Categoría: Citas

  • Cerezas

    «Hoy he visto las primeras amapolas», anoté, a principios de mes. Lo anoté solo por gusto. Por verlo, negro, rojo, sobre el blanco. 

    *

    Un día me compré este cerezo en un tiesto. Una mujer los vendía al borde de una carretera del valle del Jerte. Habíamos ido a ver la floración de los cerezos. En las fotos, mi sobrino es un niño pequeño. Yo salgo tumbado en un prado, él sentado sobre mi cabeza.

    Mi sobrino es un hombre; el cerezo también ha crecido. Estrictamente, este es el mecanismo de la analogía: veo que mi vida se alarga a partir de aquel minuto al borde de la carretera, crece, se enrama en caminos laterales que se cortan o siguen; y el cerezo va haciendo lo mismo. Este año ha dado una cereza, por fin. Una sola cereza; pero es una cereza perfecta.

    *

    En primavera, el sol de la mañana alumbra mi terraza hasta la hora de comer, pasa por detrás de unas casas y al final de la tarde vuelve a dar aquí, esta vez desde el oeste. Al caer la tarde mi cereza brilla bajo la luz como el ojo del mundo.

    *

    Todavía quedan fresas, cuando ya hay cerezas. Existe una etapa de la vida así.

    *

    Y si mayo fuese un pájaro y pudieras convencerlo. Ponerle un platillo de agua y unas semillas y que se quedase para siempre contigo. 

    *

    Amapolas, fresas, cerezas. Gotas de rojo sobre los manteles, sobre el plato, sobre los campos, sobre la inagotable luz de mayo.

    *

    ¿Conocéis aquella canción francesa? Qué lástima que aquí no sea más famosa: «Cerezas de amor con sus trajes iguales / que caen sobre las hojas como gotas de sangre». 

    *

    No hay una palabra para designar esa estación del año, cuando ya hay cerezas y aún quedan fresas. Y como no existe, no ha llegado a usarse metafóricamente, por ejemplo, para nombrar esa etapa de la vida en que uno ya la mira desde fuera, pero aún está metido en ella. 

    *

    Y si la única sombra del mundo es la que arroja mi propia mortalidad.

    *

    A finales de diciembre, siempre voy al mismo lugar en la playa, con el árbol a mi espalda y el mar delante, y espero, como si le preguntase al mundo

    También este año pasado, solo que no lo conté aquí. Fui hasta la punta del espigón y me senté. Corría un viento atronador,  aunque no era frío. La noche solsticial cayó temprano, y mientras por el oeste aún quedaban rescoldos de la luz de aquel día, salió por el este la luna creciente. Miré; no hubo ninguna respuesta. Estuve un rato allí sentado y luego me retiré.

    Hace unos días he vuelto, ahora, al mar de mayo, a mediodía. Las hojas del álamo blanco son verde oscuro, el envés blanco de plata. Ondean como gallardetes de fiesta. El mar tiene todos los verdes; el viento canta. Las tinieblas se han ido. Lo que era un paisaje metafísico es ahora un espacio de luz, grande, límpido, vacío. 

     

     

    [Le temps des cerises, con subtítulos en frances y en inglés. Una versión curiosa, hecha pegando trocitos de versiones: https://www.youtube.com/watch?v=jtzQbY3-aFY ]

  • Víspera de difuntos

    Pasado cierto punto de mi vida, los proyectos son indistinguibles de los vestigios.

    En un llano, unos pilares de hormigón se levantan a varias alturas, desparejos, en medio de un solar delimitado por unos muretes de ladrillo desnudo. A cierta distancia, no se distingue si el edificio que se esboza es una obra o una ruina.

    Algo así.

    *

    El día del cambio de hora amaneció oscuro. Llovió. Se acabó de apagar, tan breve. Delante de mis ojos entró la noche. «Dónde se ha ido la luz de otros días», apunté.

    *

    Lo apunté, como dice este verso prodigioso, «no con tristeza, sino con asombro»:

    Oh, amor mío, ¿dónde están ellos, adónde han ido?
    El destello de una mano, la línea de un movimiento,
    el susurro de los guijarros.
    Pregunto no con tristeza, sino con asombro.

    De Czesław Miłosz, de Encuentro.

    *

    Dentro de unos meses volverá la luz, aunque es extraño imaginarlo. Y yo vendré y lo contaré con palabras asombradas que serán como nuevas.

    *

    Parecería que un mundo se acaba. Sin embargo, el mundo se ha acabado tantas veces. Imaginad un bizantino en la caída de Constantinopla, el último día de una ciudad de mil años. Un refugiado en París cuando por los arrabales entraba el ejército nazi.

    *

    Siempre se llega,
    pero a otra parte.

    (Roberto Juarroz).

    *

    Cada vez que una persona muere, el mundo se acaba. Pero el mundo resucita después; un mundo nuevo como no podían imaginar los muertos.

    *

    Me toca deshacer una bufanda para aprovechar la lana, que A. va volviendo suavemente al ovillo. Hasta que un punto se atasca. «Ten cuidado, que ahí hay una mentira». Se llama mentira un punto mal dado que el tejido disimula. Qué metáfora de la vida.

    *

    He empezado un libro de Marcel Schwob, La cruzada de los niños. Escribe, por ejemplo: «Unas voces blancas nos llamaron en mitad de la noche. Llamaban a todos los niños. Eran como las voces de los pájaros muertos durante el invierno».

    Por qué he pospuesto tantos años leerme cada letra que escribió Schwob. No me entiendo.

    *

    Sostienen ciertos eruditos bíblicos que Dios puso sobre el mundo varios animales innecesarios, e incluso desaconsejables, desmañados, incompletos, solo por simetría. Por impulsivo amor al equilibrio.

    *

    Se solía esparcir millo o alpiste sobre las tumbas
    Para alimentar a los muertos que volvían disfrazados de pájaros.

    Miłosz, otra vez. Dedicatoria.

    *

    Ciertamente, muchas veces hablamos por hablar. Aunque cabe decir en nuestro descargo que es difícil soportar tanta polisemia del silencio.

    *

    A veces me parece
    que estamos en el centro de la fiesta.
    Sin embargo
    en el centro de la fiesta no hay nadie.
    En el centro de la fiesta está el vacío.

    Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.

    (Roberto Juarroz)

    [«A veces me parece» es de Poesía vertical XII (n.º 21):
    http://www.paginadepoesia.com.ar/escritos_pdf/juarroz_poesiavertical.pdf
    La otra cita de Juarroz es de «Buscar una cosa… », en el mismo libro (n.º 15).
    Encuentro y Dedicatoria, de Czesław Miłosz, están aquí:
    https://www.zendalibros.com/5-poemas-de-czeslaw-milosz/
    Las versiones son de Rafael Díaz Borbón.
    El encuentro vía https://tinyurl.com/yxcf7v34.
    Marcel Schwob, La cruzada de los niños, ed. Reino de Cordelia. La traducción es de Luis Alberto de Cuenca.]

  • Junio

    En los descampados, los tallos se curvan bajo el peso de la espiga, exactos como arcos matemáticos. E incluso un pajarillo de huesos de espuma podría venir a posarse encima: así de delicado es el cálculo del mundo.

    Detrás de ese hecho hay otro hecho casi invisible —una especie de sombra metafísica sobre el suelo—: la extraña felicidad con que yo lo veo.

    *

    Lo que en un universo es una manzana, en otro universo es un siete, en otro universo una espiral. O no, claro. Pero me basta con saber que la ciencia no lo prohíbe.

    *

    El primer día de verano una mujer vuelve a la playa. Se mete en el mar dormido y el mar se despierta porque recuerda su olor.

    *

    Hace unos días anoté, con cierta escueta ingenuidad: «Lo que ahora he entendido es que el ser es una experiencia, no un conocimiento».

    *

    Y esta frase de un ensayo de Steiner sobre Borges: «los grandes vientos cuyo soplo viene del corazón de las cosas».

    *

    Y este verso de Ernesto Cardenal: «cuando las gasolineras sean ruinas románticas».

    *

    El entendimiento de que uno existe le es a uno tan útil como a un hambriento el recuerdo de haber comido. Ser a solas no es ser. Por eso cada contacto verdadero con lo otro es una celebración.

    *

    Es el mes de junio. La luz de la tarde templada permanece en el cielo; sin embargo, en el gabinete de la bruja hay un fuego encendido de leña de brezo.

    Tiempo atrás descubrió un libro olvidado y en él la receta de una poción taumatúrgica definitiva. Tanteó con paciencia el orden de los ingredientes, las medidas, la fecha y la hora, el temperamento de los espíritus, la disposición de las estrellas, sin resultado. Así gastó el soberbio talento de sus últimos años.

    La bruja ya ve a la muerte —dice ella— como unos acantilados oscuros a los que se acerca desde el mar. Desde dentro de la cama, arropada, oye a su sobrina, que se detiene en el umbral de la casa. Le da una voz para que entre. La niña, de doce años, se sienta en una silla de enea con las manos juntas sobre el regazo. La bruja le explica que, a partir de ahora, bruja será su oficio; esos calderos, esas redomas, estos frascos de colores espléndidos serán suyos.

    La niña se levanta, abrumada pero curiosa. Pone los ojos en el libro, que está abierto por la primera página de la receta, y lee en alto:

    cenizas frescas de madera,
    hojas de laurel mezcladas con limón y nieve sucia,
    el corazón de un pájaro.

    Según la voz de plata de la niña va siguiendo la lista, una luz sobrehumana enciende la habitación:

    … semillas de espino albar,
    el primer nombre tallado en el barro,
    corteza de olivo,
    fuego de libros antiguos,
    tres gotas de sangre bajo la luna.

    «Un conjuro». La bruja sonríe en su cama. La luz espléndida le atraviesa los párpados cerrados. «Así que eso era. No había nada que hacer; solo decirlo».

     

    [Steiner, Cardenal]

  • Luces

    En las montañas del Hindukush hay cierta clase de piedras grises, vulgares, indistinguibles del cascajo de un terraplén. Alguien se lleva una de ellas a casa y durante treinta, cuarenta o cincuenta años sigue siendo una piedra. Un día improbable, quién sabe cómo ni por qué, se transfigura en una gema aristada, un cristal de estrella deslumbrante en la penumbra de la habitación.

    Muchos aldeanos del Hindukush viven en esta ilusión: guardan guijarros en los cajones de sus casas, en las estanterías, por los baúles; son personas ordenadas y se portan bien, y duermen abrazados a la imaginación de despertar un día con una riqueza maravillosa.

     

    Una vieja canción empieza: «Yo no quiero prender fuego al mundo / solo quiero encender una llama en tu corazón». Son dos versos muy sabios, pero de esa sabiduría inaparente que se revela a la larga, a veces cuando ya no sirve de nada. Por eso me he acordado de la piedra del Hindukush.

    El árbol al borde de la playa, cuyas hojas oscuras tienen el envés de plata, ahora está desnudo. Eso escribo. Como el que señala con la mano. Así que mi escritura es deficiente, ya que toda mostración lo es: falta el resto del mundo, fondo difuminado para el álamo blanco que he elegido mostrar.

    Salvo que uno señale precisamente a lo que se vale por sí para representar el mundo. Pero eso, ¿cómo saberlo? Lo más normal es que llene mi casa de piedras.

    Soy capaz de escribir sin saber porque escribo como el que prende una cerilla en la oscuridad. Yo no puedo poner luz al mundo; solo enciendo una llama para ver por dónde voy. Por fin alcanzo a expresarlo.

     

    Hay otra canción mucho más vieja. La más vieja que se conserva. Se llama El epitafio de Sícilo. La inscribió Sícilo junto a la tumba de Euterpe, su mujer, y dice así:

    Mientras vivas, brilla
    no sufras por nada en absoluto.
    La vida dura poco
    y el tiempo exige su tributo.

    En primavera, las hojas del álamo destellan bajo el viento, al borde de la playa. El invierno lo ha despojado. La bruñida lividez que precede a la noche resplandece con calma sobre el mar de mi infancia, que se ondula mansamente, como un animal tranquilo. He vuelto; estos son los días en que el tiempo acaba y comienza, y es como si flotase en aire una pregunta primordial. Yo no sé formularla. Así pues, nadie contesta.

     

    «Mientras vivas, brilla», dice la canción. Feliz año.

     

    *

     

    [I Don’t Want To Set The World On Fire
    https://www.youtube.com/watch?v=CL-j6Uzt1ww
    El epitafio de Sícilo
    https://es.wikipedia.org/wiki/Epitafio_de_S%C3%ADcilo
    Llegué a él a través de este bello artículo de Daniel Capó:
    https://theobjective.com/elsubjetivo/mientras-vivas-brilla/?_tcode=cm16cjAy]

  • Una isla en otoño

    Las farolas del barrio siguen apagadas. Las casas, blancas y rosas, entran en la noche tenue como se entra tibiamente en el agua. Parecería que también cae el silencio.

    *

    Estuvimos en una isla algunos días de octubre. Así que visto desde aquí, desde este relato, el mes es un objeto extraño, hecho de bandas de realidad y de sueño. La tarde en mi barrio, peces, volcanes, un rescoldo de luz.

    *

    Al sur de lo que existe, detrás de unas colinas bajas, empieza lo que no existe. En primer lugar, lo inexistente posible: aquí lo que fue; allá lo que está por ser; más allá lo que hubiera podido ser. Al norte —seco, pedregoso—, lo imposible: lo concebible y lo vastamente inconcebible. Con sus ríos, sus montañas, sus lindes indefinidas, sus regiones en disputa. Alrededor de la existencia, la inexistencia se extiende en todas las direcciones, hasta los confines del mapa, fantásticamente miniados, como un portulano medieval.

    *

    Me gusta que atardezca con la casa a oscuras. Me quedo sentado mirando las sombras y oyendo a los niños en la calle, mientras el tiempo pasa. Hasta que yo mismo me siento demasiado raro.

    *

    Había peces en la isla. Peces celestes y amarillos, peces negros con el vientre azul eléctrico y una mancha ultravioleta, peces de color piña. Mientras nadaba sobre ellos, en la absoluta perfección del presente, me di cuenta de que me esforzaba en memorizar los colores.

    Como si temiese no tenerlos ahora por haberlos perdido mañana.

    *

    Abajo, al lado de mi casa, hay una plaza donde juegan los niños. Por eso en este blog suelen aparecer voces de niños en la tarde. El texto no está bien aislado y se filtran.

    *

    El ventilador del techo, inmóvil desde el final del verano. La jarra llena de agua fría en la nevera. Las alpargatas detrás de la puerta. Las sillas de la terraza, cubiertas de hojas. Esas cosas, quietas hasta el fin de los tiempos.

    Si no viviese yo para moverlas; si no volviera la luz para moverme a mí.

    *

    Recuerdo un artículo de Álvaro Pombo, de esta primavera. Decía de alguien que hablaba de sí mismo «poniéndose ante sus lectores, no con un yo soy sino con un esto es».

    Y una cita de Handke: «Octubre: la luz de las casas vecinas vuelve a abrirse paso entre los árboles del jardín». Parece difícil escribir más con menos.

    *

    Un mapa de la inexistencia, ¿adónde te guiará a no perderte? ¿Por qué dibujarlo?

    Por amor. Porque no sé dónde está lo que no existe y he querido. 

    *

    Una noche en la isla nos paramos en el arcén, al borde de una rotonda. A. miraba hacia la negrura de afuera. Me señaló algo, pero la luz interior del coche no me dejaba ver. Quitó el contacto y nos quedamos a oscuras. Entonces lo distinguí, como el que uniendo los puntos sobre el papel revela una forma: el cono del volcán inmenso irguiéndose en la oscuridad, justo a nuestro lado. Sus hombros cubrían el cielo nocturno; su cabeza rozaba las estrellas.

    La gran montaña tranquila. La había visto formarse de la oscuridad delante de mí.

     

     

    [Pombo y Handke]

  • Migración anual de la luz

    Un viajero se acerca al final del viaje que ha ocupado la mitad de su vida. He aquí que el penúltimo tramo de su camino cruza el paraíso.

    *

    Antes de dormirme en casa de mi madre, noto que algo en mí ya descansa. A pesar de tantos años. Algo que abandona el cuidado, como si terminase una guardia.

    Es otoño. La casa de mi madre todavía está en pie.

    *

    Miro la playa, miro la luz de septiembre a mi alrededor. Y esta pequeña tristeza —esta mitigación, estos tonos amarillos— no sé si está en la luz o está en mí.

    *

    En el arte chino, los Cuatro Caballeros son las cuatro plantas que representan las estaciones del año y su comienzo. El ciruelo chino, la orquídea, el bambú y el crisantemo: el invierno, la primavera, el verano y el otoño.

    *

    La luz se va. En bandadas, hacia el horizonte. Tengo el pensamiento tan puesto en el porvenir, que estoy viviendo retrospectivamente, puede decirse.

    *

    Hay cosas que tienen fin
    y cosas que no tienen fin.

    Y yo aquí.

     

    (Mi situación en el mundo)

    *

    El recuerdo del verano no es nada al lado del olor del mar en una toalla, cuando deshago la maleta. Si tuviese un hijo, le diría: hijo, qué poco auxilian las ideas.

    *

    «El misterio del mundo es lo visible, no lo invisible». Oscar Wilde, en una carta.

    *

    Habrá otros veranos. Volverá el cielo luminoso. Volverán las voces de los niños en la luz de la tarde.

    Se encontrarán de nuevo los amigos. El embarcadero de tablas se llenará de bañistas. Habrá guirnaldas de bombillas, fuegos artificiales al acabar las fiestas. Volverá la lluvia otro martes de agosto. Habrá humedad de salitre en la penumbra de una habitación.

    Todo final es un punto cualquiera en medio del camino.

  • La primavera

    Me ocurren cosas muy pequeñas que yo luego escribo con aire de milagros.

    Un gorrioncillo en el suelo lleva en el pico una pluma de otro pájaro, una pluma casi más grande que él. Hago un gesto y él se echa a volar con la pluma en el pico.

    Una día, mientras las miraba, las hojas de los árboles se sacudieron con un golpe de viento la luz de media tarde, como si saliesen chorreando de un río de luz. Me di cuenta de que ya era primavera.

    Antes vivía en las ideas, por así decirlo. Últimamente, sin embargo, en lo que tengo delante de mí. Me estoy convirtiendo en un creyente de lo obvio, parece.

    Como si hubiese cumplido sin saberlo esa frase de María Zambrano: «La realidad nos cerca y, sin embargo, hay que buscarla».

    *

    Estamos a finales de mayo. Queda un mes de crecer hacia la luz.

    *

    Siempre tengo la sensación de que cada primavera es la misma, que vuelve a presentarse. No hay primaveras antiguas en el tiempo de la primavera.

    *

    Lo que intento decir es que no se puede refutar el presente. La vida es verdad.

    *

    Vista desde el pensamiento, la realidad es magia: obra como quiere, sale de lo impensado, es desconocida, todo lo arrastra, no espera. Nuestros sabios se desmorecen por comprenderla. Nuestra vida transcurre mirando las estrellas, las corrientes y el vuelo de los pájaros.

    *

    Un día de abril —el que ardió Notre-Dame— Youtube me avisó de que en la página de El séptimo sello alguien había dejado un mensaje en memoria de Bibi Andersson, y fui a leerlo. Ya había llegado la primavera. Vi esa secuencia una vez más. Me da la impresión de que la blancura de la leche en el cuenco ilumina la cara del caballero cuando se la acerca para beber.

    El caballero me sigue rondando hoy la cabeza. Y, con él, el Cementerio del Bosque, la extraña luz del sol de medianoche, la vela que brilla en la oscuridad.

    *

    «Aun así, antes de irse, le dejó a Asplund un hermoso regalo: el regalo del tránsito alrededor de sus edificios. Porque si como dice Bruno Zevi, el espacio solo puede comprenderse recorriéndolo, el Cementerio del Bosque es uno de los espacios más delicadamente comprensibles que existen».

    La cursiva es mía.

    *

    Un hombre santo enseña a sus novicios el idioma de los dioses, que recorre el mundo. Pero la voz de los dioses se confunde con susurros, con ríos, con ruidos, con ramas. Hay que tener una fe de piedra para perseverar en el bosque hora tras hora, día tras día. La palabra de los dioses ni siquiera se oye.

     

     

     

    [La confesión: género literario. María Zambrano. Siruela, 1995.
    «El cementerio del bosque en Estocolmo: un paseo al borde de la vida». Pedro Torrijos en Jot Down
    https://www.jotdown.es/2013/04/el-cementerio-del-bosque-en-estocolmo-un-paseo-al-borde-de-la-vida/
    El séptimo sello. Tarde de verano
    https://www.youtube.com/watch?v=keKMI4FZzyg
    No quiero que este día acabe
    https://avellana.neunoi.com/2014/07/no-quiero-que-este-dia-acabe.html]

  • Luz al final del invierno

    Veo volver a los mirlos, la savia en las ramas, el nuevo resplandor de la estación, esas cosas sobre las que he escrito estos mismos días otros años. Y me da la sensación de que un viento claro agitase las letras y una luz matinal alumbrara los párrafos; como si esta página tuviese techo y ventanas y se hubiera hecho en ella el final del invierno.

    *

    Durante unos meses, en el salón no entra directamente el sol porque no alcanza a sobrepasar el tejado de enfrente. Una mañana cae sobre el suelo un rayo de luz; amarilla, pálida, tímida, límpida luz que precede a la primera luz, como un calostro.

    *

    Una vez, en el tren, vi una mujer que con su mano derecha cosía el guante de su mano izquierda. Tendría unos cuarenta y tantos años. Llevaba puesto un guante de lana beis y lo iba cosiendo con concentración para evitar el traqueteo del tren.

    Toda escritura tiene algo de eso, me parece a mí: una mano cosiendo a la otra.

    *

    Miro mi vida —me miro a mí— y no puedo decir que vea unidad, sino continuidad. Semejante al que viaja por una carretera, los paisajes y los incidentes se suceden sin ilación alguna; solo la carretera que sigue y sigue y, quizá, un mismo punto de vista.

    *

    Si se hace adecuadamente, toda repetición es una consagración. Por eso mis pequeños ritos.

    *

    La divulgación científica consiste en expresar en términos simples cierto discurso que en su formulación original resulta inaprensible. Así que algo como una divulgación poética no se concibe, ya que expresar un poema en términos simples equivale a deshacerlo.

    Deducción: la literatura es aquello que se pierde en la paráfrasis.

    *

    El este y la primavera; el sur y el verano; el oeste y el otoño; el norte y el invierno.

    (Esa enumeración maravillosa la he sacado de aquí: «Hay varias lámparas tradicionales de piedra por todo el jardín. La más grande de todas contiene los doce animales del zodiaco y representa el calendario antiguo japonés. Si nos fijamos, veremos que el conejito representa el este y la primavera; el caballo representa el sur y el verano; el gallo representa el oeste y el otoño; y el ratón representa el norte y el invierno»).

    *

    No es una condición de la belleza pertenecer a lo real.

  • Vuelta a casa

    El tren se para. En el silencio de Castilla, unas casucas solitarias apoyan su espalda contra las vías. No me importaría vivir aquí, en la inmensa soledad, siempre que puntualmente, cada medianoche, el estruendo terrible del tren me recordase las multitudes, las luces de las ciudades que han de brillar lejos.

    *

    Un mirlo le susurra a Eumeno que son las cuatro de la tarde. Son las cuatro de la tarde. Entonces es verdad, aunque el mirlo no haya existido.

    *

    Un día sin nada me enteré de que existía la calle del Montón de Trigo. Y la del Limón Verde. Y ya no fue un día sin nada.

    *

    «Intervalo claro, o intervalo lúcido: Espacio de tiempo en que quienes han perdido el juicio dan muestras de cordura» (DLE).

    *

    A algunos el mundo se les revela a través de los números. A otros por medio de las formas geométricas, el amor, la construcción, la música. Eumeno se pregunta por qué Dios le habla a través de los guijarros o de los pájaros.

    *

    No hay magia en el mercado de la magia de Bandán. En las tiendas de seda, a la luz de las lámparas, las cabezas se agachan sobre las mesas de trabajo. La mujer que destila la pócima del sueño lunar calcula en una balanza electrónica la proporción de los ingredientes. El maldecidor engarza en una oración el nombre del maldito como el orífice encaja una piedra en una ajorca de oro. El capnomante lleva una mascarilla blanca para no aspirar sus propios humos, que hacen figuras en el aire. Solo se oye un tintineo de herramientas y la conversación sosegada de los compradores.

    Si a alguien le diese por perturbar esa tranquilidad con alguna intemperancia demoníaca, con algún fervor, lo sacarían del mercado como a un loco. No recurre a la magia quien tiene una técnica; y, sobre todo, no se fabrica magia con magia, como no se fabrica acero con acero, oro con oro.

    La magia sucede después. Fuera del mercado, en el mundo incierto. No aquí, donde se precisa toda la fría atención, la laboriosa cordura y la paciencia para quebrar las leyes de la física y torcer el destino que ya está forjado.

    *

    Al final del año, desde el punto más hondo de la luz de invierno, ¿en qué pienso? En los veranos que vendrán, y en merecerlos.

    Feliz año.

  • Como una taza de té

    Nomeolvides, sinsabores, madreselva, duermevela, claroscuro, contradanza, tragaluz, medialuna, hierbabuena. En el diccionario, las palabras compuestas son una cosa, pero conservan el olor de animal fantástico, hecho de dos mitades.

    *

    A oscuras, en la televisión, la voz de un documental sobre criaturas abisales dice: «La mayoría de estas extrañas formas carecen de vista pero emiten luz». Medio dormido como estoy, comprendo que se me está ofreciendo una metáfora prodigiosa y la anoto, a tientas. «Carecen de vista pero emiten luz». Qué esperanza.

    *

    Me imagino un personaje: «Desde este lugar se ve otro mundo mejor», dice. Ahora imaginemos que eso mismo se dice en sentido literal: desde un punto dado se distingue la luz de otro mundo; quizá unas cúpulas extrañas, unos prados verdes, otras estrellas.

    *

    Ahora imaginemos que unas palabras compuestas se dicen literalmente. Como si no estuviesen en los diccionarios, como si se oyesen por primera vez: que rompe olas, que trota el mundo, que quita el miedo. Rosmarino: el rocío del mar. Matafuego, tornavoz, parteluz, boquiloco, pararrayos, gatomuso, quitasueño.

    *

    Las mentalidades formalmente racionalistas tienden a olvidar que el fracaso en explicar un hecho invalida la explicación, no el hecho. El hecho es terco.

    *

    Hay expresiones que, entendidas literalmente —con la inocencia del paraíso—, tendrían un sentido hondísimo. Vivo solo, por ejemplo. En el momento de la verdad. Llamar a las cosas por su nombre. La razón de ser; las inclemencias del tiempo. Da gloria verlo.

    *

    Al anochecer, escribe Luis Rosales,

    «cuando la luz termina de decir su palabra sobre el mundo»

    *

    Sobre sus Kindertotenlieder («canciones de la muerte de los niños»), Mahler escribió en una carta: «Me puse a mí mismo en la situación de que un hijo mío hubiese muerto; cuando [más adelante] de verdad perdí a mi hija, no hubiera podido escribir esas canciones». Esta sencilla frase circunscribe con parquedad los límites factuales del arte.

    *

    Tengo por aquí una libreta de notas que he llamado «Como una taza de té», bien sé por qué: por esa frase de la Conferencia sobre ética de Wittgenstein que dice: «La ética, de ser algo, es sobrenatural y nuestras palabras sólo expresan hechos, del mismo modo que una taza de té sólo podrá contener el volumen de agua propio de una taza de té por más que se vierta un litro en ella». La potencia de las metáforas de Wittgenstein es deslumbrante, y funcionan exactamente como la poesía: aún no se sabe qué está diciendo cuando ya se comprende que es verdad.

    *

    De ese modo, a lo Wittgenstein, puedo decir que la poesía es sobrenatural:

    «en toda luz se siente una llamada»

    *

    Limpiar cómo se dicen las palabras a fin de limpiar el mundo. Como si el mundo no estuviese en el diccionario; como si se viese por primera vez.

    *

    La poesía no es lo que se puede decir, sino lo que se dice.

    Por eso va más allá de los límites; la luz que vemos los que no podemos ver.

     

     

    [Todos los versos entrecomillados son de La casa encendida («II. Desde el umbral de un sueño me llamaron»), de Luis Rosales. Las cursivas de la cita de Wittgenstein son mías. La cita de Mahler la he sacado de la Wikipedia.]