Pues sí, una de las materias de hacerse mayor –quién iba a decirlo– consiste en reconocer las formas inesperadas que adopta la felicidad.
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Una fotografía histórica
El 5 de junio pasado Barack Obama acababa de ganarse la nominación como candidato y yo me encontré esta fotografía a cinco columnas en la portada de El País. Tuve la rara sensación de que estaba viendo de una de esas imágenes que marcan una época, pero uno nunca sabe. Hoy sé.
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Vida en la ciudad
La menta ha echado flores, pequeñas y moradas.
El viento estremece las copas de los árboles.
El tráfico de fondo, como el rumor del mar contra la costa.Lo que debo, procuro pagarlo cada día.
Nadie está en deuda conmigo.Aquí, en esta orilla, entre la paz y la tristeza,
algo que podría llamar felicidad, a ratos. -
Mascullé, a duras penas
«… mascullé, a duras penas. Ella me miró como si tuviera rayos X en los ojos». Lo va leyendo a mi lado una mujer en el metro. Y es un libro bien impreso, gordo, de papel agarbanzado y letras redondas y claras. A mí me parece muy bien que la gente lea esas cosas; yo también las leo y a veces disfruto mucho. Pero escribirlas… ¡Señor, las humillaciones por las que hay que pasar para escribir una novela!
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Mi medida
Dice la máquina que el día 3 de este mes había publicado 365 posts en este blog. Eso quiere decir que me ha llevado cinco años y pico lo que a un bloguero estándar le hubiese llevado justamente uno. La máquina ha tomado la medida exacta de mi inoperancia.
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Arena en los bolsillos II
(De vuelta de las vacaciones).
Los últimos días me doy cuenta de que ya me he ido antes de haberme ido. Las cosas que me rodeaban, las que se me han hecho familiares aquí, han cambiado. Parecen menos impresionantes y a la vez más queridas, como te pasa con las personas cuando llegas a apreciarlas.
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Se llega a la playa por una de esas pasarelas de madera y cuerda; solo que ésta salta el regato de agua dulce que separa la playa de la duna con un arco elegante como el de un puente de Calatrava. Se me ocurre que el encanto de la arquitectura popular nace de su falta de retórica. Es decir —pienso primero— por su apego estricto a la función. Pero no, no es eso exactamente, ya que la arquitectura popular también se adorna. Más bien, su modestia es la de alguien que actúa como si nadie estuviese mirando.
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Como es lógico, el turismo ha pervertido en primer lugar los mejores sitios. Puedo imaginar que si una mano divina borrase de pronto todo rastro del hombre, esos sitios volverían a ser un paraíso. ¿Pero adónde iríamos entonces? ¿Qué haríamos allí sin casas, sin camas, sin libros, sin llamarnos por teléfono? Para volver al Paraíso, no solo el Paraíso debería revertir; también nosotros.
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Varios asientos por delante, en el autobús, una mujer se peina. Se pasa lentamente un cepillo por el pelo castaño y espeso, de principio a fin, una y otra vez. No le veo la cara. Tiene una piel espléndida de moreno dorado y una cualidad infantil en las manos. Cuando ha terminado de peinarse, se hace una coleta tirante, la sujeta con una goma y después la recoge con un pasador de cuero. Lo repite todo varias veces y lo deshace, y así lo hará hasta que se apee, como si no hubiese sido perfecto, a pesar de que ha movido los dedos con la atención y la calma de un doctor o un artesano. Yo también viajo absorto, como si estuviese contemplando la ceremonia del té.
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En el asiento delante de mí, en cambio, van dos hombres monstruosos. Un hombre algo mayor que yo y otro más joven, que quizá sea su hijo. Son colosales y gordos, rubicundos, cuellos cónicos y pelo rapado como púas. Descuellan. El joven lleva una camiseta negra sin mangas, y veo que le crecen pelos rojizos hasta por el mollete del brazo. El mayor tiene unas espaldas como un horizonte. En la parte de atrás de su camiseta pone, en mayúsculas: «They might be giants», sobre un dibujo de colores que el respaldo no me deja ver. Sí, digo yo. Definitely.
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Dice José María Mellado que 8 bits por píxel son suficientes para visualizar con todo detalle una imagen digital. Y sin embargo, recomienda trabajar con 16 bits. Es una gran cantidad de información que finalmente no va a verse en la foto, pero necesaria antes, si es que uno quiere editarla con calidad. Anda, como en la escritura, digo yo.
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Se me ocurre que mi problema, de niño, es que era un niño escasamente infantil. (Pero ¿y si les sucede a todos los niños? Pienso que debería buscarme un niño y preguntárselo).
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En la playa, los árboles a mi espalda y el mar enfrente, a las tres y media de la tarde, he entendido una cosa. El paraíso, mejor que una eterna primavera, es un lugar donde el verano se apaga por siempre, y no se acaba nunca.
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Septiembre II
En esta cala las sombras de la noche caen despacio y mansas como si fuesen del aire, quizá porque no hay otra luz ni otro ruido que el crepúsculo y la calma oscura del agua.
Por el centro de la cala entra un barco pequeño, muy lento, pegado a la línea de boyas que marcan la canal. De pie en la proa va un muchacho de pantalones cortos y camisa oscura, inclinado con toda su atención sobre el agua; detrás, llevando el barco, un hombre mayor con el torso desnudo.
El barco recorre la cala como una hoja de seda. Yo miro a los dos hombres desde la orilla y pienso que no puede haber en el mundo una felicidad mayor.
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Septiembre
En esta plaza del extrarradio hay una rotonda, y en medio de la rotonda han plantado unos cipreses. Hoy el atardecer ha empezado antes; todavía no han encendido las luces. El cielo tiene un delicado color italiano.
Aquí se empalma con los autobuses que llevan hacia los barrios del sur y con las líneas de metro. A esta hora la plaza, donde la ciudad es más destartalada y dura que en otras partes, está llena de gente que de camino bajo la extraña penumbra suave y los cipreses. Una pareja sale de la boca del metro; la muchacha lleva un vestido verde vivo, sin mangas, el flequillo claro cortado recto sobre la frente. Gira la cara hacia su novio para decirle algo, los ojos alzados, de perfil.
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Elegíaca
La apoteosis del verano incluye una nota muerta que señala a su fin. A partir de tal día y hasta que crucemos un meridiano invisible y ya sea completamente otoño, o invierno, y los días de luz se hayan ido a repartirse entre la esperanza y el recuerdo, se extiende mi temporada elegíaca, dolorida y favorita.
La primera vez que lo vi fue hace mucho, una tarde de sol en agosto. Volvía a casa andando por la sombra y una hoja seca cayó a plomo delante de mí, como si me hubiesen puesto una mano en el hombro. Un soplo de brisa, por la noche; el verde de los árboles, levemente exasperado; el tamaño de una sombra en la arena; el cielo a la misma hora; una cara conocida; un aguacero: entonces fue tan simple como ver caer una hoja.
Yo me la tomé como un omen, es decir, una catáfora y un motivo para la melancolía; pero años después entendí que la apoteosis necesita esa minúscula gota de ámbar. Lo que nunca he entendido es que, en el fondo, me gustara este tiempo. Hoy he pensado que igual no es tan raro. Como en las despedidas, ese instante de mayor amor por el que se está yendo.
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En la orilla
Hace años, en la ciudad donde nací, a alguien se le ocurrió colocar una estatua de Neptuno en lo alto de un peñasco que se adentra en el mar, sobre la playa. Era un dios niño, la figura de un muchacho delgado que sostenía un largo tridente visible desde muy lejos.
El tridente lo perdió en seguida, y luego el tiempo fue llevándose otros trozos. He pasado por allí y he visto que se ha reducido a un muñón bastante discreto, roído y resobado por el clima del mar, los muchachos de carne y los pájaros.
Era Neptuno cuando leí la noticia en el periódico, el día que lo pusieron allí; en todo lo demás es un vestigio innombrado que se acomoda suavemente al perfil de las rocas, como un bulto de arena se deslíe en una orilla, hasta que ya no se lo vea más. Lo he visto y he pensado: así trata mi pequeña ciudad a los dioses pequeños.
