• Bitácora

    Me encuentro cosas por Internet, como el que anda por la playa. Para contarlas se crearon los blogs. Yo, culpablemente, apenas lo hago.

    Algunas de ellas (siento que muchas estén en inglés; pero es que la mayoría de internet está en inglés):

    *

    «Recuerdo vívidamente mi propia infancia. Sabía cosas terribles; pero sabía que no podía permitir que los adultos supiesen que sabía. Les hubiera aterrado».

    (Art Spiegelman lo pone en boca de Maurice Sendak en un cómic que me encontré en este post de homenaje a Sendak).

    *

    «Un editor es una persona que sabe más de escritura que los escritores, pero que ha escapado del terrible deseo de escribir».

    (En una carta de E. B. White, citada en Twitter por Letters of Note).

    *

    Brandon Stanton es un fotógrafo que anda por Nueva York, aborda a una persona en la calle, charla un poco con ella y le hace una foto. Luego sube la foto a su blog junto con un par de frases de la conversación. Eso es Humans of New York.

    Esta mujer, por ejemplo, trabaja como abogado de inmigración, especializada en defender a víctimas de abusos. Una regla moral escueta y espléndida en dos palabras: «Yo me doy cuenta de que, desde una perspectiva política, la cuestión inmigratoria es muy compleja. Pero a mí, persona a persona, nunca se me hace compleja».

    *

    Tres fotógrafos:

     

    Fotografía de Michael Kenna
    Fotografía de Nadav Kander
    Fotografía de Tom Adler

    *

    Un niño juega / a enterrar a su padre. / Día de playa

    (Haiku de Susana Benet, citada por Juan Bonilla en su blog.

    *

    Alguien se encuentra con una persona por primera vez y, en ese instante, sabe que los dos van a acabar irremediablemente enamorados. Según parece, para ese sentimiento tienen en japonés una palabra: koi no yokan, ‘premonición de amor’.

    Los japoneses —lo que se dice de los japoneses— no dejan nunca de asombrarme.

    *

    Un proyecto perturbador, tiernísimo. Chino Otsuka se mete a sí misma en fotos de su infancia y su juventud:

    Fotografía de Chino Otsuka

     

  • Zenón y las hojas muertas

    Esta hoja de cerezo, caída en el suelo, es el mundo.

    *

    ¡El domingo hizo tan bueno! Tan parecido a un día de primavera. Hubiera sido un día de primavera solo con haberlo entendido como una isla y no como un punto de una trayectoria, esa que baja escalón a escalón hacia la oscuridad y por la que el otoño se gana su melancolía.

    Habría bastado con prescindir del sentido en el que van las cosas y hubiera sido primavera.

    *

    Evitar el dolor sacrificando el sentido.

    *

    Podría escribirse una teoría de la narración literaria como relación entre un punto y un plano, siendo el punto una acción y el plano un proceso que transcurre de fondo. Pongamos que dos personas se conocen acodadas en un puente o que se descubre una vacuna: mientras tanto, un hombre envejece, o un matrimonio se está deshaciendo, o una mujer busca trabajo, o van a perderse las cosechas, o el país se encamina hacia la guerra.

    *

    El mundo no es una opinión.

    *

    Este poema: «Al señor González / le han ingresado la nómina» es un disparate.

    *

    Una patata, un gorro, la estrella Antares, una entrada de cine, un grano de sal. Una azada, un arado, una podadera. La semilla, el árbol, el fruto. Una verde verá la siendo. Un árbol deshojado. Frases con sentido y sin él.

    Pero qué sentido. Bueno, parece que por sentido entendemos cualquier orden: causal, taxonómico, gramatical. El sentido de una frase es que se diga ordenadamente a sí misma: «Un árbol deshojado». Con eso basta.

    Y en cambio, una persona nace, vive peripecias corrientes, mira a su alrededor y muere, y no basta. Hay que preguntarse por el sentido de esa vida. A pesar de que suceda en sus términos, de que se diga ordenadamente a sí misma. Queremos que la vida —como un poema— tenga un segundo sentido, que señale a otra cosa aparte de sí.

    ¿Qué otra cosa? ¿Algo que hay ahí afuera, en la oscuridad?

  • Septiembre entre dos luces

    En septiembre me acuerdo de las islas, o de Italia, o de las grandes mareas del norte. Según caliente el sol, o si la tarde llega delicada como en un cuadro, o si empiezan a llover gotas tibias.

    Ahora mismo, el viento húmedo hará cabecear los veleros y las jarcias tintinarán como esquilas, en un puerto. Un farol multicolor ya está encendido en un callejón, sobre la puerta de un bar. La madera de un embarcadero se empapa de lluvia. En bajamar, la playa se habrá cubierto de ramas y algas secas. B. habrá sacado la bici del garaje para andar un rato por el bosque.

    Me acuerdo de otros días; también hago planes para el año. A veces, por las noches, temo el porvenir.

    Sé que si llegase a estar lejos, un septiembre recordaría las noches brillantes de Madrid, los paseos junto al río, los crepúsculos de mi barrio, los años en los que aún había un tiempo por hacer; a S., que se dejaba el pelo largo.

    En septiembre, este mes sentimental y entre dos luces.

     

    [Septiembre y las mareas:
    https://avellana.neunoi.com/2010/09/septiembre-y-las-mareas.html
    Septiembre:
    https://avellana.neunoi.com/
    2003_09_01_archivos.html#106314607004738136
    ]

  • Salitre

    Al cabo de dos semanas de vacaciones noto que ya estoy algo moreno. Tengo cercos blancos de salitre en los brazos; salpicaduras de agua de mar que se han secado al aire. Siempre me ha parecido que en esta parte de la bahía, no sé por qué, el agua es mucho más salada. Santander está allá enfrente, al otro lado.

    Mi padre se crió en el Río de la Pila, un barrio viejo de Santander. En la posguerra. Le habían advertido que ni se le ocurriese ir a nadar con los niños del barrio porque todavía era muy chiquito. Un día volvió a casa y la mayor de sus hermanas (que le sacaba bastantes años) le preguntó si había estado nadando en la bahía. Él que no. Ella se le acercó, le lamió el brazo y le supo salado. Así que mi padre se llevó una tunda.

    Por lo visto, en el barrio había una fuente. Va mi padre y, un rato antes de subir a casa, se lava bien con agua dulce los brazos y las piernas. Entra en casa y ahí está otra vez mi tía Milagros. Le manda que se levante la camiseta y le lame en la tripa.

    Aquí, dondequiera que mire, hay historias: la ciudad está enteramente escrita. Yo mismo lo estoy. 

    *

    La humedad salobre de una habitación de verano. El fulgor de un verso leído antes de entrar en el sueño. El sol de agosto, que se vence como una rama por el peso del fruto. Ha de haber algún modo de que esta luz perdure.

    *

    Deben de ser como las siete de la tarde y yo sigo en la playa. Voy a darme el último baño. Y si mañana hace malo, pienso; si luego de vuelta en Madrid me enredo en mis cosas y no salgo de allí hasta entrado el otoño, podría ser de veras el último. Durante mucho tiempo.

    Así que cuando me meto en el agua me fijo muy bien en todo. Voy nadando hasta un arrecife que ha cubierto la marea y me quedo allí flotando muy quieto, por encima de los peces y las algas que se remecen, valsando; y, cuando mi respiración se sosiega, en el silencio perfecto. 

    Nunca he sido tan consciente de estar aquí como soy consciente ahora, en el momento de la despedida. 

  • No quiero que este día acabe

    A mediados de julio fui a conocer el Cementerio del Bosque. Ya era muy tarde; no me crucé con nadie. Volviendo hacia la salida, entre las sombras del innatural atardecer del norte, vi que junto a una de las lápidas mínimas esparcidas bajo los pinos temblaba una vela.

    Ese fueguecito contra la noche grandísima de la muerte.

    Antes de que quien la encendió hubiese llegado a su casa y hecho la cena, la vela se habría apagado. Y así todas las que pueda prender en su perseverancia. Y la llama misma de su vida se apagará también, como un suspiro, y las de todos los que conocen su nombre.

    La vela es nuestra conmovedora voluntad. ¡Cómo querríamos una llama detrás de todas las llamas que no haya de apagarse nunca!

    *

    Un día —algún día del año pasado— leí que el actor Mandy Patinkin hablaba en una entrevista de la alegría que le daba su trabajo. Sentado en el set de Homeland, rodeado de jóvenes brillantes, se decía: «No quiero que este día acabe».

    La frase se me quedó prendida en cuanto la vi, y desde entonces me la digo a veces. No es que en un momento dado yo sea especialmente feliz, ni que me pase nada inédito o grandioso. Es solo esa sensación de eternidad presente, esa fortuna.

    Hace un rato he salido a la terraza y he visto que a las plantas ya les empiezan a fatigar los días, aunque aún estamos en lo más alto de la estación. En cuclillas, mirando despacio las hojas espesas, bien formadas, he pensado: «No quiero que este día acabe». No quiero que se acabe nunca este verano. Por favor.

     

    [Skogskyrkogården (un PDF):
    http://www.skogskyrkogarden.se/docs/ladda-ner/NyaPDFer2012/
    skogskyrkogarden_2012_es.pdf

    «I don’t want this day to end», el artículo de Nathan Kontny donde supe de la entrevista de Patinkin:
    http://ninjasandrobots.com/i-dont-want-this-day-to-end
    Podcast con la entrevista (en inglés). El asunto que nos concierne empieza hacia el minuto 12:
    http://podcast.cbc.ca/mp3/podcasts/qpodcast_20130306_44605.mp3]

  • Todas las ventanas de la casa están abiertas

    En el vagón del metro, un niño lleva de la mano a un ciego, que bien podría ser su padre. Es un niño muy pequeñito; como de cuatro años o así. Va vestido con un polo blanco, unos pantalones cortos de gimnasia gris claro y unos zapatones negros desproporcionados. Él mismo es muy blanco de piel, con el pelo cortado a cepillo como un hospiciano. Parece que no lo hubiese vestido una madre, sino un hombre, o quizá una abuela.

    Se plantan ante la puerta, de la mano, dispuestos a apearse. El niño levanta la cara y me mira con curiosidad.

    Así empieza mi mañana, con esta alegoría. 

    *

    Podría ocurrir que la vida fuese por temporadas una corriente boba; que pasasen días inanes sin ningún sabor dentro, como una sopa floja o un té aguado. Pero ¿y si no es así y los días traen maravillas discretas, inmiscuidas en el curso del mundo, y uno no las ve por tontería, por torpor, por falta de esfuerzo? Qué terrible, toda esa pérdida. 

    Hay que mirar bien; es un acto moral. 

    *

    Algunas cosas muy útiles las he aprendido por miedo. En cambio, todo lo que es bueno lo he aprendido por amor. 

    *

    «La poesía puede resistir ser obvia», leo. (¡En un artículo sobre videojuegos!). 

    *

    Una madre cruza los tornos del metro con un bebé entre los brazos, recostado de cara contra su pecho. ¡Lo lleva de un modo! Pienso en cómo decirlo: «Lo lleva como…»; pero no hay término para la comparación, ya que para nuestra especie no existe un bien mayor. 

    *

    La expresión «el último sol», en un poema de Rosales. Me la he encontrado en varios sitios; pero también me encuentro con el sabor del cacao o la albahaca o con el agua del mar, y no por eso me gustan menos.

    *

    Todo pensamiento bien construido es indistinguible de la poesía.

    *

    Creo que también para la belleza hay que ser frágil. Quiero decir: es como dejarse amar. Para el amor, uno ha de dejarse; ha de estarse; no se defiende. Pues así la belleza. ¿Cómo si no va a alcanzarte? Sin inocencia, ¿cómo le vas a sacar al día su sabor? 

    *

    La primavera vino andando día a día hacia la luz. Y cada paso que daba me quitaba un peso. 

  • El palacio y las edades

    Infinitas maravillas se cuentan del Palacio. Así que no es raro que algunos, la cabeza llena de historias, decidan conocerlo en persona y una buena mañana echen a andar hacia adelante por el camino real.

    Según las leguas de camino se distingue bien a los viajeros: están los de pies tiernos y los de pies remendados como botas; los que aún no han subido las montañas; los que han aprendido a dormir andando; los que han cruzado el páramo donde no hay pájaros ni agua; los bisoños que atienden con los ojos muy abiertos las advertencias del posadero acerca del páramo; los que arrastran una mula cargada de equipaje y los que han regalado su guitarra en un mesón para ir más leves. 

    Un día, por fin, se distingue a lo lejos el vasto palacio abandonado, en medio de una vega ancha y verde. Ríos y praderas, bosquecillos que ascienden por las colinas en el horizonte, pabellones y granjas, eras y estanques; todo lo que abarca la vista cae dentro de los terrenos del palacio, que en su día desbordaban los límites de la provincia. 

    El caminante pasa el portalón centenario de marfil y piedra, vaga por los jardines silvestres, se mete en un salón ajedrezado a través de una vidriera sin cristales, sube un piso, recorre una galeria, baja al sótano, y ya el viaje no es un sendero, es decir, un orden de hitos consecutivos, sino que ahora los pies de cada cual dibujan la forma de su viaje. Al muchacho que acaba de entrar en el gran salón de baile puede deslumbrarle el viejo asendereado que descansa allí y que le habla del patio de los tigres, la piscina de la luna, las estatuas oraculares de los reyes antiguos, la atalaya de los astrónomos —en cuya bóveda azul están de plata y de oro las estrellas—; pero igualmente hay eruditos añosos que sólo han cruzado unas cuantas estancias, ancianos gandules que en diez años no se han alejado más de dos horas de la comodidad de la entrada, jóvenes infatigables y febriles que han visto la sala de los recuerdos, un lago inmutable donde se espeja eternamente un mismo verano antiguo, la famosa Farmacopea, una glorieta colmada de oropéndolas. 

  • El cerezo y el mirlo

    Un sábado por la tarde estaba asomado a la ventana del patio y en el silencio se oía el canto del mirlo. En el último piso, bajo el cielo azul que roseaba, perfectamente tranquilo. Más abajo, donde el patio se despinta y oscurece, alguien tiene cubierto el alféizar de la ventana y la máquina del aire acondicionado con macetas que se desbordan en verdor las unas sobre las otras, como un minucioso jardín minúsculo.

    En mi casa hay un cerezo y un mirlo. Si lo cuento así, si hablo del pájaro en la tarde calmada y del cerezo de flores encendidas, puede que llame a engaño, como que viviese en el paisaje de un haiku. Igual debo ampliar el contexto, recortar un trozo más grande de realidad alrededor de mi: yo me he asomado a tender —meditativamente— la colada. Yo no sé nada de cultivar ni de plantas: sólo pongo algunas muy hermosas en tiestos porque me alegra mirarlas; otras aparecieron ellas solas y he acabado cogiéndoles confianza. El cerezo que tiene la altura de un niño vive en un tiesto en mi terraza y el mirlo canta desde alguna antena o desde uno de los olmos de la calle, en mitad de un vecindario humilde, en una casa vieja, en pleno Madrid. Alrededor, el ruido del tráfico, las tiendas laboriosas de los chinos, la rotonda de los autobuses, y más allá una antigua estación de tren, el río, la M30, tejados y tejados y tejados. 

    De esta manera, podría seguir ensanchando el círculo hasta el horizonte del universo; pero hay que escoger un trozo y recortarlo. El relato debe recortar: como en la historia de Susana, unos personajes y un momento, y darlos por hechos. Un haiku debe recortar: de las islas del Japón una noche, una faz de la luna, una cigarra. 

    El arte consiste en recortar y que se muestre una figura sobre el fondo incesante del ser. Y probablemente la vida, comprendo ahora: como ese vecino cuyos días dan a un patio ha fabricado un redondel de labor y de esperanza alrededor de su ventana. 

    Es verdad pues que están aquí el cerezo y el mirlo. El cerezo, entre tanto, ha perdido las flores y ha echado sus grandes hojas verdes, nuevas, y con él hay una zarzamora muy alta, una rosa roja sorprendente, menta y limoncillo que huelen y hasta un bambú, y más plantas que verdean, se alzan y brotan. Por todo el barrio, esta primavera se oye cantar a los mirlos, a sus horas. 

    Así es.

  • Mensajes al principio de la primavera

    Si el mundo es un lenguaje; esto es, si los hechos que nos salen al paso se interpretan como mensajes que quieren decir algo; entonces, si el mundo es un lenguaje, ¿cuáles son los hechos?

    *

    Me ha llevado toda la vida saber que el pájaro que oí cantar tantas madrugadas era el mirlo. Las vísperas de examen a través de la ventana abierta; por las aceras vacías, de vuelta a casa; al alba pensativa en las noches en vela.

    Era el mirlo. Me pregunto si ahora que sé su nombre tengo algo que antes no tenía.

    *

    «Cantar una mujer a la almohadilla: 1. loc. verb. coloq. desus. Cantar sin instrumentos y solo para su distracción». 

    *

    En un museo de Italia, en una Anunciación, vi una vez el arcángel más bello que pueda imaginarse. Era rubio y blanco, la cara encandecida de pureza, la rama de lirio en la mano. He intentado volver a verlo, tiempo después, pero no estaba donde yo creía que iba a encontrarlo.

    En cierta forma, podría decir que aquel cuadro se me apareció una vez. Quizá es lo más cerca que un hombre como yo vaya a estar nunca de una epifanía. 

    *

    O quizá no. Porque un día, hace años, cuando vivía en una buhardilla de Malasaña, llamaron a la puerta y era una chica que venía haciendo proselitismo. Religioso. En aquel edificio el hueco de la escalera lo iluminaba la luz del día que entraba a chorros por una gran claraboya en el tejado. Y así la vi: hermosa como una imaginación, delicada y espléndida bajo la luz cenital, sonriendo. Ella traía el propósito de evangelizarme y yo el de descreer con terquedad, así que nos atascamos en un desacuerdo rocoso pero simpático. Estuvimos charlando un rato largo. Y en cuanto hube cerrado la puerta, pensé de mí, súbitamente: «Soy ese imbécil sobre la Tierra al que le enviaron un ángel y se puso a discutir con él de teología». 

    *

    En el trabajo, alguien dijo la palabra paremia y vi a mi novia de los veinte años: ella estudiaba medicina y yo le explicaba las etimologías griegas. Hace un rato —al caer la tarde— he oído cantar a un mirlo que lleva unos días por la vecindad. Cualquier cosa que entra en uno tropieza con lo que hay dentro y lo hace sonar, y lo despierta.

    Las furin son esas campanillas de viento que a los japoneses les gusta colgar al aire libre, a veces por miles: una caricia recorre el jardín y empiezan a tintinear, una tras otra, como si pasase una brisa de plata. Una canción que se oye desde el patio, un grifo que gotea, un nombre propio, el olor de un jabón, una coleta. 

  • Susana

    Me encontré con mi vecina en Sol, en la estación de metro. Un río de gente que salía de un andén nos arrinconó contra unas escaleras. Me contó que hacía tanto que no la veía porque se había ido a vivir con alguien. Se había ido lejos del pequeño piso triste; sólo volvía de vez en cuando para recoger el correo. 

    Seguramente estaba más guapa, más vivaz. Le miré la cara con cuidado, por si era feliz y eso puede verse. Cada tres o cuatro minutos llegaba otro metro y teníamos que gritarnos porque la multitud nos rodeaba como una marea. «Las cosas llegaron cuando ya me había hecho a la idea, simplemente, de que mi vida iba a ser de aquella manera —me dice—. Llegaron sin haberlas buscado. De un modo tan sencillo que te preguntas cómo no había ocurrido antes». Eso me dijo.

    Hablamos de nosotros y luego hablamos del país mientras llegaron y se fueron muchos metros. Nos dimos dos besos; me deseó suerte. La vi marcharse sabiendo que su vida seguirá, como uno sabe que la vida sigue más allá de la última página de los cuentos, que no terminan porque se acabe el empujarse de los efectos y las causas sino porque los personajes se pierden de vista, tras el horizonte.

    Eso es bastante. Esta es la historia de Susana; es hermosa y acaba bien.