar se genera una vibración; una relación entre las cosas; una gravitación invisible. Me parece un método tan natural que me miro ahora y no recuerdo por qué alguna vez quise crear, esto es, añadir cosas al mundo, como si fuese poco.

    Esa sabiduría o esa derrota —no sé— me ha traído el tiempo: que me importen más los hechos que los actos.

  • Quién hubiera tal ventura

    … sobre las aguas del mar. Una historia antigua.

  • Madrid

    Los últimos callejones de Madrid acaban en los campos. Son llanuras ocres y grises, ondulaciones ásperas que llegan hasta el horizonte y en las que se espesan fácilmente las espigas. Una tierra seca bajo una luz pura. 

    Aquí, a solas, de pronto creo que la comprendo. Madrid es estos campos terregosos a los que se les ha superpuesto el fantasma desvanecido de una ciudad. El trazado de las calles sube y baja repechos y lomas, la autopista está dibujada sobre el antiguo cauce de un arroyo, una avenida traslúcida sigue la hilera de bardas entre dos parcelas. La silueta incandescente de las cañas resecas, dorada y roja, resplandece a contrasol igual en un sembrado que en una cuneta.

    Ahora entiendo que la verdad de Madrid es esta tierra callada sobre la que flota el espejismo y que la ciudad y los todos los que vivimos en ella mereceremos un día haber sido un sueño.

  • Afterglow

    Se acaba la tarde; casi ha anochecido. Las flores blancas del cerezo aún relumbran. Como si en ellas perdurase, embalsada, una luz que del resto del mundo ya se ha ido.

    *

    He leído que las semillas del olmo o el arce se llaman sámaras. Todo mi barrio está lleno de esas leves semillas volanderas, del color del papel antiguo. Una ráfaga las levanta en el aire y revolotean en bandadas, giróvagas.

    *

    ¿Te acuerdas de entonces, aquella vez que quedamos junto al río? Había una lluvia de sámaras, un viento de olmos igual que ahora. Este cielo azul y el verde de las hojas, y en tus ojos la luz de la edad.

    La felicidad, parecida a un dios homérico, que baja a andar invisible entre los hombres y sólo se deja ver en el recuerdo.

    *

    Tus ojos eran una manera en que el mundo decía su belleza.

    *

    Lo que el mundo tiene que decir lo dice con la presencia de las cosas. 

    *

    Como era de esperar, han llegado las amapolas. En Madrid, las amapolas —en los desmontes, en los descampados, en las afueras destartaladas de Madrid— son un adjetivo asombroso.

    Las amapolas, los versos octosílabos, la luna que despierta hacia el final de la calle, las naranjas, este o ese disco de The Beatles, el queso, las cigüeñas, —unos días al año— las flores de cerezo, el concierto para violín de Chaikovski, los «buenos días», «cuídate mucho», una taza de café traída de un viaje: esas obviedades por las que vale la pena vivir el día.

  • Los monjes pescadores

    Los monjes pescadores están cerca de Dios en su huerto sobre el mar. Cogen peces, erizos, pulpos, almejas, navajas, bígaros, algas rojas y verdes y carros enteros de un alga ambarina que venden a los labradores de la zona, ya que no sirve para comer. Pescan sin salir de la bahía, siempre antes de la puesta de sol, en unas barcas grises que en el lugar del nombre llevan emblemas de piedad o de conocimiento sacados de los libros.

    A una hora reparan las redes, a otra hora cosen las velas, a otra pintan las barcas, tallan figuritas, rezan. Saben destilar un licor espeso y fuerte que prueban sólo los días de fiesta. Su oración, como una saloma, es un murmullo comunal que va y viene y que no se distingue del viento del mar.

    El monasterio se levanta junto una playa larga de aguas bajas, en una pequeña elevación, con la fachada encarada a la bahía. Las celdas están por la parte de atrás, mirando a mar abierto, de manera que en cada una ellas un ventanuco cuadrado se abre al silencioso horizonte, que es lo que ven los ojos del monje cuando se encuentra solo. A veces cae una llovizna fría y neblinosa, a veces truena, a veces cabrillea el sol en el agua. A veces llueve eternamente, a veces se oye la brisa que riza la espuma.

    Allá a lo lejos, sobre un peñasco entre las olas, una luz perpetua arde dentro de un fanal. Dos hermanos se ocupan de mantenerla encendida.

  • Literatura

     

    Rosa, enséñanos geometría,

    decidme, pájaros, cómo fabricar grafeno a un precio razonable,

    sol de la mañana, tararea una canción sobre la enfermedad y su remedio,

    contadme, olas, adónde voy a ir cuando me muera

     

    O no 

     

    Seguid ahí, no digáis nada

     

    y os traeré esta vez en el cuenco de las manos

    con tanto amor que vuestro peso,

    olas, sol, pájaros, rosa,

    sobre la página, sea tan leve

    que no genere ningún conocimiento

     

  • Hacen mundos

    Una mujer trabaja en un taller lleno de globos terráqueos

    El oficio de Bellerby & Co. Globemakers es fabricar a mano pequeñas Tierras. Su taller es el lugar de trabajo más bonito que se me ocurre.

  • Una sola luz

    En lo profundo del invierno, el mundo parece muerto. Pero las hojas saben volver, como si tuviesen una brújula para internarse en la áspera noche y regresar con la primera luz.

    Ellas se abrirán, y pronto. Se echa de ver por señales menudas. 

    Y yo, ¿por qué yo no he de volver?

    Vedme aquí, sentado junto a una rama desnuda, preguntándome lo mismo que cada hombre desde el principio del tiempo.

    Me lo pregunto de corazón; y sin embargo, parece que estuviese representando un rito. Así veo que se sucede mi vida: cumpliendo los hechos de un destino común y consabido, como si se tratase de la secuencia de aterrizaje de una sonda espacial o los actos de una obra de teatro.

    A Macbeth le habían profetizado que nada le ocurriría a menos que el bosque de Birnam subiese a la colina de Dunsinane. Y eso fue lo que pasó: que el bosque anduvo, de una manera imposible de imaginar.

    Y así —no lo digo por queja, sino con maravilla— mi vida: ocurre lo esperado, incluso si el argumento debe seguir un curso perfectamente inesperado.

     

    [Soles occidere et redire possunt; / nobis cum semel brevis lux occisus est / nox est perpetua et una dormienda. «Los soles pueden ocultarse y aparecer de nuevo: nosotros, cuando nuestra breve luz se oculta, hemos de dormir una noche perpetua» (Cayo Valerio Catulo, carmen V).]

  • Libertad

    Los españoles odian tanto la libertad como aman el desorden.