• Obras

    Para acabar de arreglar el edificio tenían que entrar en mi casa y hacer obras en la terraza y el baño, no había más remedio. Así que guardé en mi dormitorio las macetas de la terraza, despejé el cuarto de baño, le dejé las llaves de mi casa al capataz y me fui a pasar la noche fuera.

    A la tarde siguiente me acerco por allí al salir del trabajo y me encuentro con que la obra es mucho mayor de lo que yo me figuraba, o de lo que ellos me habían dicho; una capa de cemento y polvo de ladrillo cubre los papeles y los libros. Me cuenta el fontanero que al picar el muro del baño han sacado un periódico de julio de 1964, en el que hablan del gol de Marcelino en aquella Eurocopa. Parte de la bajante que han sustituido era de zinc, y, según parece, se metían papeles, o se meten, para evitar que el yeso –capaz de atacarlo– tocase el zinc.

    Antes de volver a irme me encierro en mi dormitorio con una taza de café en la mano. He cogido ropa como para una semana. Me fumaría un cigarrillo con el café, sentado al borde de la cama, pero ya no fumo. La casa de uno en obras, patas arriba, es como contemplar el trastorno de la vida de uno. Por otro lado, al agujerear una pared han sacado un periódico del mes exacto de mi nacimiento y en mi dormitorio estoy viendo un cerezo florecido. He aquí, me digo, una pequeña imagen de la vida, entre la conmoción y la esperanza, uno no sabe.

  • El mundo

    Yo digo, imaginemos, prefiero no conducir automóviles y ocurre a menudo que mi interlocutor entiende es preferible no conducir automóviles, como si yo hubiera enunciado un principio general en vez de un modesto caso. Habida cuenta de que cada vez sé menos, cada vez me resulta más perturbador que me tomen por alguien que sabe cosas o cree saber cosas, así en general.

    Y sin embargo, es una confusión razonable porque obedece al lenguaje mismo. El lenguaje predica el mundo de dos maneras: una cebra ha venido a beber al aguadero; hay sal sobre la mesa; se ha adelantado la cosecha este año son frases que señalan hechos entre los hechos que componen el mundo. Y luego: el hombre miró la luna por encima del hombro y a los dos días se murió; una vez más ha nacido un niño al llegar la primavera; ha llovido y se ha adelantado la cosecha, puesto que ponen en relación dos hechos del mundo, no con la vecindad sensible de la sal y la mesa sino con una contigüidad vagamente causal, son frases que parecen describir el orden del mundo, esto es, su mecanismo.

    De poner una cosa al lado de otra se establece entre ellas una relación de causa. ¿Por qué? Porque, ahora lo entiendo, porque solamente se dice aquello que es causal. Lo que se escoge decir es intencionado; si no fuese así, ¿para qué hablar? Nadie dice he aquí que el marco de la puerta está pintado de verde y las ranas deponen infinidad de huevecillos y hay un olor de canela si no quiere decir algo.

    Dos frases seguidas componen un relato; todo relato expresa el orden del mundo. He llegado a esa conclusión y me he quedado mucho rato mirándola. ¡Por tal razón nos contamos historias y las oímos con avidez!

    Luego me he puesto a sacarle hipótesis y consecuencias. Al final he parado en la gente que se dedica a escribir historias. No historias vistosas que uno urde para entretenerse, sino historias con aire verdadero, historias intencionadas. ¿Y saben ellos cómo es el mundo? Porque, ¿cómo podría uno decir el mundo si no sabe cómo es?

  • A propósito del pez plátano

    En su día yo me leí los Nueve cuentos con arrobo y una impresión perdurable y profunda. Yo hubiera querido escribir completamente a la manera de J. D. Salinger, yo hubiera querido escribir, y eso duró años. La otra noche me enteré por el periódico de que Salinger acababa de morirse y terminé poniéndome triste, no sé por qué.

    Porque nunca tuve curiosidad alguna por la persona de Salinger; y he aquí, de una parte, aquel hombre remoto, invisible, que parece haber muerto suficientemente viejo, y de esta otra parte su obra, o, mejor, este íntimo eco de su obra.

    En otro tiempo yo hubiera explicado esa tensión apelando así o asá a la trascendencia del arte, pero ahora no. Me he hecho el siguiente razonamiento: el acto de narrar sería trascendental con que un solo cuentista contase el caso de su muerte. Y puesto que no es así, al lado de la vida todas esas cosas son un asunto menor. Se ha muerto un hombre, uno.

    Después de eso me he vuelto a leer, entre casa y el metro, El hombre que ríe y Para Esmé, con amor y sordidez, y me han producido emoción, un punzante pesar y un hondo, sincero agradecimiento.

  • Navidades, España, 2009

    Todavía no es de noche. No pasa nadie. De lado a lado de la carretera cuelga una guirnalda de lucecitas de azul pálido contra el vivo azul del cielo, menesterosa y tierna.

    No pasa nadie. He ahí el mundo, el azul, estos días que son; y este soy yo, repleto de amor por ellos.

    Feliz año.

  • Avellana. Su cuaderno de viaje VIII

    Un invierno, Avellana se aleja por la llanura cubierta de nieve; un bulto oscuro cada vez más pequeño que se pierde entre la cellisca que se levanta allá a lo lejos, y deja de verse.

    Pasa el tiempo; Avellana vuelve tras un largo silencio. Qué ha vivido, qué ha conocido en ese tiempo, no se sabe. Quizá un monasterio en una cumbre desnuda, donde hombres de cabeza pelada recitan murmullos al viento, se alimentan de escaramujos y yerbas y beben sopa fría; quizá haya invernado en un cobertizo que la ventisca hace crujir, comiendo día tras día carne monótona en salazón y durmiendo espesos sueños repletos de recuerdos; quizá haya encontrado flores de cristal en una caverna de paredes fosforescentes, un río subterráneo con venas de un fulgor pálido y unos huesos arcaicos a la entrada; quizá haya llegado a creer que podía vivir para siempre en una aldea de troncos ahumados y nieve barrosa pisada por las cabras, al costado de una mujer rubia y silente; o que haya gastado todas esas tardes en la taberna de un puerto gris donde los aparejos de los barcos se deslíen bajo una lluvia fina; o instalado en una casa de huéspedes, en una ciudad pequeña, junto a la estación, tumbado en una penumbra helada desde la que se oyen, taciturnos, los trenes.

    Podría haber sido cualquier cosa; pero lo que es es un silencio blanco, sin límites, peor que cualquier otra.

     

    [Avellana: su cuaderno de viaje VII]

  • España

    Si hubiese que empezar por algún lado, yo diría que España es un país espasmódico.

  • A primeros de octubre

    Ayer o anteayer fue la última mañana del largo verano, me parece a mí. Yo la pasé en casa y anoté esto:

    El olor del pan tostado.
    El sol de la mañana sobre el suelo.
    Una casa, una cama.
    Un mechón de pelo rubio.
    Unas sábanas blancas.
    Esta tibieza.

  • Climatología

    Releo mis posts de los últimos tiempos y noto que hablo mucho del tiempo, como la gente en los ascensores. Sin embargo, parece que hay un sentido, no sé.

    Como otras veces, acabo preguntándome si será un síntoma de estupidez o de pureza.

  • Septiembre

    La Puerta del Sol en obras, bajo un sol desvaído, repleta de vecinos y extranjeros; una muchacha, entre la confusión y el polvo, cruza la muchedumbre recogiéndose la falda.

    Yo vengo de la calle Mayor, de una librería; he pasado un rato largo leyendo de pie y al final me he traído una antología de haikus bajo el brazo.

    Meto el libro en la maleta y me voy de viaje a la isla. Una noche, en medio del camino, un relámpago y el canto del grillo, que no cesa. No hay luna, pero las nubes son de un blanco lechoso contra el cielo oscuro.