Categoría: Diarios

  • Vuelta a casa

    El tren se para. En el silencio de Castilla, unas casucas solitarias apoyan su espalda contra las vías. No me importaría vivir aquí, en la inmensa soledad, siempre que puntualmente, cada medianoche, el estruendo terrible del tren me recordase las multitudes, las luces de las ciudades que han de brillar lejos.

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    Un mirlo le susurra a Eumeno que son las cuatro de la tarde. Son las cuatro de la tarde. Entonces es verdad, aunque el mirlo no haya existido.

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    Un día sin nada me enteré de que existía la calle del Montón de Trigo. Y la del Limón Verde. Y ya no fue un día sin nada.

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    «Intervalo claro, o intervalo lúcido: Espacio de tiempo en que quienes han perdido el juicio dan muestras de cordura» (DLE).

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    A algunos el mundo se les revela a través de los números. A otros por medio de las formas geométricas, el amor, la construcción, la música. Eumeno se pregunta por qué Dios le habla a través de los guijarros o de los pájaros.

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    No hay magia en el mercado de la magia de Bandán. En las tiendas de seda, a la luz de las lámparas, las cabezas se agachan sobre las mesas de trabajo. La mujer que destila la pócima del sueño lunar calcula en una balanza electrónica la proporción de los ingredientes. El maldecidor engarza en una oración el nombre del maldito como el orífice encaja una piedra en una ajorca de oro. El capnomante lleva una mascarilla blanca para no aspirar sus propios humos, que hacen figuras en el aire. Solo se oye un tintineo de herramientas y la conversación sosegada de los compradores.

    Si a alguien le diese por perturbar esa tranquilidad con alguna intemperancia demoníaca, con algún fervor, lo sacarían del mercado como a un loco. No recurre a la magia quien tiene una técnica; y, sobre todo, no se fabrica magia con magia, como no se fabrica acero con acero, oro con oro.

    La magia sucede después. Fuera del mercado, en el mundo incierto. No aquí, donde se precisa toda la fría atención, la laboriosa cordura y la paciencia para quebrar las leyes de la física y torcer el destino que ya está forjado.

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    Al final del año, desde el punto más hondo de la luz de invierno, ¿en qué pienso? En los veranos que vendrán, y en merecerlos.

    Feliz año.

  • La rosa

    Viene el viento, desbarata las ramas, sacude los cristales, arranca las hojas. Como si llegase con una determinación de pureza, con la obstinación de ejecutar lo que temblaba en el borde sin decidirse: sed desnudos, sed fríos, ya.

    En el suelo, un pétalo granate de la última rosa del verano, entre hojas verdes, amarillas, ramas y charcos de agua que espejean a la luz blanquecina del mediodía. La rosa misma, de color de sangre oscura, sigue sola en lo alto, más o menos entera, por encima de donde alcanza mi mano.

    La última rosa, o quizá no. El rosal es tenaz. Crece con fiereza, medra en cualquier tiempo, te desgarra malévolamente los dedos; comido por las plagas y las podas, se sobrepone y se eleva más que cualquier planta. Se parece mucho a la belleza, como se da en el mundo.

    *

    Cuando yo era niño, muchas canciones contaban historias. Un hombre pone pie en su tierra y busca con los ojos a su novia, pero no la ve. Una mujer ha tomado un camino aciago por un motivo que no sabe nadie. Eran historias tremendas, de comprensión y misterio.

    Yo estoy solo, delante de un lavabo, jugando con el agua. Oigo cantar a mi madre en otra parte de la casa. En el umbral de la última estrofa, se calla. Y yo asombrado, inmóvil, sin saber el final.

    *

    Cosas que me gustaban de niño: los mapamundis, los tebeos, los dibujos de pájaros, las enciclopedias, el ketchup, las novelas de viajes, el Lejano Oeste, silbar, la playa.

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    A veces oigo hablar a un escritor y pienso que falta mundo y sobran opiniones sobre el mundo. El pensamiento crea una trama tan espesa, que, por decirlo así, en él no se oye cantar un pájaro.

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    De todos modos, con la literatura pasa como con el sexo: a partir de una edad, se sigue haciendo, pero ya no se charla sobre ello, porque la conversación no da más de sí.

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    Hay mentiras, pero no todo es mentira. Supongamos que la policía sobrenatural me detiene, no sé, por sospechoso de algún crimen metafísico. No me encuentran nada; me sueltan al cabo de dos días. El funcionario me devuelve mis efectos personales en una bandeja de plástico: grandes peces plateados nadando en el agua, un azul que no termina nunca, viajes por carretera, ramas de lavanda, un puerto encarado hacia la luz de poniente, unos ojos de amor que me miran.

    Esto no es una tesis bondadosa sobre el mundo; es una lista somera de lo que yo llevaba encima al final del verano. Nada extraordinario; solo la verdad. Quien quiera declarar la naturaleza del mundo tiene que decir que existe el bien. Al menos el bien, entre otras cosas.

  • La garza

    La auténtica felicidad es la inminencia de la felicidad.

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    Un hombre que va leyendo un libro ve una garza en la orilla del río. Se acerca sin hacer ruido y, cuando está bastante cerca, grita: «¡Luna!», y la garza levanta el vuelo.

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    Por aquellos años vivíamos en medio del arte. Diálogos de cine, todo amor con su canción de fondo, ninguna mascota sin nombre de novela. En los bares fumábamos y hacíamos críticas. Yo creía que las obras eran herramientas, reflejo y análisis de la vida. Pero eran un lugar de la vida: allí donde nos reuníamos, la habitación donde nos gustaba meternos a vivir.

    *

    Otro hombre ve una garza en el río. Grita «¡interjección!» y la garza levanta el vuelo.

    *

    Conozco gente de talante intelectual, gente bienintencionada, que actúa como si hiciese falta conocer el código de la circulación para que a uno le atropelle un coche.

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    He apuntado: «Me reencuentro con una vieja metáfora». Pero no he anotado la metáfora; seguramente porque era lo de menos, y lo importante, la sonoridad de la frase. Siempre he tenido debilidad por la pura fantasía lingüística. Una vez, de niño, me enteré de que en las noches australes brillaba una constelación que se llamaba la Cruz del Sur. ¡La Cruz del Sur! Repetí cien mil veces ese nombre, y todavía se me ensancha el corazón.

    *

    Nunca la he visto, la Cruz del Sur. Nunca he llegado tan al sur; y me doy cuenta de que no me urge.

    No es que la realidad no alcance el poder del ensueño. Ni tampoco al revés. Es que son dos cosas distintas, como un mismo nombre que llevan dos personas.

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    Un personaje emplea su vida en aprender cómo hay que vivir. Cuando lo averigua, querría que todo comenzase otra vez desde el principio.

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    En Milagán, cada vez que muere un sabio se enciende una estrella en el cielo. Sus noches están alumbradas por los muertos.

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    Hay una ciudad formada por las ciudades que he visto. Un destello de verde umbrío por el rabillo del ojo y una ráfaga de aire reviven repentinamente un jardín de otra parte de Europa, de otro tiempo, delante de mí. Un sol vertical sobre un panorama de azoteas rojas, un callejón con ropa tendida y olor a mediodía, una tarde mitigada que arrastra de lejos las voces de los niños, una valla de madera agrisada por los días, una luna que blanquea los tejados; y es, de pronto, como si estuviese en aquellos sitios.

    Hay una ciudad formada por las ciudades que he visto y muchas veces camino por ella.

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    Un verano no termina porque se gaste, sino porque se cumple.

  • Días de primavera en la isla

    En primavera, las carreteras de la isla se cubren de flores blancas, amarillas, granate purpúreo, entre la avena silvestre, la hierba y las espigas. Los árboles se espesan. El agua fría es tan clara —aguamarina— que el buceador siente la transparencia como una altura, el fondo allá muy lejos.

    *

    En un momento de especial felicidad, al sol de mayo, creí notar que me movía hacia adelante junto con el mundo, como el que camina dentro de un barco.

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    Callan los ruidos y el silencio es Schubert.

    *

    Antes de ir a la isla, una mañana luminosa, me dormí en el sofá. Soñé que llevaba unos días en una casa desconocida. De pronto caí en la cuenta de que en esos días aún no había visto ni a mi abuela ni a mi padre. No sabía dónde estaban. Pensé que quizá mi padre podría no haber venido a dormir a casa varias noches, pero ¿y mi abuela?

    Me desperté —era casi mediodía— y por supuesto que supe dónde estaban.

    O no. En verdad, no puedo escribir que sepa dónde están. Diré mejor que uno se habitúa con naturalidad a no saberlo.

    *

    Esta cita, de un libro que no he leído:

    Hay algo llamado la vida verdadera que no puedo describir y que quizá varíe según uno lo vea desde diferentes ángulos y en diferentes momentos. En un momento dado es un viaje; en otro, cierta mujer; en otro, una casa en alguna parte con unas vistas que venerarás hasta que mueras. Es una vida apartada del dinero y al margen de la ambición; una vida vivida de una manera u otra para la belleza. No dura indefinidamente; pero no por ello los que sobreviven son más pobres.

    *

    En la isla hay un lugar terroso y ocre que parece de otro mundo. Allí cogí como símbolo una piedra minúscula del camino, negra y pulida. Ahora está en mi mesa, irradiando días en la isla y primavera, semejante a un isótopo que decaerá según viva: y un día será solo una piedra. Pero todavía no, aún, mientras escribo.

     

     

    [La cita original es esta:
    https://twitter.com/mtscano/status/944964009048109057
    Es de James Salter, de ‘Once and Future Queen’, en Don't Save Anything, p. 251:
    https://www.amazon.es/Dont-Save-Anything-Uncollected-
    Articles/dp/1640091114/ref=asap_bc?ie=UTF8
    ]

  • Fresas bajo la nieve

    Trajimos las primeras fresas del año y aquellos días volvió a nevar. Comimos las fresas bajo la nieve.

    Cierro los ojos y me imagino una miríada de estrellas girando como estorninos arracimadas en un cielo azul remoto, y un hombre que las mira.

    Los domingos a mediodía mi edificio está en silencio. Un domingo empecé a oír algo como un tañido levísimo de campana dentro de casa. No conseguía averiguar de dónde venía. Lo encontré por fin en la cocina. A. estaba desgranando despacio una granada en un bol de loza. Eso era, cada grano que caía en el bol blanco. Ese tañido puro. En el silencio.

     

    Esto es tirar líneas de un punto a otro; escoger dos hechos y unirlos con la mirada.

     

    Toda la literatura consiste en tirar líneas. Consiste en ver y en no ver.

    ***

    Una noche, llegando a casa, me llamaron para decirme que se había muerto una conocida. Al rato se cortó la electricidad en todo el barrio y me quedé a oscuras, a la luz de las velas. Pensé en naderías; sentí muchas ganas de estar vivo: lo anoté en este cuaderno.

    Unos días después le hicieron un pequeño homenaje. Para ilustrarlo, usaron una foto suya de hace algunos años, sacada de la solapa de un libro. ¡Si se lo hubiesen dicho entonces, mientras se la tomaban!

    Qué foto quedará de mí, pensé. Qué imagen cualquiera de mi vida se fijará para siempre, de qué día entre tantos.

    Me gustaría escoger esa foto. O mejor: «¿Puedo hacer una etopeya? ¿Puedo retratarme por mis gustos? ¿No os parecen un retrato fiel de lo que fui?». «Sí, muy bien, adelante». Fantasear. Silbar canciones. La arena. Las etimologías. Tener esperanzas. Esa cancioncilla que se llama Sweet Lorraine. Las enumeraciones.

    ***

    Los nusios no conocen la Muerte. Igual que nosotros, pongamos por caso, no conocemos un ser que se llame el Nacimiento, ellos desconocen la Muerte. Dirán su muerte, la muerte de aquel, esa muerte de ahí. Para ellos, la muerte no es una divinidad, sino un daimon: una muerte única, pegada a la persona, intransferible.

    Se aparece como un bibliotecario barbudo, como una canción, como una vendedora de espejos, como un ajedrecista, como un presentimiento. Una mujer pelirroja con una aljaba llena de flechas; una barca de madera entre la niebla; una comadreja; una nube con una forma insólita; una pantera sangrienta. La muerte de un nusio no habla al corazón de todos, como nos pasa a nosotros; no los interpela; no los hermana. Esa gente extraña, los nusios, que muere tan sola como ha vivido sola.

    ***

    Se sabe que el mejor lugar para esconder una manzana es un cesto de manzanas. ¿Y si el Paraíso estuviese a la vista de todos, disimulado entre los pliegues de este mismo mundo, y bastase con seguir un itinerario de puntos en el orden correcto (una progresión de acordes, un hecho de la infancia, el nombre de una estrella, la música de un pájaro, una laguna…), un punto tras otro tras otro, línea tras línea, para dibujar una figura que revelará el rostro de la infinitud?

  • Nochevieja de 2017

    Cuando termina diciembre parece como si el mundo se acercase a una conclusión y yo quisiera estar presente para oírla. La tarde de Nochebuena anduve hasta donde siempre, al espigón, bajo un sol amarillo y un aire claro. Las quebraduras de los acantilados se perdían a lo lejos, en la leve calina, hacia Vizcaya. El agua era un murmullo.

    Volví dos días después, una oscura tarde cruda. Detrás de mí el álamo blanco; delante una isla. Las olas negras atronaban contra el fondo con el ruido seco con que caen las rocas.

    En el ser mismo de las cosas hay un valor. Por eso querría que, al escribir, cualquier cualidad quedase en la cosa, no en las palabras que se dicen de ella.

    Como un barco que cruza el mar y se abandona al poner el pie en la playa, hace falta una lengua que lleve hasta las cosas y entonces desaparezca.

    Este año estoy lejos; no voy a sentarme a la orilla del mar hasta que se cierre la noche. La piedra, el agua, el árbol y la arena están allí, que es todo lo que basta.

     

    Feliz año.

  • El último verano

    Un martes a mediados de mes llegó por fin la lluvia. El verano había sido largo. Las plantas estaban más crecidas que nunca. Había brotado un árbol nuevo, esbelto, de hojas claras y ramas rojizas. Todo el verano hubo rosas.

    La víspera, por la tarde, ya había empezado a chispear y hacía fresco. Dormí con una camiseta de manga larga. Al despertar, la mañana era oscura y caían goterones gruesos. Llovía sobre la mesa de madera de la terraza, sobre la hojarasca, sobre las colillas del cenicero. Llovía sobre las hojas oscuras de la zarzamora y sobre los tejados de enfrente. Llovía sobre los parquímetros, sobre los coches de la M-30, sobre el camino que va desde aquí hasta Santander, sobre la playa, sobre el jardín botánico, sobre los atardeceres, sobre la sierra, sobre los planes, sobre el pasado, sobre los sueños antiguos y los nuevos. Llovía el agua vivífica, fría y gris, y era como si llegase a su fin una edad del mundo. Como si estuviese doblando este tiempo para guardarlo en el cajón de la memoria, para siempre, con amorosa aceptación.

  • El verano y la arena

    Hoy es el último día de agosto. Hace fresco; los días pasados ha llovido. El eterno verano parece un sueño.

    *

    Imagina que el verano permanece y somos nosotros los que nos hemos ido. Como un escenario que se queda vacío hasta el próximo año: las olas resonado huecas contra la playa desierta; una raja de sandía brillando en la penumbra sobre una mesa; las nubes por el cielo, la brisa que agita la tarde silenciosa; las chicharras en la noche oscura sonando solas.

    *

    Hace poco he sabido que hacia finales de agosto o principios de septiembre los hindúes celebran a Ganesha, dios de la sabiduría y los comienzos.

    Al dios lo representan mediante un idolillo de barro sin cocer con cuerpo de hombre y cabeza de elefante cachazudo al que ofrendan comida y flores. Al cabo de una semana, así acaban las fiestas: toman la figura, la llevan hasta el mar, un estanque o un pozo y la echan al fondo; o la familia la mete en un cuenco de agua para que el barro se deshaga.

    *

    En mi pequeña mitología, cada verano de mi niñez es una experiencia fundacional. Un verano, la soledad. Otro, el sentido de la aventura. La desgracia, ciertos libros, las antiguas canciones desconocidas, el comienzo del amor.

    Los veranos de la infancia construyen; los de la edad se lo llevan.

    Después de comer, un niño echa la tarde en levantar un castillo de arena en la orilla tenazmente, generosamente, hasta que la marea lo sobrepasa. El niño se va; el agua cubre la arena, la deshace, alisa y pule. El sol se adulza. La orilla queda rasa, limpia, perfecta, con la añadidura de la obra que ha sido. ¿Quién saldrá a decir que una vida así no haya sido hermosa?

    *

    La noche que caen las estrellas yo pedí un deseo. Era un deseo noble, era bueno. Y por un momento, bajo la inmensa noche estrellada, sentí que todo lo que veía era bello, también dentro de mí.

  • Nochevieja

    Creo que empiezo a entender más sencillamente lo que intentaba decir. Que en verdad la esperanza es irracional; pero la desesperación también.

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    Otra vez estoy en este espigón, a finales de año, sentado frente al mar. Como si fuese una costumbre.

    Es la hora de comer y hay algo de sol y un viento muy frío. Veo pájaros marinos, nubes de lluvia, la silueta desvanecida de los montes, pequeñas obras humanas, un álamo invernal, unas pocas hojas secas sobre la arena gruesa, pozas que dejó la pleamar, rocas y piedras cubiertas de verdín. El viento sacude el agua de tal modo que todo el mar por delante es blanco de espuma.

    *

    Un día de diciembre se aparece la Virgen en una estación de trenes de largo recorrido y enuncia el principio de Pascal: que la presión ejercida sobre un líquido se transmite a todos los puntos del líquido y con igual intensidad.

    «¿Y?». Pasado el primer estupor, vendría la desilusión, el nihilismo, la amargura, el sarcasmo.

    Que se aparezca la Virgen es muy poco; querrían que viniese diciendo algo grande.

    *

    Qué más da entonces lo que el mundo sea, cuando el mundo es.

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    Me gustaría saber componer un libro de poemitas muy cortos, fulgurantes, solo para poner en él cosas escogidas, incluso si no las hubiera visto nunca. Puñados de nieve, olas de espuma frías, musgo, escarcha, las huellas de un pajarito blanquinegro, gotas de agua. Un libro recién hecho, fresco como la luz del día. Lo escribiría tan bien que se sobrepondría a su propia inocencia y lo daría de regalo con esas cosas dentro.

     

    Feliz año

  • Lo bello

    En el entresueño de la fiebre, la mañana de Navidad, imagino un viajero que visita un país y luego pasa al país vecino, y después a otro, y a otro, y no encuentra nada que no le desagrade, pieles de mal color, naturalezas desmirriadas, costumbres ruines, comida maloliente, un husmo general de depravación y segunda mano. Por último el viajero desembarca en un país que le alivia, cuyos habitantes parecen hermosos y se entregan a tareas bellas.

    El contento le dura poco, sin embargo: cuando entiende que no hay razón detrás de esta gracia, es decir, que la hermosura le es a esta gente tan impremeditada, tan fortuita, como el dinero a un jovencillo de buena familia. En este país son bellos sin porqué, son vacuos.

    Entonces me despabilo algo —la luz del sol entra por las cortinas la mañana de Navidad— y me pongo a pensar que uno en realidad no busca la belleza, sino su fuente, y de ahí que la belleza lo deje a uno siempre insatisfecho. La posesión de algo bello lo pone a uno junto a lo bello. Pero no es eso; lo que uno quiere es estar en la belleza, conocer la raíz de su diferencia, vivir en lo correcto, ser lo bueno.

    Me incorporo, apunto lo que he pensado, y al cabo de unos días las palabras conservan algo de sentido, ya sin fiebre.

    [El camino]